El exquisito sabor del mal gusto

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Hiram Barrios

He sido siempre un incurable admirador de los sentimentales.

 Leobino Zavala

Alfonso Reyes imaginaba una antología «para denunciar cierta poesía diabética» que alcanzara el grado de creación o, al menos, de crítica cultural: «Panal de América o Antología de la gota de miel». Al vaivén de la memoria, Reyes enumera algunas composiciones que incluiría, como la colección Criolla del Byron dominicano Arturo Pellerano Castro; «momentos de Julio Flórez», con más seguridad de Horas o Manojo de zarzas, o esta ilustrativa muestra de Pantaleón Tovar, con una ligera omisión, diremos olvido, que ejemplifica mejor las mieles de la antología:

¿Por qué lloras?, ¿Quieres flores?

 Pues yo te las daré, pero no llores.

Poemas de Díaz Mirón no podrían faltar, ni de Nervo, Gutiérrez Nájera o Martí. Cualquier nombre sería plausible pues «buscando bien —dice Reyes— podríamos añadir hasta Darío o Lugones». En el esbozo del «Panal de América» se avizora una tarea intensa, amena y sugerente, además de deliciosa para quien decida afilar los lápices en aras del proyecto. Dejo a otro ese placer y me limito a proponer unos ejemplos que quizá puedan servir para una futura elaboración del mismo:

Del propio Reyes pues, como él dice, «¿quién no ha tenido momentos de dulce blandura?»: «…la dulce lumbre de tus ojos arde» o «Lucero que dilatas la pupila…».

Manuel Acuña: «¡Pues bien!, yo necesito decirte / que te adoro…»  (Notable que Reyes no lo mencionara).

Marco A. Osorio Jiménez: «Yo te juro que te quiero, / y te seguiré queriendo».

«La cojita está embarazada» de Sabines.

Y «Batallas de amor» de Margarito Ledesma, el poeta de Chamacuero de Comonfort.

De este último tal vez sería prudente o hasta necesario incluir una copiosa selección de sus Poesías. Margarito Ledesma cerraría con mucha justicia un ciclo de poesía diabética. En él la melosidad se desborda en altos grados de glucosa, con las consecuencias inminentes de la misma: la ceguera, la gangrena, la mutilación, el coma o la muerte son compañeras de su cuerpo poético. Más que cicatrices, son estigmas. En sus escritos se puede atestiguar la decadencia y el fallecimiento de los símbolos de un mundo que se desvanece, las mitologías de los años que acaban; el coma poético, bien como la expresión del anquilosamiento de un gusto o como la apacibilidad de su práctica; la agudeza del humor, que mutila las formas métricas o les implanta sucedáneos inverosímiles; la gangrena de su estilo, que contagia tanto a legos como a letrados, o la ceguera de la crítica ante este fenómeno tan peculiar en la poesía mexicana del siglo pasado.

Para Leobino Zavala, el creador de Margarito, el poeta de Chamacuero es un «humorista involuntario», la ingenuidad y la incultura, que puede llegar a lo grotesco o lo ridículo, son los motes que utiliza para describir a su caricatura literaria. La poesía de Ledesma busca los momentos de «dulce blandura» que Reyes soñaba denunciar con su «Antología de la gota de miel», pero aquí no hay un descuido del poeta, no se trata de una travesura juvenil o de un instante de languidez intelectual: es un acto deliberado, una burla mejor dicho, y por eso mismo podría ser la culminación no sólo del «Panal de América» sino de la poesía diabética que parodia.

 

La retórica de lo provinciano: la diabetes poética de Margarito

 

El Licenciado Leobino Zavala, según la historia que él mismo narra, recibe por medio de un «conducto especial» un legajo con los borradores de un vate de provincia, acompañado por una carta donde dicho autor pide que se corrijan y publiquen sus «poesías». El documento permanece en el olvido varios años hasta que Zavala se anima a revisarlo y juzga interesante publicar la obra. En el prólogo de ésta, el lector tiene noticia de las vicisitudes en torno a la supuesta existencia del poeta. Poesías de Margarito Ledesma aparecen en 1950, pero el encuentro con este conducto ha sucedido en 1911: Margarito es entonces un hombre de la Revolución o de los años inmediatos a la misma. Es un paladín de la justicia y lo canta en sus poemas (muchos de ellos en realidad son corridos). Su nombre no puede faltar en las antologías sobre la Revolución. «Los agarraderos», «¡Ay qué cosas!» o «Lo que va de ayer a hoy» figuran en las más recientes, como la selección 100 poemas mexicanos en papel Revolución (2008) o El edén subvertido. Poemas de la Revolución Mexicana (2010).

