Sobre el tablado, el asfalto y el papel, el drama de Gutiérrez Hermosillo

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José Luis Gómez

 

Si el olvido no fuera también producto del azar, si el paso del tiempo tuviera algún sentido ético de la justicia, las nóminas de «consagrados literarios» serían, si no más extensas, por lo menos más diversas. La popularidad y las modas juegan su papel en el modo como se recibe la obra de los autores y se vuelven factores de éxito y posteridad. A veces los grandes talentos de una época son olvidados por las posteriores sin mayores razones que las de una muerte joven o una serie de peripecias que tienen más de fortuitas que de explicables, y cortan alas a visiones prometedoras. No se cumplió, por ejemplo, la profecía de Mauricio Magdaleno: «Poeta fue Gutiérrez Hermosillo, y el paso de los años pondrá fulgores nuevos en su exacto y difícil acento sin temor a que lo afeen los harapos de las doctrinas que se hacen viejas de una a otra generación.» Libre de fulgor alguno, el nombre de Gutiérrez Hermosillo hoy sirve apenas para engrosar listados de literatos mexicanos de la primera mitad del siglo; su obra es sólo conocida por bibliógrafos e investigadores, no por los estudiantes de literatura, no por los lectores habituales de poesía, nunca por el gran público. Siempre se podrán hacer hipótesis sobre este olvido, sobre las profecías que no se cumplen, pero no hay golpe de dados que pueda abolir los azares que llevan a él, al «vago sótano» de la memoria según Borges.

 

Sobre el asfalto

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Alfonso Gutiérrez Hermosillo

Poco podrá decirse ya de la vida del poeta cuando se ha leído el libro de Agustín Yáñez: Alfonso Gutiérrez Hermosillo y algunos amigos, excelente esbozo biográfico donde el autor de Las tierras flacas da a conocer su muy temprano vínculo con él. La rareza de tal obra (sin menoscabar lo raro que resulta, incluso, leer a Yáñez hoy) así como mi interés específico en la producción dramática de Alfonso Gutiérrez Hermosillo podrían justificar la escritura de este artículo, que poco agrega más que una visión personal sobre su dramaturgia.

De origen tapatío, nacido escritor entre buenos pañales y bajo el techo de una familia respetable, Gutiérrez Hermosillo vino al mundo «cuando las campanas de la clara ciudad (Guadalajara) tocaban devotamente el alba del quince de agosto de mil novecientos cinco, fiesta de Nuestra Señora de la Asunción, patrona de la ciudad».[1] El mismo Yáñez relata cómo desde la infancia, el poeta participaba de las tertulias en la casa paterna, en que solían presentarse con frecuencia José López Portillo y Rojas, por esos años gobernador del estado y Rafael Delgado; cómo desde la infancia destacó también como orador y conoció la fama de prodigio, pues ya entonces componía versos. Los estudios en el colegio de jesuitas, que derivarían en un título de abogado, no impusieron tampoco dificultad o vicio a su precoz trabajo poético. No dice Agustín Yáñez en qué año comenzara su amistad con el poeta, pero sí habla de reuniones diarias en las que participaban otros amigos, como José G. Cardona Vera; de su avidez por la palabra, de sus juicios honestos en materia literaria y, más adelante, cuando la vida adulta se le impusiera, de su rectitud en el pensamiento ético, político y estético que iba más allá de la literatura, pues también gustaba sobremanera de las artes visuales.

En 1931, llegó a la capital del país, huyendo un tanto de la cotidianidad provinciana, otro tanto de la tutela paterna y para continuar los estudios: Yáñez no cree imposible que uno de los principales móviles de esa venida fuera el acercamiento al teatro metropolitano. La fama de que gozaba en su patria chica, así como su temperamento, sus relaciones y la participación tapatía en la aventura del grupo «sin número y sin nombre» a través del tabloide Bandera de Provincias le valieron la fácil aceptación en los círculos literarios de la capital. Ya en ella, los vínculos con el grupo Contemporáneos se dieron de manera inmediata; participaba en sus tertulias, publicaba críticas y poemas, al tiempo que trabajaba en sus piezas dramáticas. Difundió en la metrópoli la poesía de Alfredo R. Placencia en la «Glosa de un poeta desconocido», que había de prologar una antología del mismo autor; escribía constantemente crítica teatral en la serie de artículos «Problemas del teatro en México» que salían a la luz en el suplemento dominical de El Nacional bajo el seudónimo de Demetrio Bernal y dejaron de publicarse en el año de su muerte.

