Van Horn, TX o el final del verano

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Cecilia Galli Guevara

 

 

Elías nos informa que no va a acostarse en la cama: investigó en algún momento antes de este último motel y está convencido de que todos estos hoteluchos rebosan de bed bugs. Que no son pulgas ni hormigas, sino una especie de insectos que para él tienen propiedades escandalosas y, si lo pican, se le quedarán para siempre en el cuerpo o en el alma, o quizás corroerán su cerebro lentamente durante toda su vida. Mi hijo dice que va a dormir en el piso, sobre la alfombra azul eléctrico que, cuando la toco con los pies, se siente mojada y pegajosa como si un fantasma acabara de desintegrarse sobre ella.

 

Las colchas de las dos camas son rojas y el piso del baño parece limpio, aunque si uno mira bien puede ver el pis seco estampado alrededor del inodoro. Pero no me importa: estaremos en este pueblo lo mínimo indispensable, unas seis horas, hasta que amanezca y completemos el trayecto a casa.

Son poco más de las doce de la noche y estamos agotados después del esfuerzo que supuso manejar desde El Paso hasta este cuartito en Van Horn, Texas. La idea es que el tramo de mañana sea más corto y podamos reunirnos lo antes posible con nuestro perro que, todavía no sabemos, está muriendo.

 

Me tiro sobre la cama que me toca. Algo cede y el colchón pega contra el suelo. Doy un grito, los demás se ríen. Veinte minutos más tarde, los cinco dormimos.

 

Ésta es la última noche de un viaje de dos semanas. Aunque podría llamarlo unas vacaciones de dos semanas, no sería acertado. Si bien la idea inicial era tomarnos un respiro del calor de Texas e ir manejando hasta el norte de California visitando a familiares en varios puntos del camino y descansar, nuestro periplo tuvo poco de relajante.

La noche antes de partir, mientras terminaba de cerrar las valijas, me pareció notar que Snow, nuestro ovejero alemán de menos de tres años de edad, estaba ciego de un ojo. Las semanas anteriores había tenido unos extraños problemas de salud que el veterinario identificó como una infección de oído. Pero cierta opacidad en una de sus pupilas me llamó la atención. Miramos bien y parecía un reflejo de la luz combinado con la angustia que siento, indefectiblemente, la noche antes de emprender un viaje. Me tranquilicé pensando que Snow se quedaría en casa con una amiga nuestra y con el perro de ella. Y que todo estaría bien.

El segundo día de nuestro viaje atravesamos las montañas del Territorio Apache, en Arizona, donde nos tragó durante una hora una tormenta eléctrica inmensa. Caían tantos rayos a nuestro alrededor que logré capturar varios con la ineficiente cámara de mi teléfono. Vi águilas remontar vuelo y planear sobre montañas multicolores e imaginé que morir ahí no sería grave: seguramente uno se convertiría en un ave que se zambulle en el aire sabiendo que nunca va a necesitar aterrizar.

 

Esa misma tarde me sumergí en una piscina entre las cumbres de otras montañas donde vive una tía. Dos días después sentí tristeza por la humanidad mientras esperaba en las interminables filas de Disneylandia e intentaba no pelearme con la familia Villarreal, todos con camisetas rojas que decían «Villarreal family Disney tour 2015» cuando empujaron a mi hija de dos años para cortar la fila y subirse antes que ella a un carrusel donde los hidalgos caballos de metal crujieron bajo el peso de sus adultos.

Cumplí cuarenta años en un apartamento de alquiler en Los Ángeles y recibí malas noticias en Venice. Almorcé con una vieja amiga, mi marido conoció a un hermano al que nunca había visto y mis hijos se volvieron mejores amigos de sus nuevos primos. Trepé acantilados en Ventura y me guardé en la memoria los árboles floridos de Santa Bárbara, al atardecer. Me bañé en el agua helada del Pacífico y volví al parque donde por primera vez hamaqué a un hijo, cerca de San Francisco.

 

Visitamos a más familiares en Sonoma, nadé en una laguna rodeada de patos y nos revolcaron las olas en una playa de arena negra. Entré en el corazón de la naturaleza en Yosemite y me entristecí en la estación de servicio de una reserva india. ¿Cuántas realidades pueden yuxtaponerse en un mismo momento? Universo multicapa, como una puerta en la que se superponen manos de pintura de colores estridentes y pastel, todos el reflejo del gusto de personas diferentes.

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Desperté antes que el día y me estiré en la cama rota. El movimiento alertó al resto y antes de que el sol se asomara sobre el horizonte plano ya pasábamos de la habitación al auto. Con los niños durmiendo, los adultos pedimos café en una ventanilla de McDonald’s, el único lugar abierto de madrugada en Van Horn, Texas. Pienso que el nombre del pueblo unido al del estado tiene algo de poético. O puede que sea el amanecer realzado por la esperanza de volver a casa.

 

Subimos por la rampa de entrada a la interestatal 10 y acelero rumbo al sol.

Todavía no lo sabemos, todavía no lo imaginamos: dentro de una semana estaremos despidiéndonos de nuestro perro, entre abrazos y sollozos. El tumor que invade su cerebro habrá hecho metástasis y habrá llegado el momento de dejarlo ir. Él ya no podrá vernos y también llorará, y mi hijo mayor con todas sus fuerzas deseará volver al tiempo de los moteles rebosantes de bed bugs.

 

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Cecilia Galli Guevara nació en Buenos Aires en 1975 una mañana en que –su madre jura– nevó. Lleva el blog chicamigrania.blogspot.com y publicó el libro de cuentos Karaoke Kiss (Textos de Cartón 2010) y el poemario Superhéroes (Cara de Cuis, 2010). Su novela La isla fue publicada por Biblits en 2011.

Revista cultural

3 comentarios

  1. Horacio Galli

    12 Marzo, 2016 at 13:04

    Linda historia. Me gustó mucho.

  2. Dora Ochoa

    26 Junio, 2016 at 20:53

    Exelente escritora!

  3. Ana Galli

    19 Octubre, 2016 at 3:41

    Preciosos cuentos. Una escritora genial.

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