El artificio de Margarito guarda también un vínculo con el siglo del Romanticismo. Quizá Rosa Espino, el invento de Riva Palacio y los redactores de El Imparcial, sea un  antecedente cercano a la broma de Zavala: ambas fueron una humorada, una crítica a cierta poesía romántica; las dos querían despistar a la opinión pública y lo lograron, aunque en distinta escala: Rosa Espino fue celebrada por el Liceo de Hidalgo como la poetisa de provincia, con diploma de socia honoraria, y en el caso de Margarito Ledesma, no faltó quien se lanzara a su búsqueda. Y es que junto al poeta Margarito nace un pueblo imaginario lleno de algarabías y trifulcas: Chamacuero, habitado por personajes variopintos, propios de una pequeña localidad: Melitón Palomares, que aclama a su compadre Margarito porque «defiende mucho al pueblo desvalido»; Nacho el de la Botica, quien aconseja algunos títulos poéticos;  el charro Bardomiano, «hombre de mucha fibra» o Don Tiodoro, que «anda diciendo» que el poeta tiene «miedo a mucha gente», son algunas de las ficciones que remiten no tanto a la provincia de Guanajuato, sino al atraso, a lo añejo que podría encontrarse en cualquier pueblo de principios del siglo pasado (o incluso de éste). El anacronismo es un recurso primordial en la estrategia humorística del poeta Margarito, exhibe un mundo que se puede reconocer, pero que ya no comparte las referencias de la vida citadina: da la impresión de provenir de una época lejana porque tiene muy poco en común con el nuestro.

Margarito representa a un poeta atrasado. Es el padre de los poetas pueblerinos en nuestras letras. Ha crecido, como Hildebrando, el protagonista de «Un poeta local» de  David Toscana en Historias de lontananza (1997), «educado con lecturas poéticas de años remotos», y al igual que éste, es un poeta de la inmediatez que bien escribe himnos y efemérides de la región, ensalza a los personajes ilustres de la localidad o a los prohombres de la nación como el cura Hidalgo, a quien ambos le componen un poema. Pero Hildebrando tuvo la oportunidad de salir de casa y con los estudios pudo comprobar, muy a pesar suyo, «que la poesía ya no era rimada». Tras la caída de su ideal poético deviene el desencanto e Hildebrando abandona la poesía. Margarito Ledesma no tiene la oportunidad de salir y no la busca, vive en arraigo por voluntad:

Aquí me puso Dios, aquí he vivido

y aunque a muchos les pese, aquí me muero.

Por eso su poesía es ante todo un anecdotario en el que registra cualquier nimiedad que considera importante, que debe preservarse. Margarito Ledesma no duda llamarse trovador, aunque lo suyo esté más cercano al juego circense del juglar. Para Leobino Zavala, se trata de un poeta que muestra «los estrechos límites de esa bendita tierra que lo vio nacer». En dos ocasiones el poeta tendrá que abandonar su tierra y esas únicas salidas —a Celaya, «a un negocio del juzgado», y a San Juan de los Lagos, a pagar «una manda»— serán  tragicómicas y a la vez épicas, y por esto quedarán encumbradas en un poema.

Dos funciones antagónicas son propias de la parodia: mantener los valores establecidos o subvertir los existentes. «Recetas para hacer Soledades en un día» de Quevedo ilustra el primer caso y para el segundo no hay mejor ejemplo que El Quijote. La parodia de Zavala es parecida a la de Cervantes, una lejana estirpe las vincula: el Caballero de la Triste Figura es a los libros de caballería lo que el poeta Margarito a la estética decimonónica y sus herencias tardías. Ambos representan un momento de culminación. En Ledesma se parodia lo caduco, ¿pero acaso quiere subvertir algún valor estético? El poeta declara algunas influencias, como Manuel M. Flores de quien ha tomado «algunas cosas y hasta algunas ideas y palabras», pero tal vez la crítica gire en torno a la vigencia de valores vetustos en el quehacer poético de aquella localidad. Pero sólo algún indicio hace suponer esto: según la palabra del propio Margarito, ha resuelto publicar sus poemas porque

hay en esta bendita tierra que me vio nacer y donde vi la luz primera otro pujante poeta de altos vuelos, a quien ya ustedes conocen y que por eso no necesito mentarlo, que en vez de ser mi enemigo, como era de esperarse, ha sido siempre muy campechanote conmigo y hasta me ha hecho el favor, que mucho le agradezco y por el cual viviré eternamente agradecido, de revisarme y corregirme algunas de mis más variadas composiciones.