No fue fácil su vida en la capital, tuvo que conformarse con una plaza de mecanógrafo en la Secretaría de Relaciones Exteriores, entonces a cargo de Genaro Estrada. Su vida modesta no le impedía reunirse con los amigos para hablar de literatura, para ir al teatro, para escribir los libros de poesía que dejó: Cauce (1931), Tratados de un bien difícil (1937), Itinerario (1937, que es una reunión de sus trabajos dispersos) y Coro de presencias (editado como homenaje en 1941). Es probable que también en los años de la capital se diera a la escritura de algunos relatos, entre ellos la novela inconclusa Mi tío don Jesús, publicados todos en 1945. Poco tiempo después, por cambios políticos, perdió la plaza como mecanógrafo y, según refiere Yáñez:

[…] vino a ser delegado del Ministerio Público, primero en Xochimilco, luego en la Demacración del Carmen, con la más pesada jurisdicción: los barrios típicos del hampa metropolitana; Alfonso tuvo allí un fecundo contacto con la vida en sus más bajos estratos y una preciosa oportunidad para demostrar sus dotes de entereza y humanidad. ¡Duro estilo de vida para un muchacho de sensibilidad exquisita!

En esas difíciles condiciones, Gutiérrez Hermosillo parecía que vislumbraba por una ventana la felicidad modesta: el matrimonio con Berta Orendáin en 1933 terminó por darle un fruto, su hijo Javier. Breve y humilde felicidad para el humilde: su hijo tendría seis meses cuando la muerte sorprendió al poeta y desamparó a la familia. La amistad, el recuerdo y el dolor, hacen a Agustín Yáñez describir en unas líneas muy sentidas lo absurdo y vulgar de tal muerte: accidente en un tren eléctrico de regreso a casa, una larga agonía de casi un día; se encontraron junto a su cuerpo unas comedias de O’Neill, tan querido y admirado por sus amigos dramaturgos. Esa muerte precoz cortó la carrera de su vida, y quizá también las alas de su fama.

 

Sobre el tablado

Pese a ser conocido como poeta –y no con poca razón– Gutiérrez Hermosillo mostró abiertamente su inclinación por el teatro. La serie de ensayos «Problemas del teatro en México» evidencia un interés constante por el género, así como la estrecha relación que sostuvo con Xavier Villaurrutia y Celestino Gorostiza. Su escritura fue temprana y comenzó en los años de Guadalajara; Yáñez refiere que en esas tertulias de su casa, Alfonso llevaba ya los avances de un poema escénico llamado Cuento de abuela, pero algo habría en él que no terminaría de gustarle, pues al parecer ha quedado inédito. El texto se terminó de escribir y tuvo éxito ante el público que lo escuchó en Guadalajara, sin embargo no se volvió a hablar de él ni tengo datos sobre su paso por las prensas.

La obra dramática de Gutiérrez Hermosillo, según refiere Yáñez, es un ejemplo de paciencia en la creación. La sombra de Lázaro, se comenzaría a escribir en 1928 y sus versiones definitivas datan de 1932. El drama tuvo varios títulos, que Yáñez vio al consultar el manuscrito: El nuevo viaje de Odiseo, Odiseo perdido, Era siempre el mismo, La sombra en el sendero, entre otros; por alguna razón decidiría quedarse con La sombra de Lázaro. Los varios títulos del manuscrito dan cuenta de las intenciones del Gutiérrez dramaturgo que buscaba conciliar los intereses actuales del país, como la Revolución y la vida familiar, con los temas clásicos de la cultura. Al leer esta pieza es notorio el tono serio de un artista que toma su tarea con exquisita solemnidad al tiempo que busca la innovación en la técnica. Aun con la marca particular del tapatío, La sombra de Lázaro deja ver el influjo de la estética de Contemporáneos, la asesoría de Villaurrutia, sobre todo, donde se busca la expresión de temas modernos en espacios íntimos, pero que representan a clases sociales enteras. La obra tiene mucho de tragedia, hay un personaje que debe ser reconocido hacia el final: Francisco, el dueño de la tierra, en Ocotengo, Jalisco. Gutiérrez Hermosillo quiere recrear el ambiente rural de los hacendados tapatíos y para ello hace de Francisco un hombre rico que, llevado por la ambición, abandona a su mujer, Justina, en busca de riquezas, pero pronto se ve robado y enrolado por fuerza en la Revolución. El drama empieza cuando Francisco, luego de una odisea de diez años de grescas, pólvora y caudillos, además de un largo proceso de exorcismo personal, es llevado a su querencia por la fuerza de su propio destino. No falla en Gutiérrez Hermosillo la profundidad de los personajes, el papel que juegan la herencia, la codicia y la fortuna, el qué dirán, la fortaleza moral de Justina para aceptar que su hijo no es hijo de Francisco y querer pagar ella misma por su pecado, por ello renuncia a todo con la vuelta del marido, al que no acepta como tal, al que todos creían muerto.

