El aforismo de Octavio Paz

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Octavio Paz en Mixcoac – exposición en el Munal 2009.

Hiram Barrios

 

I

Entre 1938 y 1945, Octavio Paz publica cuatro secciones de un trabajo titulado «Vigilias. Fragmentos del diario de un soñador». Se trata de una serie de reflexiones intimistas inspiradas, a decir de Enrico Mario Santí, por la muerte de Octavio Paz Solórzano, padre del poeta, en 1936. Prosa poética y ensayo lírico unen fuerzas en una serie de reflexiones que abordan temas como el principio de la poesía, el amor, el sueño, la comunión o la libertad. En este diario primerizo se atisba ya un estilo que lo caracterizará en dos géneros medulares de su obra: poesía y ensayo.

En los cuatros capítulos que componen los «Fragmentos del diario» hay un aire de familia: las preocupaciones son las mismas, sin embargo, un proceso singular ocurre en la exposición formal: las «Vigilias» evolucionan hacia la síntesis. El formato de diario, anunciado desde el subtítulo, se evapora paulatinamente y para la tercera entrega, publicada en 1941, una colección miscelánea de breverías irrumpe en el repertorio del entonces joven Paz. Conviven en el mismo espacio pequeños poemas en prosa, ensayos breves, párrafos sueltos y, en buena medida, aforismos.

La presencia de Nietzsche aparece como motor de no pocas reflexiones. En citas y menciones constantes, el filósofo alemán es sometido a juicio:

El hombre en su búsqueda por la verdad se guarda mucho de encontrarla: podría destruirlo.

Heriberto Yépez ha visto en este ejemplo una lectura atenta del trigésimo noveno aforismo de Más allá del bien y el mal, en el que se lee:

Algo podría ser verdadero: aunque resultase perjudicial y peligroso en  grado sumo; podría incluso ocurrir que el que nosotros perezcamos a causa de nuestro conocimiento total formarse parte de la constitución básica de la existencia, de tal modo que la fortaleza de un espíritu se mediría justamente por la cantidad de «verdad» que soportase o, dicho con más claridad, por el grado en que necesitase que la verdad quedase diluida, encubierta, edulcorada, amortiguada, falseada.

Paz sintetiza el argumento de Nietzsche, lo reordena y le da una forma seductora, concisa y provocadora. En otros aforismos se intuyen presencias veladas que proceden de forma semejante. Así, por ejemplo:

Un hombre que no muestra ningún defecto es un loco o un hipócrita del que hay que desconfiar. Hay defectos que están ligados a tan bellas cualidades, las anuncian y tenemos razón en no corregir.

El anterior, de Joseph Joubert, extraído de Máximas y pensamientos, es, a mi parecer, un antecedente a este que Paz incluirá en la cuarta sección de «Vigilias», de 1945:

Nos enorgullecemos de nuestros defectos. Los acariciamos, los mimamos, los exageramos, no para disfrazarlos de virtudes, sino para que posean grandeza y suntuosidad y poder exhibirlos.

En este caso, más que una síntesis, es una réplica, una actualización en torno a la mirada de los defectos a partir de la misma estratagema: el cambio inusitado de paradigmas.

Los moralistas dieciochescos, pero también ocultistas del siglo de las luces como Swedenborg o Blake, se descubren en aforismos introspectivos cuyo centro de atención es el yo y su permanencia:

Los ojos del cocodrilo reflejan la eternidad del yo: fijos, estúpidos, ni siquiera son crueles. («Vigilias», IV, 1945)

Aprovechando la naturaleza asistemática del aforismo, las «Vigilias» también se  convierten en ideario ético y estético. El moralismo en ciernes de Paz parece que ya ha marcado un derrotero. En sus inquietudes, sus observaciones e incluso sus convicciones de entonces se esboza su postura en temas como lo sublime, lo bello o el humor, centrales en las reflexiones de su obra posterior:

El humor es la forma superior de la desconfianza del hombre hacia sí mismo. El humorismo nace del pesimismo radical, total. Todo humorista es un moralista decepcionado.

En el Laberinto de la soledad ampliará este aspecto del humor, vinculado al sentimiento de derrota, el pesimismo y la frustración que ya consignaba en sus primeros textos.

II

Si la obra de Paz es, como ha señalado alguno de sus críticos ‒Carlos H. Magis‒, «una constante iluminación mutua entre poesía y ensayo», las «Vigilias» son entonces un encuentro entre éstos, mejor aún, un cruce, acaso el más radical, pues de éste deriva la práctica de un género liminal entre la filosofía y la literatura, entre la prosa de ideas y la poesía gnómica: el aforismo. Un género cuya historia y tradición aún están por construirse, aunque los trabajos preliminares que ya existen sean guías completas para el acercamiento a este tipo de escritura.

La aforística ha solido ser galardón del hombre maduro o de las plumas veteranas. En distintas tradiciones se ha señalado esta característica entre los cultivadores del género. Javier Perucho en México o Fabrizio Caramagna en Italia, por ejemplo, han señalado esta constante que sigue vigente, aunque cada vez haya más aforistas jóvenes. Baste asomarse a la edad que ostentan algunos practicantes del género hoy en día: Luis Herrera de la Fuente publicó sus aforismos a los noventa años, Raúl Renán a los ochenta, Jorge Saldaña a los setenta.