Gracias a esa ayuda, Ledesma se decide a publicar sus poemas. Más adelante sabremos de otros correctores: un periodista de Celaya y otro poeta de «altos vuelos», esta vez de la capital, y también sabremos que ciertas composiciones de Margarito están basadas en poemas aparecidos en periódicos del lugar. Leobino Zavala, no sin sorna, declara que los correctores «deben andar, más o menos, a la misma altura que el autor». ¿Pero existen estos personajes? ¿Quiénes son? De ser reales serían el centro de la parodia y acaso convalidaría la hipótesis de una crítica contra la poesía local (Leobino Zavala, como su invento, nunca salió de Guanajuato).

Margarito Ledesma es en todo caso una burla quijotesca de la poesía: el poeta y sus creaciones no corresponden con lo que práctica y gusto literario estilan. Su propuesta podría ser una vía más de la antipoesía de los años cincuenta, en él descansan antivalores de un poeta moderno: ingenuidad, incultura, anacronismo, torpeza literaria. Pero Ledesma también es otra caricatura, la del conquistador fracasado, el caballero fallido. El poeta de Chamacuero tiene sus amores caballerescos: Jesusita Sánchez, Macrina, Tula, Manuelita o la «ingrata» a la que dedica no pocos poemas de despecho. A Ledesma, como buen sentimentalista, le pertenecen algunos temas del Romanticismo, como el ideal femenino

Eres Cleopatria, Elena de Troya,

mucho te me afiguras a Lucrecia,

y cuando vas saliendo de la iglesia,

nomás relumbras, cual si fueras joya.

Y la conquista de la mujer amada, por su puesto, debe ser grandilocuente

Y le platiqué todos mis amores,

y le dije muy recio que la amaba,

mientras llovía y relampagueaba

y la tormenta hacía muchos horrores.

La recompensa, «el tronido de un beso», es suficiente para llamar a este encuentro «Horas de Pasión» (con conquistas así Leobino Zavala hubiera sido el Cyrano de Comonfort). Pero si obtiene pequeñas gracias como ésta, llama la atención el constante rechazo de las mujeres:

¡Mujer ingrata y importuna

que no haces caso de este amor!

¡Ni que tuvieras el fulgor

que nos retacha de la luna!

En otro poema cuenta la suerte de sus andanzas amorosas, pasa todo el día con su enamorada, «platicando nomás y beso y beso» y a la mañana siguiente, descubre que se trataba de una mujer «infame»

Y al otro día, que amaneció llovido,

muy tempranito en la mañana supe

que con un tío del güero Guadalupe,

la misma madrugada se había hullido.

 En «Batallas de amor», una «ingrata fuereña» seduce con su andar a la población. Margarito se lanza a su conquista pero alguien más se le ha adelantado

 

Y vi que platicaban muy sonrientes

y hasta muy agarrados de la mano,

sin importarle a ella ni al cristiano

que los miraran al pasar las gentes.

Alguna razón habrá para que las mujeres no sólo lo rechacen, sino que incluso le rehúyen. «Tula —explica Margarito— ha agarrado la mala imposición de taparse con el rebozo cuando me encuentra», y ante tal desprecio no puede más que contestarle con un poema:

Si no tienes voluntad

siquiera de contestarme,

yo creo que no hay necesidad

ni menos de avergonzarme.

 

Micho menos todavía

de enredarte en el rebozo,

pues ya desde el otro día

te dije que no estoy sarnoso.

 

Hay en Margarito un heroísmo un tanto cervantino, quiere ser un Don Juan pero termina siendo un Quijote, sin escudero y sin dama

 

voy a tientas por este suelo,

buscando rastros de un nuevo amor.

 

El humilde Margarito busca con la poesía el prestigio para distinguirse del vulgo.  Sus versos lo harán diferente, y por eso ruega que al publicar sus poesías le faciliten algunos ejemplares para «refregárselos en la cara de los envidiosos de su pueblo». Ya desde el prólogo se lanza contra esos «lenguas largas»

No me importan las burlas de los necios

ni la envidia y las habladas de algún tonto

 

Pero no es que la gente se burle de Margarito, es Zavala quien se mofa de algunos versos emblemáticos de la tradición. «A Gloria» de Díaz Mirón es uno de ellos:

 

¡No intentes convencerme de torpeza

con los delirios de tu mente loca!

 

Don Salvador mira desde arriba, como el pájaro que «canta aunque la rama cruja»; Margarito, desde abajo, sin temerle a «los recios golpazos del destino». La primera es la visión de un triunfador, de un hombre que se sabe merecedor del éxito; la segunda su parodia, una imitación burlesca. Buena parte de las Poesías tienden a la diatriba pero no con el fin de desvirtuar sino como mera defensa a la honra pisoteada

 

Dicen que anda diciendo don Tiodoro

que yo les tengo miedo a muchas gentes,

que mucho les reguilo a los transentes

y cuando hay timultos, hasta corro

 

Leobino Zavala anticipa la estrategia que utilizará Jorge Llopis en Las mil peores poesías de la lengua castellana (1957), selecciona modelos poéticos y exageran en los procedimientos literarios de los mismos. «Al río de La Laja» por ejemplo, se inspira en la fórmula del paisajismo —otro tópico decimonónico—  presente en la descripción de más de un río imponente (Lavardén, Pagaza, Manuel Acuña y un largo etc.). Altamirano, en «El Atoyac», (d)escribe:

 

Por un tapiz de flores

desciende y a la costa se encamina

el tributo abundante recibiendo

de cien arroyos que en las selvas brotan.

