Notas sobre Mirlo

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Reinventar el modernismo

 

 

Hiram Barrios

 

Pocos poemas de juventud se conocen de Josué Mirlo. Uno de ellos, «Canto a la primavera», obtuvo el primer premio en el certamen organizado por el Consejo Cultural de la Ciudad de México en 1923. Con éste nace el poeta. Pasarán algunos años antes de publicar su primer título, ya lejano de los versos primerizos de entonces. Quedará constancia, sin embargo, de una herencia modernista que dejará huella aun en la escritura postrera del poeta.

Difícil es pasar por alto las coincidencias con Ramón López Velarde. Ambos, poetas de provincia, inmersos en inquietudes religiosas que serán medulares en su estética y su concepción de lo poético –a Josué Mirlo lo sedujo la idea de ser cura–, y que se verán reflejadas en sus versos. Los tejemanejes literarios del primer Mirlo son en esencia de un tono velardiano. En el vocabulario, por ejemplo, destaca su gusto por los términos propios de la liturgia o de los lugares de culto, del rito católico al paganismo, de las virtudes cardinales a la carne y el pecado: «santidad», «virgen», «templo», «cirio», «misa», «sacerdotisa», etc. Así también la adjetivación tan distintiva del zacatecano parece hallar un eco en la poesía de Mirlo. No son pocos los ejemplos: «bostezo lila», «plata musical», «cuesta sonámbula», «silencio azul»…  

Lo más importante, sin embargo, no es esta cercanía –que más es una deuda–, sino la distancia que ya comienza a marcar, un alejamiento que terminará por singularizar su poesía. Su apuesta no pretende trasgredir canon alguno; se trata, más bien, de un epígono sui generis. Un di-versificador audaz que entona a su manera los ritmos inaugurados por Darío, de camino hacia el desuso ya en ese momento.

«Mirlo no leía», ha dicho José Muñoz Cota, uno de sus críticos y quien fuera cercano al poeta, pero no se pueden soslayar las evocaciones textuales que tienen lugar tan sólo en sus primeros versos: Nervo, Tablada, González Martínez… Acaso en Velarde encontró una vía para reinventar, como ya lo hacían muchos de sus contemporáneos, por los caminos ya trillados del modernismo. Y acaso esa vía se halle en el provincianismo, en boga a principios del siglo pasado y del que Mirlo fuera simpatizante declarado (sabida es su admiración por Ermilo Abreu Gómez; sabida, también, su preferencia por el regionalismo –dejó inédito un libro de relatos costumbristas del que sólo se conserva uno titulado «La caballona»).

Poetas como Enrique Fernández Ledesma (1888-1939), Héctor Pérez Martínez (1906-1948) u Horacio Zúñiga (1897-1956), al que le dedica algunos escritos, se insertan en una estética muy similar a la de Mirlo. En ellos, como en Mirlo, el paisaje será una obsesión. Una prioridad. En la forma de abordarlo acaso estribe la diferencia. En Manicomio de paisajes (1932), su primer libro, privilegia la viñeta, el retrato o el cuadro con paisaje:

El campanario viejo es un monstruo que devora

con sus dientes de bronce la carne pecadora

de los rojos crepúsculos, que hicieron de las linfas

un lecho cristalino para violar ninfas,

que por la tarde juegan «al burro» con el mar.

Se avizora en este ejemplo los recursos estilísticos que seguirá explotando en sus títulos venideros y que serán definitivos en su escritura poética: la imagen, la metáfora y, principalmente, la prosopopeya, en muchos casos de raigambre gongorino. Los paisajes, primero; las baratijas, después: Mirlo anima, humaniza, da color y vitalidad a los objetos y lugares que lo rodean. «Prestidigitador de imágenes» (José Muñoz Cota), «paisajista en prosa» (Alfonso Sánchez Arteche), «poeta impresionista» (Carmen de la Fuente) o «arquitecto de imágenes» (Francisco Valero Becerra) son algunos de los motes que se ha ganado, precisamente por el uso (y abuso) de la animación del orbe circundante, de la metáfora o de la imagen.

Lo común al abordar al poeta es señalar el distanciamiento con el modernismo. Sin embargo, tal distancia es provisoria, tenue, paulatina. Intuyo un viso modernista en el pseudónimo del poeta. Contra el cisne se erigieron varias aves, acaso el búho de Enrique González Martínez sea el más recordado. Pero también Velarde, con su cenzontle, fraguó una réplica aviar, y quizá no sea exagerado sugerir que el Mirlopoeta surja como una filiación al modernismo o, mejor aún, como una reconstrucción de la estética dariana, una reinvención del canto modernista.

¿Vislumbres vanguardistas?

A Mirlo se le ha vinculado con el estridentismo y, en menor medida, con el grupo de la revista Vórtice. Se trata, en ambos casos, de una afinidad ideológica. Conoció el Café de Nadie, compartió con los artistas de vanguardia no pocas inquietudes políticas y sociales de la época (aunque no fue militante de ningún partido u organización, apoyó, en su momento, el movimiento estudiantil encabezado por Ladislao S. Badillo); su propuesta literaria, empero, no se asemeja a la de sus contertulios.

