Jabba y yo

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Joaquín Guillén Márquez

 

Todo empezó por un número equivocado.

—Hola, N*. Paso en unos minutos a tu cubículo, es para darte las hojas con lo que debes pagar al banco por tus impuestos.

—N* no está —dije.

—¿Podrías decirle que llamó V*? Dile que venga a mi lugar.

Colgué (después de decirle «está bien, no hay problema», por supuesto) y pensé en mi situación fiscal: me sentí como un mercenario que se niega a pagar tributo al Imperio Galáctico. Ese acto de rebeldía era tan contrario a mi personalidad que decidí empezar a pagar mis impuestos. Por eso no sólo le pasé el recado a N*.

 

—Te llamó V*.

—Gracias, ya lo checo.

—¿Es tu contadora?

—Sí, también lleva las finanzas de la mitad de las personas en este piso.

—¿Y es buena?

—A mí me ha ayudado mucho. ¿Quieres que te la presente?

—Sí, por favor.

 

Evadir al Imperio Galáctico es imposible cuando trabajas para ellos. Nunca pensé que mi intento de ser buen ciudadano terminaría por convertirme en la persona más buscada del tercer piso. Nunca consideré que estaba poniéndole un precio a mi tranquilidad en la oficina. Nunca pensé que el acoso laboral me haría pensar en que prefería no ir al baño. Nunca pensé que mi futura contadora se iba a transformar en Jabba the Hutt.

Conocemos a Han-Solo porque está huyendo de Jabba the Hutt, ese gángster intergaláctico que se encarga de mover el mundo criminal en una galaxia muy muy lejana. The Empire Strikes Back termina con Han-Solo congelado en carbonita, de camino a Jabba, quien puso una recompensa en Han porque tenían una deuda pendiente. Los primeros minutos de The Return of the Jedi están dedicados al rescate de Han-Solo, una historia B que añadió personalidad a Han, nos permitió conocer a dos pequeños villanos que por méritos ajenos se convirtieron en personajes icónicos (Jabba y Bobba Fett son tan ridículos que tienen la muerte más burda para el tamaño de antagonistas que son ahora) y, por supuesto, nos dejó a Leia en su bikini dorado.1 Después de una operación compleja, el equipo Skywalker logra rescatar a Han-Solo.

Pero nadie me rescató a mí.

Acepté que V* llevara el problema de mis impuestos. Después de tres semanas en que ordené todas las facturas que había conservado (incluidas facturas por algunos libros y una computadora), V* me hizo llegar, con uno de sus asistentes, cuatro hojas en donde se especificaba una cantidad ridículamente alta que tenía que pagar a Hacienda. Tuve que ir a su cubículo para informarme mejor.

 

—Y todo lo tienes que pagar mañana.

—Pero no tengo tanto dinero.

—Entonces pagas un extra de multa.

—¿Y las facturas que te di?

—No sirvieron. Sólo puedes facturar artículos de papelería.

—¿Por?

—Por tu regimen.

—¿Y todo lo que pago de IVA?

—Sólo papelería.

—¿Y de la multa será mucho?

—No sé. Pero, si te multan, tendré que hacer otro recibo y es como otra declaración mensual. Por cierto, ¿mañana me pasas mi pago? Es que me voy de vacaciones. Son 300 pesos por cada declaración.

—¿Mañana?

—Sí, te busco.

 

Y me buscó. Tuve que pagarle, pero no acompleté a liquidar mis impuestos. Sucedió lo mismo los siguientes meses. No podía pagar mis impuestos porque V* me metió en un círculo en el que todo mi dinero era para ella, para hacer un trabajo que se supone me dejaría tranquilo como ciudadano. En cambio estaba financiado el bullying laboral. Comencé a evadirla, como Han-Solo a Jabba, pero nunca lo logré. Ver a V* era como estar en la secundaria, cuando el mundo ya era injusto y encima los bullies llegaban a robar dinero y celulares. V* mandaba a sus asistentes a buscarme en la oficina y en la entrada del baño para recordarme que tenía que pagarles. Terminé, sí, congelado en carbonita, sin poder pagar a Hacienda porque me quedé en manos de Jabba the Hutt.


P. D. Por fin, después de un mes de intentar tener el valor, pude despedir a V* como mi contadora; sin embargo, no se fue con las manos vacías, pues me hizo pagarle el mes anterior y el mes en curso. Contesté que entonces tendría que darle mis facturas.  «Sólo de papelería», me dijo.2

 

 

 

El bikini de la princesa Leia es, contrario a lo que la cultura pop nos ha enseñado, un fetiche que me resulta más grotesco que atractivo. Quizá Carrie Fisher sea guapa, quizá la misma idea de la princesa Leia sea atractiva, pero la fantasía del bikini dorado es quitarle el contexto al personaje. Leia estaba encadenada a Jabba, el personaje más grotesco de todo Star Wars.

Logré deducir cinco pesos gracias al paquete de cien hojas blancas que compré.

 

 

 

 

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Joaquín Guillén Márquez (Nezahualcóyotl, 1990) es Jefe de Redacción de Tierra Adentro. Fue becario del FOCAEM en el área de novela.

Revista cultural

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