A poco, ya rugiendo

y el álveo estrecho a su poder sintiendo,

invade la llanura,

se abre paso del bosque en la espesura;

y fiero ya con el raudal que baja,

desde los senos de la nube oscura,

las colinas desgaja,

arranca las parotas seculares,

se lleva las cabañas

como blandas y humildes espadañas

La imagen comienza en la creciente y adquiere intensidad cuando el Atoyac ruge sobre la llanura. Othón, hablando de otro torrente, sintetiza la imagen:

 

[…]. Hinchado el río

arrastra, en pos, peñascos y troncones

que con las ondas encrespadas luchan.

 

La corriente de La Laja es igual de devastadora:

¡Oh!, río de La Laja

que ruidoso baja,

trayendo en sus aguas,

animales muertos,

indios medio yertos,

becerros ahogados,

cuerpos aventados

y otros equipajes

que hay en los parajes

por ti atravesados.

La diferencia es que Margarito le ha quitado solemnidad, pero no belleza al poderoso río. La hipérbole deforma, tergiversa, caricaturiza. Pero Zavala, más ingenioso que Llopis, no hace atribuciones falsas, sino que presenta un personaje apócrifo. Un poeta aficionado, ignorante, atrasado en cuestiones estéticas y cuya poesía refleja esa condición. Salta a la vista su vocabulario limitado y plagado de arcaísmos y errores gramaticales, la aparente falta de rigor en la métrica junto al descuido de la rima, o la fascinación por los recursos del lenguaje en desuso, así como la interrogación y la exclamación retórica, muy comunes en Poesías. Es un poeta que, aun en sus rudimentos técnicos, quiere experimentar, como sucede con el «estrangote», que según Ledesma es el «último agregado que se agrega al acabar los versos».

No solamente es un poeta iletrado y anacrónico, a los calificativos que utiliza su creador —ingenuo, humilde, sentimental—  podría añadirse el de tonto. La tontería es más que un desatino o un disparate porque aspira a ser talentosa, «una simpleza que pretende ser sagaz» como señala José Ferrater Mora. El filósofo español expone algunas variedades de ésta, como «La flagrante contradicción»: «la negligencia, el atolondramiento o el descuido».[1] Margarito la ejemplifica fácilmente con sus apostillas, otra marca de principiante que acentúa la aparente figura del poeta «falto de sesos» como apunta Zavala. Las composiciones generalmente están acompañadas de notas al pie de página, a veces hasta tres por poema, y a lo largo del libro se intercalan aclaraciones que contienen información errónea o contradicciones inútiles, sin aparente sentido o propósito. En el poema «Mi perro negro»

Muy bonito mi Azabache.

Mucho, mucho lo quería;

pero un día

se me ahogó con el tepache.

 

El Azabache murió al caer en un barril con dicha bebida que había quedado destapado, se  aclara en la nota al pie, donde también se dice que: «El tepache es una bebida muy sabrosa que se hace con cáscara de piña y piloncillo de la sierra, que se ponen a fermentar…». Más delante introduce una «Nota aclaratoria» donde el poeta dirá que la receta del tepache anterior se la dieron personas de mala fe y que se ha enterado que en realidad debe realizarse «con toda la piña, ya madura y de buena clase, y que además, se le muele canela, lo que le alcance con una moneda de a veinte y se pone la olla a hervir en la lumbre». Un par de poemas después, otra nota vuelve sobre la receta, una vez que personas «de más conciencia» le han dicho que:

no es cierto que se le muele la canela, sino que se le hecha en rajas, y no lo que se levante con una moneda de a veinte sino lo que se alcance a agarrar con cuatro dedos, y que también se le hecha clavo, al gusto, o esencia de clavo o de toronjil, y que no se pone en la olla a hervir en la lumbre, sino que se deja en agua serena a reposar, para que fermente, sin nada de lumbre, y que en cuatro o cinco días ya está bueno para tomarse…

En el extremo, volverá sobre el punto con una nueva nota aclaratoria para pedir disculpas, pues personas serias y verdaderas le han indicado que ninguna de las recetas anteriores es correcta. Margarito aconseja comprar el tepache y no arriesgarse con las instrucciones que ha dado. El asunto no tiene nada que ver con el poema, las aclaraciones no llegan a ningún lado: la contradicción es flagrante, no puede pertenecer más que al reino de la tontería. Una tontería, por supuesto, deliberada.

