Tres poemas de Francisco Méndez

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Óscar Muciño

 

 

Francisco Méndez (1907-1962) nació en Joyabaj, Guatemala. Periodista de profesión con una carrera de más de 30 años. En 1930 fundó junto con otros jóvenes artistas el grupo vanguardista «Los Tepeus», cuyo nombre significa en idioma quiché, el creador.

Este grupo, para Méndez, representaba «la rama guatemalteca de la literatura americanista… El interés por lo indígena no revela piedad ni proteccionismo sino igualdad e identidad entre el destino del criollo (mestizo o no) y el destino del indio». Méndez trabajaba en la redacción del periódico El Imparcial, por ello el grupo no tuvo dificultad en ser acogido por la sección literaria dirigida por el poeta César Brañas (1899-1976), este hecho es simbólico, pues Brañas representaba a la generación de la ruptura con el modernismo, y ahora daba el espaldarazo a una nueva generación de poetas.

El prestigio literario de Francisco Méndez no sólo está sustentado en su poesía sino también en su narrativa y en su labor periodística, sus cuentos son encasillados como cercanos al realismo mágico.

Los poemas que a continuación transcribo no representan la estética indigenista o social que también exploró, son poemas intimistas, amorosos y narrativos. Narrativos, pero no por ello directamente coloquiales o prosaicos, la escritura de Méndez va trastocando con sutileza pero certeramente la realidad narrada. Las líneas de Méndez están pobladas de flora, fauna, libros tirados, lenguas que son pececillos, bocas que son sanguijuelas y palabras que buscan gargantas. Sus poemas cuentan con varios versos que de inmediato transmiten un extrañamiento verbal, con su consecuente extrañamiento anímico, que no rompe el ritmo del poema, pues sus versos también son musicales. Además tienen malicia, Si me llamabas…, poema amoroso, no tiene una sola lectura.

Varios pasajes delatan un refinamiento verbal que se oculta, que intenta pasar inadvertido. Esta templanza se traslada al tratamiento de cada tema, en lo amoroso nunca cae en lo lacrimógeno, ni los poemas auto-reflexivos en la conmiseración.

El tono de estos poemas puede rastrearse en la poesía centroamericana de los años 50 y 60, ejemplo de ello, el poema El paraíso recobrado del nicaragüense Carlos Martínez Rivas.

Francisco Méndez murió en la ciudad de Guatemala en 1962, algunos libros de poesía son: Los dedos de barros (1935), Romances de tierra verde, (1938), en co-autoría con Antonio Morales Nadler; y Seis nocturno (1951).

 

 

Se llamaba…

Se llamaba Lucía y se pintaba furiosamente las uñas

y me dejaba una sensación tibia de naranja.

Desde la calle mis dieciocho abriles

subían por el muro a la ventana

coronados de yedras unas veces

y puntiagudos otras como llamas,

mientras el cielo caía gota a gota

de los tejados de las casas.

Me gustaba la falsa humedad de sus medias

que daban a sus piernas un resplandor de agua,

me gustaban las yemas de sus dedos,

me gustaba su olor a lápiz, me gustaba

el pececillo gordo de su lengua

y su manera de preguntar: ¿Me amas?

Olía a yerbabuena y a ciertos jabones cursis

cuando por el escote se escapaban

sus senos, de puntillas

con pies de ángel, casi como alas,

y mis manos se hacían de pronto mariposas

y los espejos eran ramas

cargadas de duraznos y de extraños jacintos,

y algo se derretía al nivel de la cama.

Nunca dijo que sí pero cedía siempre.

Me acuerdo de sus ligas y del burujo de sus enaguas,

de sus medias colgadas en alguna parte

y de su cabellera dispersa por la almohada

como una mancha de tinta ligeramente azulosa

o un vivero de arañas.

Se llamaba Lucía, pero pudo llamarse Rosa.

El nombre, como siempre, ni da ni quita nada.

Más allá de las islas heladas del olvido

donde mi corazón jamás echará ancla,

no pertenece ya a mi historia esta historia

y más que cosa vivida se antoja imaginada.