Pero en Octavio Paz no sucede esto. Contaba con apenas veintisiete años cuando se publicaron sus primeros aforismos, aunque con mucha probabilidad los escribió por lo menos un par de años antes. En su caso parece más un atrevimiento de juventud, el arribo a una forma de exposición que lo mismo exige recursos del ensayo que de la poesía. Un descubrimiento juvenil que sólo repetirá años después, y cuyas muestras sobreviven en la recopilación de Corriente alterna (1967). Destaco el aspecto de la edad porque Paz es uno de los practicantes más jóvenes de este género en nuestro país.

Los aforismos de «Vigilias» III y IV y aquellos que incluye en la sección  «Recapitulaciones» de Corriente alterna suman un apenas un centenar. Paz, como muchos de su generación, consideraba el aforismo y las variedades afines a éste como ejercicios intelectuales de ocasión, de menor importancia. Por ello estaban limitados a las páginas de diarios o revistas, y sólo algunos fueron rescatados años después.

La tradición del aforismo en México se nutre de una considerable cantidad de autores que, como Octavio Paz, pergeñaron aforismos de forma incidental, a veces sin una conciencia plena del género. Habría que recordar que Paz definió sus textos como «sentencias», y al referirse a los aforismos de Nietzsche o Joubert, prefirió la palabra «máxima». Este mismo recelo por el aforismo es constante en buena cantidad de quienes acudieron al género.  Fue el caso, por ejemplo, de Amado Nervo, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia o José Revueltas. También fue el caso de escritores más cercanos a nosotros como José Emilio Pacheco o Federico Campbell.   

Octavio Paz no sólo ostenta la singularidad de ser uno de las practicantes más jóvenes de este género, tan sólo superado por Pablo Soler Frost, también ocupa otro lugar destacado en la historia en ciernes de la aforística mexicana: el de ser uno de los primeros que comienza a escribir aforismos en los años del medio siglo. Con anterioridad a sus «Vigilias», tan sólo se tienen noticias de tres títulos publicados por autores mexicanos: Breves notas tomadas en la escuela de la vida (1910), de Francisco Sosa, Epigramas (1927), de Carlos Díaz Dufoo hijo, editadas en París, y Calendario de las más antiguas ideas (1932), de Carlos Barrera. Algunos miembros de la generación de los Contemporáneos ensayaron el aforismo una década antes, y junto a Paz encabezan la lista de miembros que inauguran una preocupación por rehabilitar el género.

En la década de los cuarenta, cuando Paz abandona la exploración de esta escritura, vendrá un primer despunte en la confección de estas breverías. La cantidad de libros de aforismos se incrementa considerablemente. Si sólo se sabe de tres libros publicados en las décadas anteriores, en ésta se publican al menos cinco títulos, entre ellos: Aforismos inmorales (1942), de Luis S. Orlaineta, Lampos (1945), de Arturo R. Pueblita, Equinoccio (1946), de Francisco Tario, o Límite (1949), de José Jayme. Se trata del primer paso hacia una normalización del género, una normalización sólo posible hasta la década de los ochenta y durante los albores del nuevo siglo.

He dicho que Octavio Paz abandona el género en los años cuarenta. No es del todo correcto: abandona el modelo que le permite exponer sus ideas éticas; ocupará nuevamente el aforismo, pero ahora se centrará en la exposición de reflexiones estéticas. Los aforismos de Corriente alterna son más un manifiesto, la exposición de una poética que recuerda los aforismos sobre pintura que elaborara Villaurrutia con antelación. Este par ejemplifican el rumbo que tomará la última práctica que hará Paz del género:

El poema es inexplicable, no ininteligible.

Comprender un poema quiere decir, en primer término, oírlo.

Ignoro las posibilidades expresivas que Octavio Paz hubiera alcanzado de seguir indagando en estos caminos de la brevedad. Acaso la poca estima que ha gozado este género, excluido de los grandes círculos de lectura o escritura, fuera un motivo para abandonar su práctica. Un aforismo de Karl Kraus me parece un excelente consejo que podría aplicarse a Paz: «Quien es capaz de escribir aforismos no debería fragmentarse en ensayos».

III

Los aforismos de Octavio Paz aparecieron en las páginas de Taller y El hijo pródigo. Fueron incluidos en la antología Primeras letras (1931-1943), preparada por Enrico Mario Santí y publicada por Vuelta en 1988. En 1967 reúne otra muestra más para Corriente alterna. Ofrezco una pequeña muestra del aforismo que practicó Octavio Paz:

 

Aforismos

Sólo comprendemos, sabemos, lo que nos hiere. Y sólo hiriendo existimos. Sabemos, con un saber ajeno, impersonal, que el hombre es capaz de crueldad, pero sólo hasta que la crueldad opera sobre nosotros la conocemos verdaderamente.

***

Nada nos avergüenza tanto como nuestras virtudes pequeñas. Y estamos ciegos ante la pequeñez de nuestra virtud.

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La fidelidad parece una deshonra a los modernos.

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Montaigne sabía más sobre el alma de los mexicanos que la mayor parte de los novelistas de la Revolución.

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El valor de un pensamiento se mide por su capacidad destructora, autodestructora.

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Las palabras entran por el oído, aparecen ante los ojos, desaparecen en la contemplación. Toda lectura de un poema tiende a provocar silencio.

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La moral del escritor no está en sus temas ni en sus propósitos sino en su conducta frente al lenguaje.

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Oírse: o irse. ¿A dónde?

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Enamorado del silencio, el poeta no tiene más remedio que hablar.

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Hiram Barrios (1983). Escritor y traductor. Textos suyos han aparecido en revistas de México, Argentina, Colombia, Venezuela y España. Preparó la antología poética Voces paranoicas (2013) de Eros Alesi y es autor del libro de ensayos El monstruo y otras mariposas (2013). Es profesor de literatura.

Revista cultural

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