Los títulos, notas al pie y demás aclaraciones son parte importante en la construcción del poeta Margarito, complementan la anécdota y en ellos estriba la gracia de algunas. Con el sucesivo éxito de las Poesías nuevos personajes aparecen para continuar con la parodia; desde la segunda edición aparece Hermelindo Morales, sobrino-nieto de Ledesma, quien contacta por correspondencia a Zavala para mandarle periódicamente algunos poemas que su madre, hermana del poeta, conserva desde hace años, pero a partir de la segunda edición, de 1952, Margarito da un vuelco a su escritura para cambiar de temas. Si ya había escrito sobre los grandes tópicos —el amor, el odio, el destino—, ahora escribirá sobre asuntos más triviales, como los perros que lo han acompañado y la suerte de estos. Es en esta prolongación en la que aparece el atolondramiento con la receta del tepache: la exageración de un personaje ya de por sí caricaturesco.    

Poeta atrasado, ingenuo y en algunos momentos tonto, Margarito es sin embargo un artificio cuyo encanto no pasó inadvertido entre en el público lector: quince ediciones de 1950 a 1990, con tirajes de hasta cuatro mil ejemplares hacen de Poesías, José Emilio Pacheco dixit, el único best-seller poético de nuestras letras. Apenas algunas antologías canónicas —Poesía en movimiento, por ejemplo pueden darse el lujo de superar la vigencia de Margarito, y no creo que exista un libro de autor con mayor rating en la poesía mexicana. ¿Por qué en un país de analfabetas, donde existen pocos lectores, muchos menos de poesía, un supuesto poeta ignorante, con carencias y tropiezos en su escritura, cautiva a un número considerable de lectores? ¿Quiénes compraban sus Poesías? ¿Qué leyeron en éstas? ¿Dirá esto algo sobre el gusto literario?  Algún síntoma se encubre en este fenómeno que no deja ser una curiosidad, una anomalía en varios sentidos: el libro de poesía más vendido de México durante la segunda mitad del siglo XX, a unos años del siglo XXI, ha pasado casi al olvido…

***

«Las colecciones de poemas —asegura Reyes— permiten seguir más fácilmente las evoluciones del gusto». De concretarse algún día la «Antología de la gota de miel», una selección de Poesías de Ledesma permitiría ver las deudas y aversiones con la estética decimonónica. Más interesante sería ver una antología comentada, como la de Jorge Llopis, pero sin atribuciones falsas y en la que acaso intervinieran varias plumas en aras de la diversidad de enfoques. En las glosas podría introducirse un ejercicio crítico que contribuya a dilucidar los porqués que determinan cómo un poema es considerado pésimo o de alta estima literaria.[2]  Pero mientras Margarito no figure en el hipotético «Panal de América» a cambio podemos encontrarlo, también como un momento de culminación, en la antología De poeta y loco… (1956) de José Luis Martínez. El poeta de Chamacuero le sirve de pretexto para recordar algunos poetas humildes que, «apoyados en las pocas reglas que han podido allegarse y practicar, hacen lo que pueden en verso»: el otro José Vasconcelos, el Negrito Poeta; Celestino González, también de Guanajuato, abuelo literario de Ledesma junto a Rosa Espino, su abuela; Maximiliano Salazar, mejor conocido como «el poeta del crucero» y al final, Margarito Ledesma, el invento apócrifo que en palabras de José Luis Martínez, es una «habilísima superchería de un escritor dotado de una singular capacidad para percibir la gracia cómica de los sentimientos y ocurrencias populares».[3]

En el centenario de Poesías, Juan Domingo Argüelles retomará este aspecto para señalar que de ser un poeta popular ha pasado a ser un poeta de culto por el desdén de la crítica literaria.[4] He dicho que en el cuerpo poético de Margarito se atestigua, entre otras cosas la ceguera de la crítica, y así parece porque el fenómeno Ledesma no ha merecido la atención más que entre unos pocos pese a lo ingenioso del invento o a la importancia, relativa o no, que debió suponer ganarse a una mayoría del público lector de poesía (que debió ser, como siempre ha sido, de quizá unos cuantos miles). La broma de Zavala ofusca porque el humor, el relajo y el juego de su propuesta no empatan con las pretensiones eruditas de la escritura comprometida con el arte, la «cultura culta» para decirlo como Argüelles. Resulta curioso que, salvo excepciones como Ibargüengoitia o Renato Leduc, la literatura humorística ha quedado relegada frente al realismo o la reflexión dura (pienso sobre todo en casos de abandono injustificado, como el de Sergio Golwarz).

