Se solicita stormtrooper

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stormtrooper

 

 

 

Joaquín Guillén Márquez

 

 

Una de las escenas clásicas de Clerks presenta una charla entre dos amigos que hablan sobre qué episodio de Star Wars tiene el mejor final. La conversación toma otro rumbo cuando empiezan a hablar de la Estrella de la muerte. Sin los diálogos de Dante, Randal hace un monólogo que traduzco así:

La construcción de la Estrella de la muerte. La primera era completamente operacional antes de que los rebeldes la destruyeran y la segunda se estaba construyendo cuando la hicieron estallar. Algo nunca me pareció correcto en esa segunda ocasión, no sabía muy bien qué, pero algo no estaba bien. La primera Estrella tenía una tripulación de la armada imperial de stormtroopers, dignatarios —las personas a bordo eran Imperiales—. Cuando la Estrella explota, no hay problema: el mal paga. La segunda ocasión, ni siquiera estaba terminada. La Estrella seguía en construcción. Una obra de tal magnitud requiere una cantidad de fuerza mayor a la que la armada imperial tenía para ofrecer. Apuesto a que había contratistas independientes que trabajan ahí: plomeros, techadores, albañiles, etcétera. Para poder construirla rápido y sin problemas, tuvieron que contratar a quien sea que quisiera el trabajo. ¿Crees que el stormtrooper común sabe instalar un retrete? Lo único que pueden hacer es matar y usar uniformes blancos. Todos los contratistas inocentes fueron bajas de una guerra en la que no tenían nada que ver. Imagina que eres un techador y el gobierno te ofrece un contrato jugoso; además tienes una esposa, hijos y la casa en los suburbios. Es un contrato de gobierno con toda clase de beneficios. De la nada salen unos militantes de izquierdas que te disparan con sus pistolas láser y eliminan todo lo que estuviera a tres millas a la redonda. No es algo que pidieras, no tienes opiniones políticas. Sólo intentas ganarte la vida.

La escena no termina ahí, pero el monólogo sí. La importancia de las palabras de Randal nunca me sonaron más reales como en este momento de mi vida. En 2013 encontré trabajo en una editorial del estado unos días después de que terminé mis clases en la universidad; en enero del 2014 cambié de oficinas para seguir laborando en otra empresa cultural del gobierno. Desde el principio recibí todo tipo de comentarios, de amigos y conocidos, en los que me dijeron cosas como:

—¿No te da pena que tu jefe sea EPN?

—¿Qué sientes de trabajar para las personas que se encargan de desaparecer a las personas?

—¿En serio no te da pena que tu jefe sea EPN?

Y no porque no lo es. Recuerdo la quinta temporada de Angel (el spin-off de Buffy the Vampire Slayer) y pienso que no todo es terrible. Angel y su pandilla terminan como abogados de demonios, en un intento de traer balance al mundo terrenal. Es inútil pensar que todos los lugares donde trabajamos son organizaciones sin fines de lucro que se dedican a salvar el planeta porque, sabemos, no es así. Ni siquiera Buffy tiene un empleo con el que se siente cómoda. Y, claro, las cosas se complican cuando metemos asuntos de política. Aunque a veces me sienta como un pequeño stormtrooper, disfruto mucho trabajar en oficinas de gobierno. Mi trabajo siempre será la parte bonita del Imperio Galáctico, con todo y sus bemoles presupuestales que eso significa. Pienso que quizá hay freelancista fijo con uniforme de stormtrooper en la Estrella de la Muerte que se dedica a vinculación cultural. Quizá para él también valga la pena decir que su jefe supremo es el emperador Palpatine.

 

 

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Joaquín Guillén Márquez (Nezahualcóyotl, 1990) es jefe de redacción de la revista Tierra Adentro y fue becario del FOCAEM en el área de novela.

Revista cultural

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