Palíndromo. Una poética de la ocurrencia

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Hiram Barrios

 

 

I

La ocurrencia, según el diccionario de la Real Academia, es una «idea inesperada, pensamiento, dicho agudo u original que ocurre a la imaginación». Se trata de un momento de lucidez creativa, una puntada que sucede y puede motivar el humor o la risa. En las letras, constituyen un arte de ingenio, como definió Baltasar Gracián.

La ocurrencia, asentada como ideal estético, es en sí una poética, y en la poesía contemporánea existen propuestas que podrían formar parte de un conjunto de poéticas de la ocurrencia: escrituras del ingenio, de la agudeza y la imaginación. Se manifiestan en los juegos de palabras, en los calambures, en los anagramas o los equívocos. Son hermanas de la greguería y el poemínimo (no hay que olvidar que para Octavio Paz dichos poemas de Efraín Huerta eran «ocurrencias»). Jocosas por naturaleza, se erigen en los senderos de la brevedad y suelen presentarse con los nombres de alburema, neuronería, poenimio, periquete y un largo etcétera.

La gama de posibilidades es variopinta, pero quizá el rey de las ocurrencias sea el palíndromo, frase que puede leerse al derecho y al revés (palin dromein: «volver a ir hacia atrás», acusa su etimología). El español es por muchas razones una lengua propicia para este tipo de escritura. Hay palabras que son en sí un palíndromo: «reconocer», por ejemplo. También hay nombres propios que son palíndromos: «Ana Susana» o «Ramón Omar». De carácter anónimo son los ejemplos más conocidos y citados, como «Anita lava la tina», «dábale arroz a la zorra el abad», «a la duda dúdala» o este otro que reproduce la estructura del anterior: «a la gorda drógala».

El arte del palíndromo fue inventado por los griegos. Ha sido desde entonces un distractor de la mente letrada. El cuadrado Sator, escrito en latín, es acaso uno de los más enigmáticos que se conocen:

 

SATOR

AREPO

TENET

OPERA

ROTAS

 

La inscripción ha sido hallada en ruinas romanas, en Inglaterra, en Los Abruzos, Italia, en la iglesia de San Pietro ad Oratorium, entre Bussi y Capestrano, o en la abadía de Santiago de Compostela. Su traducción es incierta. El término «Arepo», desconocido en latín, podría referir a un nombre propio, en cuyo caso la frase debería leerse como «Arepo, el sembrador, mantiene con destreza las ruedas». Reminiscencia evangélica cuya agrupación ofrece un palíndromo total: la frase puede leerse idéntica de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, lo mismo que de forma horizontal o vertical.

Durante el barroco se recupera el cuadrado mágico, y con éste se acrecienta la naturaleza críptica del palíndromo:

 

ADAN

DAMA

AMAD

NADA

 

Es una escritura cíclica, reversible ad infinitum. Se trata de un arte circular que encierra más de una lectura hierática. Acaso sea una de las arquitecturas verbales más complejas y más difíciles de edificar. Sus alcances están signados por sus limitaciones. No es sencillo hallar ejemplos en los que la sintaxis no esté alterada, a veces hasta la ilegibilidad, o que ofrezcan algo más que las combinaciones al estilo de «Roma amor», «Adán nada» o el conocido «Acá caca», de Augusto Monterroso, quien se confesaba incapaz de construir uno que alcanzase la frase. Lo común es encontrar títulos de palíndromos cuyos textos son combinaciones de palabras con escaso sentido entre sí o cuyo significado llega ser ambiguo, simplón o infantil (acaso por ello abundan las compilaciones para niños con ejemplos de este estilo). Alfonso Reyes comparó a los libros insustanciales con los palíndromos y los capicúas, su versión en dígitos, por esa aparente vacuidad que los singulariza: «Libros palíndromos o capicúas, que se leen lo mismo del principio al fin que del fin al principio, porque no dicen nada en ningún sentido».  

Los que alcanzan una frase concisa –una expresión audaz o sentenciosa, cuya lectura en reverso agrega una mejora– son los menos, y la autoría de una frase afortunada suele ser reclamada o sugerida por más de un autor. Es el caso, por ejemplo, de este hallazgo que comparten Miguel González Avelar y Gilberto Prado Galán, palindromistas mexicanos: «Adán: ¿somos o no somos nada?».