Hay varias trampas que encierran las esferas del humor visitadas por Ledesma, unas de ellas es el riesgo a perder crédito por su aparente falta de seriedad, error muy común que confina a un segundo plano las expresiones que giran en torno a todo aquello que huela a cómico o que incline a motivar la risa. Otro error es creer que en verdad se trata de un poeta ingenuo o inculto, pues tras bambalinas se asoma un artificio inteligente que vale explorarse; causar la risa en el lector, por decir lo menos, requiere de cierta maestría que no le es permitida a cualquiera. El poeta Margarito le inquiere a Tula, que se esconde cuando lo ve venir:  «¿Por qué te tapas con el rebozo?» y esa misma pregunta podríamos hacerle a Zavala.

¿Por qué te tapas?: la máscara de Ledesma

 

Margarito Ledesma nació del ocio y quizá un poco de la casualidad. Con los versos humildes de este poeta, Leobino Zavala se sirvió para entretener su madre, en cama debido a una enfermedad. En las páginas de El Excélsior se conservan al respecto artículos y entrevistas de Guadalupe Appendini, en una de ellas Zavala declara a la periodista: «yo ya había comenzado a escribir de broma algunos versos (…), se los leí (a mi madre) y le dio tanta risa que continuó la broma».[5] El humor requiere un cómplice. Francisca Camarena, madre de Zavala, será la primera en comenzar la cadena de complicidades que harán de Ledesma una picardía literaria a gran escala, quienes leían los poemas, amigos y allegados al autor, encontraban ingenio y lo alentaban a publicarlos. Lo intentará hacía 1920, pero tendrá que esperar treinta años más para ver Poesía impresas. Zavala tratará con éstas de brindarle un homenaje póstumo a su madre, fallecida en 1932.

El invento de Zavala, sin embargo, no tiene nada de inocente. El uso de un pseudónimo presupone la elaboración de un personaje, no se trata de un simple cambio de nombre, el hecho en sí establece una transposición de la personalidad. Ramón Gómez de la Serna señala que

El seudolismo le desprende al escritor de lo más pesado de sí mismo; lo coloca frente de sí como una invención más de su imaginación […] El escritor con pseudónimo convive con sus personajes como un personaje más […] Hay quien no tiene bastante decisión para adoptar un pseudónimo, pues en el primer momento tiene el acto algo de suicidio.[6]

 

Zavala se desprende de sí mismo, Margarito es su alter ego, un  Döppelgänger. Al despojarse de su nombre deviene el suicidio simbólico: se ha inmolado en aras de su golem poético. John Keats pensaba que la verdadera naturaleza del poeta es la continua metamorfosis de un ser sin identidad que sólo existe para dar vida y forma a otro cuerpo, y es precisamente lo que sucede aquí, Leobino Zavala se vuelca sobre el lenguaje mismo, encubre el yo lírico para cuestionar la figura del autor, por ello Margarito se opone al poeta culto (de «altos vuelos»). Pero más que un pseudónimo tradicional, se trata de la creación de un autor imaginario. Zavala nunca se presentó como Margarito Ledesma, sólo atribuyó sus creaciones al personaje ficticio.  En la primera edición de Poesías ofrece una pista para rastrear la inspiración, el pasado del humilde poeta:

Nació en Chamacuero de Comonfort, hoy Comonfort a secas, por obra y gracia de José F. Elizondo y Rafael Medina, autores de la jocosa zarzuela Chin-chun-chan, y desde su nacimiento, ha vivido siempre en este lugar…

 

A partir de la segunda edición, dos años después, en 1952, el fragmento que he puesto en cursivas desaparece, quizá para borrar su antecedente literario y darle concreción al personaje. El nombre de su invento, dirá Zavala a Guadalupe Appendini, lo tomará en honor a un escritor que siempre había admirado: Fernández Ledesma. Tan sólo estas alusiones muestran que no hay improvisación alguna en la construcción del poeta, que de humorista «involuntario» no tiene nada, y cabe retomar la pregunta ¿por qué se tapa?

Leobino Zavala encuentra «exquisitas» las obras de Margarito y lo adjudica a su «mal gusto». Con el disfraz de poeta humilde puede ingresar a las regiones de lo cómico, lo grotesco o el ridículo y salir librado del periplo porque es un histrionismo controlado. Lo mal hecho se erige como campo de experimentación y abre la posibilidad de jugar con lo que llama su «mal gusto». El autor ficticio es, como Jorge de Mairena y su Máquina de Cantar, un pretexto para arriesgarse a lo apócrifo, para romper paradigmas y explorar caminos que se creen inaccesibles o peligrosos. Zavala siempre consideró que Margarito era un juego y con él se desprende de lo más pesado de la poesía que parodia: la grandilocuencia, la verborrea o la retórica insustancial, pero sobre todo se desprende de la responsabilidad de ser un poeta serio, para aventurarse en una poesía sin aspiraciones intelectuales, despojada de afanes de pureza y desligada del resto de las producciones poéticas del momento. Precisamente por tratarse de un juego, una humorada, adquiere una seriedad propia y le imprime al proyecto trascendencia: del juego nace el humor, pero con el humor no se juega; se reflexiona, se cuestiona, se transgrede.