Entra también, de manera adyacente pero con un desarrollo notable, el aspecto fantástico a través de la tradición popular: Francisco ha aprendido a ser curandero, y como tal quiere ser aceptado de nuevo en sus tierras, sin que Justina lo reconozca, hace falta que la criada Martina reconozca la cicatriz de Odiseo. El hecho de que Francisco sea curandero vuelve explicable lo que ocurre en el primer cuadro del drama que, además de plantear la historia al público, hace entendible el final casi ilógico y precipitado del drama: sin verse, sin tocarse, los protagonistas, Francisco y Justina, entablan un diálogo a través del muro de la casa, como a través de una distancia indefinida, como si sólo hablaran sus almas:

Just: No te he visto aún, después de diez años, y no sé qué sentimiento puedo abrigar para ti.

Fran: Es que ninguno pude despertarte antes. Y ahora lo he perdido todo.

Just: Yo era muy pequeña. Recordarás los años que tenía entonces.

Fran: Pero eras mi esposa.

Just: Soy tu esposa.

Fran: Es inútil porque no sé si vives todavía.

Just: ¿No lo sabes?

Fran: No lo sé.

Este diálogo se produce en un espacio inmaterial, con el escenario dividido en dos para representar precisamente la distancia, la imposibilidad de un diálogo de carne y hueso, frente a frente. Las luces suben y bajan para aumentar la incertidumbre de la escena, incertidumbre como la que produce no saber si los personajes están vivos o muertos, si es Lázaro o su sombra la que habla. Continúan:

Fran: Ahora me dedico, con el fin de poderme mantener, a ser curandero, un oficio que aprendí en la revolución. ¡Había entonces tantos heridos, tantos enfermos con las fiebres y con las pulmonías, con las raras epidemias de los soldados! ¡Pero acaso estás tú ya muerta!

Just: No, no…

Fran: ¿No estás muerta? ¿Aún vives?

Just: ¡Quién sabe!

Fran: Si estás muerta, es que mi corazón no ha velado por ti suficientemente, pero mi alma no tardará en seguirte.

Al tiempo que el espectador se entera de la historia de Francisco y Justina por sus propias voces, se plantean problemáticas más graves: ¿en qué tiempo tuvo lugar ese diálogo? ¿Por qué se le puede escuchar? Para los lectores de novela se vuelven obligadas las preguntas de si podría haber Juan Rulfo leído este primer cuadro y el modo como influyó en él para la creación de Comala y sus voces caóticas, ese ultratumba que cobra vida en la novela y que no es descabellado pensar que encontrara una mina originaria en esta pieza dramática hoy totalmente olvidada.

Los debates de inicios del siglo XX, mucho antes de la banalización del psicoanálisis, también son materia a desarrollar en el drama de Gutiérrez Hermosillo. La aparición del Subconsciente como personaje protagónico en La escala de Jacob da cuenta de la hondura de su búsqueda. Más allá de cumplir la función de las figuras alegóricas de un auto sacramental, como apunta Yáñez, el Subconsciente se deja oír en la voz viva, pero oculta de los pensamientos de El Hombre, que es protagonista del drama. No negamos, en todo caso, que la lectura alegórica al estilo de los autos sacramentales sea aceptable; el interés de Gutiérrez Hermosillo por la monja jerónima está documentada por la publicación de «El amor, el genio y la liberación de sor Juana» en el número 5 de Bandera de Provincias; sin embargo, hay en la forma de disponer las intervenciones del Subconsciente algo más que la imitación formal de los autos sacramentales: los sonidos, los pasos en la escalera (que fue uno de los títulos tentativos de este drama), los deseos profundos de los personajes, cobran significado gracias a las intervenciones del Subconsciente, que los hace explícitos y pone la obra en el diálogo con las vanguardias sin caer por completo en los preceptos estéticos del surrealismo, sin perder la lógica en el diálogo, aunque de pronto asistamos, en escena, al sueño de los personajes, como puede verse en la acotación inicial del segundo acto:

Los biombos serán de color muy brillante: verde, amarillo, rojo. El Hombre se levanta, entre la cama y la cortina, dejando en el lecho su forma. Es ahora un viejo de barba completamente crecida. Sus ademanes son o mucho más lentos o sumamente rápidos. Acaricia, al levantarse, su forma que está sobre la cama y luego, persuadiéndose de ser él mismo actuando dentro de su sueño, toca su cara y sus rodillas.