El palíndromo requiere palabras con abundancia de vocales. Demanda lo que sus practicantes llaman «eje de simetría»: una letra que no se repite y que hace posible la lectura en ambos sentidos («sus», por ejemplo, podría ser un comodín cuya u central serviría de bisagra). Una vez hallada una combinación de palabras que ofrezca una lectura reversible, pueden anexarse prótesis que extiendan a placer la frase. Los palíndromos anónimos ejemplifican el caso. Algunos de ellos suelen replicarse o reescribirse con relativa frecuencia. Del conocido «Dábale arroz a la zorra el abad» han surgido adaptaciones como éstas: «dábale arroz. Alabado sea. Eso daba la zorra. El abad», de Óscar René Cruz, o bien: «A la zorra le doy yo del arroz, ¡Alá!», de Sylvia Tichauer.

Un palíndromo puede ensancharse a voluntad. La mejor demostración del palíndromo infinito la ofrece Gilberto Prado Galán en las páginas de un conocido diario, al que homenajea:

 

Adán: roja lee La Jornada

Adán: roja lee, lee, La Jornada

Adán: roja lee, lee, lee, La Jornada

Adán: roja lee, lee, lee, lee, La Jornada…

 

La bisagra se concentra en la e. Probada la reversibilidad de la construcción verbal («La Jornada»=«Adán roja l»), se añade un eje simétrico que pone en marcha la reflectancia del palíndromo, que, como en un juego de espejos encontrados, puede reflejar la estructura hasta el infinito.

Las indicaciones anteriores parecieran fórmulas necesarias para la elaboración del palíndromo, sin embargo, no existe una receta que permita cocinarlo. Es un ejercicio intelectual que requiere cálculos, pruebas y repeticiones constantes. Es una ocurrencia quizá más ardua que el anagrama, el calambur o el juego de palabras. Se le considera una suerte de operación algebraica. Uno de sus practicantes más puntuales compara la escritura de un palíndromo con el balanceo de una ecuación, en la que deben compensarse los extremos para alcanzar un equilibrio.

Todo palíndromo surge de una experimentación. Pero aunque hay autores que han montado complejos laboratorios palindrómicos, los más certeros suelen ser los que se hacen en el anonimato. Aquellos que se construyen con el tiempo, pasando de pluma en pluma, en los que intervienen varias manos. Quienes lo practican lo saben de cierto, y por eso lo confiesan.

 

II

Una muestra

Aunque son pocos los autores que se han dedicado a confeccionar palíndromos (y no todos con fortuna o acierto), existe una tradición que respalda al oficio. En ella figuran algunos de los autores más ingeniosos en nuestra lengua, Juan Filloy, Julio Cortázar o Darío Lancini. El palíndromo escrito en español, a diferencia de otras ocurrencias líricas, cuenta con un Club Internacional de Palindromistas, una cofradía de practicantes asiduos que fomentan la lectura y la escritura reversible. Varios compendios antológicos dan cuenta del auge que atraviesa. Dos de ellos, publicados en México, son indispensables: Palindromagia (1983) de Otto-Raúl González y Sorberé cerebros (2010) de Gilberto Prado Galán. Extraigo de éstos una brevísima muestra de ocurrencias palindrómicas para disfrute del público.

 

La roca coral

Carlos López

 

Acaso hubo búhos acá

Juan Filloy

 

Damas, oíd a Dios, amad.

Carlos Illescas

 

Efímero lloré mi fe.

Gilberto Prado Galán

 

Átale, demoniaco Caín, o me delata

Julio Cortázar

 

Dádiva nada casual, y la usa cada navidad

Salvador Jover Sagarra

 

 

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Hiram Barrios (1983). Escritor, traductor y catedrático. Estudió letras en la UNAM y es especialista en literatura mexicana por la UAM. Ha publicado cuentos, poemas, ensayos y traducciones para distintas revistas, periódicos y suplementos culturales de circulación nacional. Textos suyos han aparecido en revistas de Colombia, Venezuela, Argentina y España. Ha traducido al español a Edoardo Sanguineti, Roberto Roversi, Donato di Poce y Fabrizio Caramagna. Preparó la antología bilingüe Voces paranoicas de Eros Alesi (2013). Compiló el Lapidario. Antología del aforismo mexicano (1869-2014) (en prensa) y Gotas tóxicas (2015), antología de minificciones y aforismos de Sergio Golwarz. Es autor de los libros El monstruo y otras mariposas (ensayo, 2013) y Apócrifo (aforismo, 2014).

Es profesor de arte y literatura en el Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México.

Revista cultural

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