Zavala utiliza a Margarito para invertir los valores de la poesía como un pasatiempo que no está privado de reflexión, transgresión o cuestionamiento. Desenmascara con la crítica, libera con la burla. La poética del humorismo se nutre de la libertad creativa que ofrece la dinámica del juego, pues sólo en éste el hombre puede usar toda su personalidad. El individuo se descubre sólo cuando se muestra creador. Jugar es hacer, es crear y recrearse. Con el juego el hombre se permite el escape, la fuga de sí mismo.

Margarito Ledesma, fruto de los juegos poéticos de Zavala, es libertad de creación, ingenio de un humorista completamente voluntario y prueba de un talento poco valorado. Parece ser que el alcance que obtuvo con la aparición de Poesías incitó a su creador a continuar con la broma, pues en la siguiente emisión no sólo borra el antecedente literario de su personaje, sino que inventa la supuesta desaparición del mismo. Por medio de Hermelindo Morales, sobrino-nieto de Ledesma, sabe que «hace muchos años se ausentó de Chamacuero y jamás ha regresado». Hermelindo nunca conoció a Margarito pero su abuela le ha contado que

Un día, al amanecer, ensilló su caballo […], tomó su maleta y su bufanda […], besó calladamente a su hermana y a su sobrina y, sin ninguna explicación, ni siquiera una palabra de despedida, montó en su caballo y salió de casa.

 

Nunca más volvieron a saber de él. Leobino Zavala asegura que Margarito volverá, que algún día estará otra vez con su gente, pero desvanece al poeta seguro de que no habrá Avellaneda alguno que continúe sus andanzas.

Es curioso cómo este personaje ha traspasado fronteras. El municipio de Comonfort, en Guanajuato, hoy recibe visitantes nacionales y extranjeros que buscan la casa del poeta, algún museo consagrado en su honor o la tumba donde descansan sus restos. A falta de estos espacios, el Ayuntamiento organiza el Encuentro Nacional de Letras Populares Margarito Ledesma, en el que se le rinde tributo a esta figura emblemática de la localidad. Más curioso aún es encontrar comentarios apresurados que sugieren la existencia real del poeta Margarito. Hace años, cuando la broma comenzaba, no faltó el periodista que creyera en la existencia del poeta, y hoy en día hay quien incluso afirma que tal vez existió porque «no hay ningún documento donde Leobino Zavala se reconozca a sí mismo como el verdadero autor de Poesías».

Quizá los siglos venideros redescubran al poeta Margarito y encuentren en éste las raíces del pensamiento popular de «lo mexicano». Se convertirá entonces en una especie de Ossian y la leyenda del poeta humilde volverá a sonar, esta vez como un símbolo de la poesía nacional, auténtica, la  mejor muestra de folclor y picardía de un pueblo consagrado por el gusto hacia las fiestas, el relajo, el juego y el chiste, exquisiteces que la alta cultura llama de mal gusto.


[1] José Ferrater Mora, «Variaciones sobre la tontería», en Ensayo español contemporáneo, Madrid, Crítica, 1996, p. 122-131 (Vol 5: Los contemporáneos).

[2] Recientemente, Mario Bojórquez ha comenzado a reunir los «100 peores poemas mexicanos». Según el poeta, su trabajo busca mostrar cierta perversión en el gusto a partir de autores vivos, algunos de ellos galardonados con premios de estima. Si cada texto tuviera una glosa del porqué de su inclusión, seguramente tendríamos un material polémico que mucho ayudaría a debatir esa perversión que menciona. Habrá que esperar a que se concrete la antología, por el momento el lector podrá revisar los avances y los comentarios que se han hecho al respecto en el siguiente blog: http://hiperboreos.blogspot.mx/

 

[3] José Luis Martínez, De poeta y loco…, México, Los Presentes, 1956,  p. 31.

 

[4] Juan Domingo Argüelles, «50 años de las Poesías de Margarito Ledesma», en El Universal, 25 de octubre de 2005, p. F 4.

 

[5] Guadalupe Appendini,  «Margarito Ledesma (humorista involuntario) libro de Leobino Zavala, con poemas en voz del pueblo», en Excélsior, 27 de enero de 2005, p. 5 B.

