Un perrito para el asma

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Cecilia Galli Guevara 

 

Después del divorcio de sus padres, Mariela empezó a tener problemas de salud. Nada que interrumpiera su rutina de niña de primer grado (la escuela era el único lugar donde ella seguía siendo una chica normal), sino problemas que la aquejaban sobre todo cuando estaba con su familia.

Primero llegó la narcolepsia: Mariela se quedaba dormida súbitamente cuando Isabel, su mamá, hablaba de las peleas que tenía con su padre. El sueño podía llegarle en el banco de un parque si su madre le contaba a la vecina de la última borrachera, o a mitad de la cena si la que escuchaba el relato de las discusiones era la prima que había ido a comer con ellos. En cuanto Mariela oía la frase «este señor», se deslizaba en un sueño profundo sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.

Después se sumó el asma: Mariela sentía que se ahogaba e intentaba tragarse todo el aire que sus pulmones pudieran albergar, mientras tenía la certeza de que su garganta se cerraba sin que pudiera entrar ni media bocanada en su cuerpo.

Los ataques de sueño a todos les parecieron comprensibles: una consecuencia lógica del estrés que había sufrido la niña desde que tenía dieciocho meses y deportaron a su madre por primera vez. Durante los dos años en que no tuvo a su mamá, Mariela aprendió a hablar, empezó a ir a la escuela y vio cómo su padre y su tía le daban un hermanito que al mismo tiempo era su primo. Los cambios habían sido muchos y todos asumieron que esa especie de hechizo se le pasaría naturalmente después de un tiempo, de la misma forma en la que había llegado. Para ayudarla, se aseguraron de mantenerla cómoda cuando se durmiera sin aviso.

Por el asma, su madre consultó con un pediatra, que le recetó varios medicamentos, y su padre –siguiendo una tradición de su pueblo– le regaló un chihuahua, al que le puso Nacho y al que los niños de la cuadra llamaron Macho. A pesar de que las abuelas aseguraban que el perro curaría el asma de la niña, Nacho sólo contribuyó a que, de repente,  empezara a pasar mucho más seguido que Mariela se quedara dormida como si nada.

Isabel, la madre de Mariela, trabajaba todo el día; primero de 7 a 2 en un restaurante pelando y cortando las verduras, y después de 3 a 9 en el McDonald’s más cercano. Sus tres hijos estaban ocupados yendo al colegio y nadie tenía tiempo para hacerse cargo de Nacho el Macho. Cuando el padre de los niños no quiso llevárselo de vuelta, el perrito empezó a salirse de la casa y a deambular por el barrio, hasta que un día, por fin, desapareció.

Nadie en la familia se preocupó por Nacho, en cambio, vivieron su ausencia con alivio. El regalo inútil de un padre al que nadie le tenía demasiada simpatía, les había complicado la existencia: ¿qué puede hacer una familia de cuatro que vive en dos ambientes con un perrito al que no quiere?

Una tarde, dos niños llegaron a la casa de Mariela con Nacho atado con una cuerda y le preguntaron a Isabel si podían quedárselo. Al verlo, la mujer no pensó en el futuro, en qué dirían sus hijos, sino en el pasado, en un marido violento que volvía a la casa tarde y borracho buscando empezar una pelea que pudiera luego silenciar de un golpe. No hizo falta que Isabel consultara: podían quedarse con Nacho; el arreglo era perfecto para ellos.

Pasó la primavera florida, el verano lleno del canto de los insectos y el otoño que no se sintió pero que se vio en el cambio de la luz del sol. En la época en la que despuntan las primeras noches frías, una madrugada llegó un camión de la perrera y se estacionó entre las telarañas del amanecer. Traían a Nacho.

—¿Este perro es suyo? —le preguntó una agente a la madre de Mariela. Nacho la miraba como con tristeza, sus ojos brillantes en la penumbra de su pequeña jaula.

—No… Fue nuestro, pero ya no. Hace tiempo lo agarraron unos niños.

—Pero, ¿es suyo, sí o no? —El chihuahua estaba raquítico y apolillado por la sarna, y temblaba de miedo.

—Ahora no.  

—Pero primero fue suyo, ¿sí o no?

—Bueno, sí. Hace unos meses fue nuestro, un regalo para mi hija, por el asma. —Otra vez el recuerdo de las noches interrumpidas por el portazo del marido tambaleante o por un puñetazo reventando en la cara de su hijo mayor.

—Un vecino nos llamó y nos alertó del maltrato que vive este perrito. Mire el estado en el que se encuentra. Usted debe acompañarnos a la estación a completar unos formularios.

Mariela y su hermana mayor estaban preparándose para ir a la escuela. El cepillo con el que una de ellas se peinaba cayó sobre la mesa y las hebillas de colores se desparramaron por el suelo. Mariela se aferró a su madre y empezó a toser, mientras su hermana le rogaba a la policía, entre sollozos, que no se la llevaran.

—No se preocupen, niñas —las tranquilizó la oficial—. Su mamá volverá en un par de horas; sólo debe firmar unos papeles, pero no tengan miedo que va a volver.

Esa tarde, después de la escuela, volvió la policía. No traían a Isabel; en vez de eso, se llevaron a los niños a la casa de su abuela paterna.   

Isabel pasó tres días en la cárcel sin saber si estaba ahí por el perrito o por la deportación anterior. Le pusieron dos abogados, uno criminal y otro migratorio, que no pudieron hacer nada por ella más que, después de dos mil dólares, aconsejarle que aceptara voluntariamente la deportación para evitar ir a la cárcel por más tiempo: ya no podía estar en el país.

Cuando Isabel hizo preguntas sobre su situación, los agentes le aseguraron que el juez le explicaría todo con claridad cuando la viera. Pero nunca la llevaron ante un juez y sus interrogantes jamás tuvieron respuesta. Al final, Isabel firmó los papeles que le pusieron delante y a cambio recibió una probation de un año, que debe cumplir en México. Por ahora no hay soluciones legales para que ella vuelva junto a su familia. Y sus hijos, todos ciudadanos estadounidenses, no pueden ayudarla porque todavía son menores de edad: sólo les queda esperar a cumplir 21.

Mientras tachan días, semanas y meses en el calendario, sueñan con el momento en que Isabel aparezca una vez más en la puerta de su casa exhausta, con lágrimas en los ojos, sus brazos calientitos y su olor a mamá. Mariela sigue yendo a la escuela, donde durante siete horas cada día puede imaginarse que es una niña como las demás, a la que su mamá estará esperando a la salida para llevarla a casa. Sabe que cuando ese día llegue, dormirse ya no será una enfermedad.

 

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Cecilia Galli Guevara nació en Buenos Aires en 1975 una mañana en que –su madre jura– nevó. Lleva el blog chicamigrania.blogspot.com y publicó el libro de cuentos Karaoke Kiss (Textos de Cartón 2010) y el poemario Superhéroes (Cara de Cuis, 2010). Su novela La isla fue publicada por Biblits en 2011.

Revista cultural

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