Sin duda resultaría un desafío para el director poder comunicar una escena como ésta, e implica que el espectador esté abierto a una comunicación escénica nueva, propia del teatro de vanguardia, que Gutiérrez Hermosillo demuestra conocer bien.

Un elemento adicional vincularía el teatro de Gutiérrez Hermosillo con su drama personal y, en general, con el de la modernidad: el dinero y todo aquello que lo acarrea serán preocupaciones centrales de sus personajes. En todas las piezas aparece este problema en forma de propiedades que se disputan, billetes que se queman, fortunas que se litigan, genealogías que se revelan o éxitos profesionales buscados con desesperación en encrucijadas donde el destino plantea el dilema del éxito o el amor, o la pertenencia a una familia y a una tierra. Así ocurre tanto en las dos piezas mayores: La sombra de Lázaro y La escala de Jacob, como en los dos breves ejercicios dramáticos –como los llama Yáñez– intitulados La Justicia, señores… y El día de su muerte.

Cuatro obras que merecen ser rescatadas del olvido, sin duda. Una tarea pendiente para los investigadores es la búsqueda del Cuento de abuela, para integrarlo al resto de la producción dramática de Alfonso Gutiérrez Hermosillo.

 

Sobre el papel

El drama del escritor rebasa los límites de la muerte. Quizá haya llegado demasiado pronto la de Gutiérrez Hermosillo como para que su obra no tuviera la amplitud y difusión de que gozó la de sus contemporáneos, pero ello no es excusa para el olvido. Sus obras están editadas en su mayoría como homenaje de quienes fueron cercanos al poeta, gente del medio literario que lo apreciaba, de modo que no está todo perdido. Apenas en 2011 la Secretaría de Cultura de Jalisco, por medio del poeta Luis Alberto Navarro, publicó su Poesía reunida. Es ya un avance justiciero, sobre todo por la factura de la obra poética de Gutiérrez Hermosillo, pero hace falta volver los ojos a su teatro y a su narrativa. Es irónico pensar en algunas referencias de Yáñez al respecto de su vida que encajan en la explicación del olvido de su obra: parecía que Gutiérrez Hermosillo, criado en una familia culta y acomodada, cargara aún con el prejuicio de lo vergonzoso y poco provechoso que es hacer versos en una sociedad machista y productivista, con una especie de temor a lo que su padre pudiera pensar de ello. Al hablar de su vida estudiantil en la capital, dice Yáñez: «Tuvo que ocultar sus actividades y podía amenazársele con enviar a su casa los periódicos en que se le publicaban versos; cuánta fue mi sorpresa, al día siguiente del entierro de Alfonso, cuando su padre manifestó no saber siquiera que hubiese aparecido el pequeño libro con el poema “Cauce”, publicado cuatro años antes». ¡Quién sabe si sería un afán de modestia y poca publicidad! ¡Quién sabe si fuera tan exigente con su producción que aún se reservaba lo mejor de su talento para obras de más envergadura! La de Alfonso Gutiérrez Hermosillo fue «una vida breve, recatada, llena de dignidad y reñida con el éxito fácil, no permitió que su nombre sonara en ámbitos populares; tuvo, en cambio, la atención y estimación de círculos selectos, dentro de ellos acendró su mensaje […]» Son tan ciertas estas palabras de Yánez como cierto el hecho de que en esos círculos selectos quedaron también la obra y el nombre de Gutiérrez Hermosillo durante unos cuantos años, los suficientes para que llegara el olvido.

 

 

 

 

Bibliografía de Alfonso Gutiérrez Hermosillo

Cauce (poema), Guadalajara, Ediciones Campo, 1931.

Tratados de un bien difícil, Santiago de Chile, Ediciones Ercilla, 1937.

Itinerario (antología), México, Ediciones, Ábside, 1937.

Coro de presencias, Edición de Homenaje. Ángel Chapero [.ed],  1938.

Mi tío don Jesús y otros relatos, México, Ediciones Occidente, 1945.

Teatro. México, Imprenta Universitaria, 1945.

Poesía reunida, Guadalajara, Secretaría de Cultura de Jalisco, 2011.

NOTA

[1] Agustín Yañez, Alfonso Gutiérrez Hermosillo y algunos amigos, Occidente, 1945, p. 7.

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José Luis Gómez (1984) nació en el DF, es escritor y profesor de literatura. Divide su tiempo entre la escritura y la vida académica. Ha participado en diversos eventos literarios, así como en algunas publicaciones. Entre otros reconocimientos, obtuvo recientemente el premio de cuento Cielito Lindo, en el marco del Festival del Libro y la Rosa. Actualmente cursa la maestría en Letras Modernas en la UNAM.

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