 

[6] Ramón Gómez de la Serna, «Sentido y curiosidad del seudónimo», en María del Carmen Ruíz Castañeda y Sergio Márquez Acevedo, en Catálogo de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias usados por escritores mexicanos y extranjeros que han publicado en México, México, unam, 1985,  p. LV y ss.

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Hiram Barrios (1983) Escritor y traductor. Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Publica cuentos, ensayos y traducciones en distintas revistas y medios electrónicos. Ejerce la docencia a nivel superior y medio superior.

Revista cultural

4 comentarios

  1. gold price

    23 Julio, 2013 at 6:18

    Yo pasé por todo y nada le otorgué porque conozco sus buenas intenciones y sé que es muy gente y muy católico y qué tan buen poeta no será que hasta canciones y corridos suyos cantan los músicos andulantes en la calle, y además es mucho mi amigo y se lo agradezco mucho.

  2. Emilia Chaney

    2 Agosto, 2013 at 11:14

    hola… Poeta mexicano. Mareante Ledesma, seudónimo de Leobino Zavala, nació en Uriangato, Guanajuato, en 1887, y murió en San Miguel de Allende, del mismo estado, en 1974. Poco se conoce de este “humorista involuntario” que cultivó una de las vertientes menos socorridas de la poesía mexicana: precisamente la del humorismo, en una heterodoxia que también lo ha excluido de las valoraciones, las historias y las antologías cultas. Es autor de un único volumen, Poesías, con prólogo de Leobino Zavala, que supuestamente se publicó por vez primera en 1920 y cuya undécima edición vio la luz en 1971. El juego de Leobino Zavala es tan actual que Margarito Ledesma es uno de nuestros poetas que anuncia el más desaforado coloquialismo lírico en la plenitud de la parodia, la burla y el relajo. Una Antología mínima de su obrarse publicó en 1999 (Universidad de Guanajuato) con selección y prólogo de Óscar Cortés Tapia.

    • Aquileo Agusto

      24 Mayo, 2014 at 19:14

      Hola. ¿Mareante Ledesma? ¿Acaso porque pareciera “marear” a lectores incautos? Como sea. Margarito Ledesma es la genial creación de Leobino Zavala Camarena, un notario público de San Miguel de Allende, que, quizá en ratos de ocio hizo que surgiera el Humilde Poeta de Chamacuero de Comonfort.
      En una conferencia que diera Óscar Cortés Tapia, antologador de Camarena en “Su inútil servidor, Margarito Ledesma”, en Comonfort, en junio de 2013, al inicio del Quinto Encuentro de Letras Populares Margarito Ledesma, dijo, y lo anoté por cierto, que “las poesías de Ledesma, en realidad, fueron escritas en la década de los 40 del siglo pasado”. Esto coincide con las fechas en que Camarena escribió sus “Leyendas y tradiciones sanmiguelenses”.
      Y cuando alguien preguntó por qué tardó el libro de las Poesías en aparecer treinta años, o sea hasta 1950, Cortés respondió que Leobino Camarena afinó durante los años anteriores los pocos poemas que aparecen en la primera edición del lib ro, la de 1950. Y que tal vez la historia familiar de que Camarena consolaba a la madre que había quedado ciega a causa de la diabetes, leyéndole esos versos de humor involuntario, sea únicamente producto de la colaboración de los propios hijos de Leobino, pues a quien llegaba a la notaría de Roberto Zavala, uno de los hijos, preguntando por el verdadero autor de las Poesías de Margarito Ledesma, el licenciado Roberto les contaba este mito familiar.
      Incluso Cortés dijo que cuando él anduvo indagando en San Miguel, el notario Roberto Zavala le quiso “vender” el final “heroico” de Pito Pérez (el fusilamiento en el cementerio), como si esto le hubiera ocurrido a Leobino Zavala, cuando supuestamente unos carrancistas llegaron hasta su casa y lo sacaron para fusilarlo, y que el licenciado Leobino pidió la “gracia” de que él dirigiera su propio fusilamiento (o su juicio), para luego de que los vecinois intervinieran en su favor, él pudiera escapar. Y que a causa de esta situación doña Francisca se hiciera diabética y luego quedara ciega. En fin.
      Aún hay mucha tela que cortar, muchas cosas que contar. Gracias.

  3. Aquileo Agusto

    24 Mayo, 2014 at 19:21

    Una cosa más: en Comonfort, Gto., todavía hay personas que siguen creyendo que Ledesma “existe”, que “aún vive”. Y de nada ha servido lo que el escritor Óscar Cortés Tapia les dijera el año pasado. ¡Inc reíble! Y esto habla de la genialidad de Leobino Camarena. En cambio, a los de San Miguel de Allende, les chocan estos comentarios de gente a la que califican de “ignorante”. En Comonfort están del lado de Margarito Ledesma, y en San Miguel del lado de Zavala. ¿Qué les parece?

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