Se me confunde ahora con las habladurías

de las comadres contra las muchachas,

cuando se sientan alrededor de una taza de café

mientras la tos ya infla, ya desinfla la sala…

 

 

Un poco de cielo

Tu recuerdo, en el aire;

con el humo en que se despereza mi último cigarro,

a la luz espectral de los aparadores

o, de súbito, dentro del ropero de la luna.

Es la hora de las ventanas bien abiertas

y los libros por el suelo,

cuando la tarde penetra a las alcobas, debajo de las camas,

se va a pique en las palanganas, y en los espejos

o mancha las barbudas colchas almidonadas.

Vienes con las tazas de té, desde los melocotones,

en la contraluz que dan las naranjas,

y es tu misma sonrisa congelada de muerte,

la misma

que se prendió a tu boca como una sanguijuela.

Eres como palabra que busca una garganta,

o como el anhelo de ser sueño.

Vienes

y te quedas aquí, sobre mi libro abierto,

perdida por el vidrio de mis anteojos,

adherida a mis dedos, a mi nariz que se yergue en la boca

y en medio de los ojos —como cuña.

¿De dónde? ¡Di! ¿De dónde?

Algunas noches siento que vienen a buscarte.

Manos imprecisas, palpan bajo los cobertores

y por la estepa boreal de las sábanas;

presiento la carne de gallina que ponen los cojines,

los colchones

por el tactear peludo y vacilante

que deshiela el horror acumulado en mis huesos.

Desde afuera,

allende el viento, allende los árboles como carbonizados

quiero ver, en las noches, algo que está esperándote

algo que alienta en el rumor del río y de la propia noche

y de la hojarasca pisada imperceptiblemente.

Hay un rodar, un gélido rodar —el mismo

de cuando, tras un grito que me rasgó la sangre,

te empujaron al caos los ojos de la muerte.

¿Qué tiene eso que ver con que el viento llore en el ojo de la llave

y con que crujan los huesos de los armarios?

Cuando abro la polvera donde empollan su blancura las motas,

cuando alguien se ahoga en el sifón del lavado,

cuando se me quedan viendo, con sus ojos de todos los colores,

los frascos de aguas aromáticas

o la pecera inunda de su temblor la alcoba,

tu recuerdo, en el aire, se hace aire,

se hace silencio y luego pensamiento.

 

 

Nocturno (número 3)

Yo me pregunto ahora qué espero, qué persigo,

qué hago aquí entre la noche tundido y humillado,

viendo cómo gotea mi corazón, mi húmedo

corazón solitario como el reloj de un muerto;

por qué en vez de sentir mi hígado o mis pulmones,

o el peso de mi lengua ya casi como un liquen,

o el limar sigiloso del pensamiento, ahora

sólo siento que cae mi corazón al agua,

que cae gota a gota, sudando desde un muro,

brotando desde el mundo oscuro de mí mismo,

cual si me derritiera yo mismo poco a poco

y me fuera rodando al agua y asfixiándome

ahogándome en pedazos indefinidamente.

Me pregunto qué miro cuando no miro nada,

con quién estoy hablando ahora que hablo solo,

de qué está lleno el hueco de mis manos vacías,

por qué crece mi pelo como si me doliera,

como si me arrancaran de cuajo las raíces,

o el pelo fuera un poco de esa noche de adentro

helada o interminable que se me va escapando.

Brasa de mi costado, yodo en la carne viva,

viejo agujero negro, o garfio, o ay de hielo

mi corazón me habita, él sólo, aquesta noche.

(¿Quién llama entre la furia de sus aldabonazos?

¿Quién pasa en sus pisadas? ¿Quién clava clavos torvos?)

Esta noche me habita mi corazón, él sólo.

Esta noche camina por salas y pasillos

un monje vivo que es también un alma en pena.

Y mientras el silencio duele y la vida duele

y la noche me duele como una inmensa herida,

mi corazón se vuelve una pequeña noche,

una grieta que bebe la noche gota a gota.

 ____________

Óscar Muciño (1984). Escritor y traductor. Estudió letras en la FES-Acatlán, UNAM. Ha publicado cuentos, poemas y ensayos en distintos medios impresos y electrónicos del país. Fue incluido en la antología poética 40 Barcos de guerra (2009). Puede leerse en: http://thesolipsta.wordpress.com/

Revista cultural

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