Alfonso Sánchez Arteche ha señalado el que quizá sea el recurso más «vanguardista» de Mirlo: el armado del poemario. Quizá este rasgo, en mucho estridentista, lo haga pasar por un simpatizante o seguidor de Maples Arce o List Arzubide. Sus libros siguen una estructura cuidadosamente trazada por el poeta. Pasillos, salas, vestíbulos, celdas… Mirlo lleva de la mano al lector por un camino gradual, in crescendo, en el que cada sección responde a una interrogante que se verá develada al finalizar la lectura. Aislar estos poemas es perder algo de su esencia. Sin el derrotero que ha ensamblado el poeta se desvanece buena parte de su apuesta. Mirlo, para bien o para mal, no es poeta para ser leído en antologías, por mucho que una selección ponderada pudiera aportar para su rescate y revaloración.

Contemporáneo de los Contemporáneos, su poesía encuentra más puntos de cercanía con algunos de ellos, sobre todo con Carlos Pellicer, pero más aún con los otros contemporáneos que no han gozado la misma gracia pública que Villaurrutia, Torres Bodet o Gorostiza. Me refiero a poetas como Anselmo Mena, Enrique Asúnsolo o Enrique Munguía. En este punto, quizá no sería impertinente recordar la «otra vanguardia» que José Emilio Pacheco postuló para abordar la influencia de la dicción norteamericana en poetas como Salomón de la Selva o Salvador Novo. Aquí enunciaría entonces la existencia de «otras vanguardias», desplegadas, como señalaba Pacheco, al margen de los ismos de principios de siglo; vanguardias no de ruptura, sino de modernización, y entre las que la obra de Mirlo acaso podría circunscribirse.

Quizá sea más interesante vincularlo con esa otra vanguardia que sucederá en las décadas venideras: el poeticismo. Entrambos hay más de un cruce. Habría que recordar, grosso modo, lo que buscará esta gesta vanguardista de mitad de siglo: la renovación de la lírica a través de la implementación de un instrumental creativo que pudiese develar aquello que hace grande a un poema. En sus indagaciones el procedimiento metafórico preferido por los poeticistas fue la prosopopeya. El modelo a seguir: Góngora…

Ignoro si Enrique González Rojo, Marco Antonio Montes de Oca o Eduardo Lizalde –fundadores del poeticismo– leyeron a Mirlo, pero es plausible que una misma luz los alumbre. Véanse estos ejemplos:

La tarde es una

pajarera ambulante,

que hoy dejó abierta

la jaula de sus pájaros.

Josué Mirlo

**

Incendio

El fuego

paladeaba el bosque

y lo encontraba de su gusto.

Eduardo Lizalde

**

¿qué fotógrafo fue –tu voz murmura–

quien nos ha consentido,

tras abrir una jaula, ver que el pájaro fuera

volando sobre la llanura;

fotógrafo que deja que vuele su avecilla.

Enrique González Rojo

En la animación del fuego o de la tarde, lo mismo que en el juego figurativo de la jaula y de los pájaros, la presencia de Góngora parece estimular el engranaje retórico de éstos. Ambos abrevan de la misma fuente. Quizá en Mirlo descanse un antecedente para explicar algunos de los caminos que la poesía mexicana tomaría en las décadas posteriores, y el poeticismo podría corroborarlo o, por lo menos, apuntalarlo.

Mirlo es, en todo caso, un poeta liminal, un puente entre la poesía característica de la generación de los Contemporáneos y la que surgirá en la década de los cincuenta. Escritura fronteriza, en trance de cambio. Los poemas de Mirlo, como los de Concha Urquiza –para utilizar un ejemplo radical–, se insertan en un momento clave en la transformación de la poesía. Uno de los síntomas más visibles, y que responde a la reestructuración o, si se quiere, la futura cancelación del modernismo, se halla en el abandono paulatino de la versificación tradicional. Una postura estética comienza aquí a reinventarse en aras de una nueva forma de entender la tradición lírica hispanoamericana. Y me parece que en ese contexto hay que releer al poeta.

 

La tarde es una pajarera ambulante… (Josué Mirlo)

La tarde es una

pajarera ambulante,

que hoy dejó abierta

la jaula de sus pájaros,

Sus quetzales y alondras, zenzontles y jilgueros,

han volado;

únicamente queda gorjeando en los pinares,

¡un viejo cardenal!…

¡La tarde es una

pajarera ambulante,

que hoy dejó abierta

la jaula de sus pájaros!…

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Hiram Barrios (1983). Escritor, traductor y catedrático. Estudió letras en la UNAM y es especialista en literatura mexicana por la UAM. Ha publicado cuentos, poemas, ensayos y traducciones para distintas revistas, periódicos y suplementos culturales de circulación nacional. Textos suyos han aparecido en revistas de Colombia, Venezuela, Argentina y España. Ha traducido al español a Edoardo Sanguineti, Roberto Roversi, Donato di Poce y Fabrizio Caramagna. Preparó la antología bilingüe Voces paranoicas de Eros Alesi (2013). Compiló el Lapidario. Antología del aforismo mexicano (1869-2014) (en prensa) y Gotas tóxicas (2015), antología de minificciones y aforismos de Sergio Golwarz. Es autor de los libros El monstruo y otras mariposas (ensayo, 2013) y Apócrifo (aforismo, 2014).

Es profesor de arte y literatura en el Tecnológico de Monterrey, Campus Estado de México.

Revista cultural

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