Raquel y la frontera

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Cecilia Galli

A Raquel los coyotes la hacen cruzar el río en medio de la oscuridad. Hace frío y ella sólo piensa en avanzar. Un paso más, un metro más. El agua fría lame sus piernas, su vientre. Otro paso. Ignora la corriente, ignora las rocas, ni siquiera nota las estrellas que apabullan a la noche sin luna. Tiene la mirada determinada en la mochila del hombre que cruza adelante de ella y que lleva sus documentos y el poco dinero que tiene.

«A mí, esta vez no me van a agarrar, así que pueden darme sus papeles que los tendré a salvo», les dijo el hombre un rato antes, cuando la última luz del día todavía dejaba ver su cara. El hombre, que ya fue atrapado una vez en este mismo cruce, está decidido a pasar, a como dé lugar. Es esa determinación la que hace que Raquel le confíe sus documentos.

No hay niños en el grupo así que la marcha es rápida. Sólo un puñado de hombres y mujeres que aunque nunca se vieron esta noche están unidos.

Junto a otra mujer, Raquel va sorteando las aguas que le llegan al pecho. Después de intercambiar los nombres de los poblados de donde provienen, no se preguntan cómo llegaron a la frontera ni se dicen nada más: hay veces en las que no hay espacio para las palabras.

En algún punto entre las aguas, cruzan la línea que en los mapas representan con una raya continua, negra y gruesa. Raquel se pregunta si esa línea existirá realmente. «Si es de verdad, estará pintada con sangre seca», decide.

A la salida del río, el desierto es un vacío invisible de negrura. Si hubiera luna, Raquel podría ver los arbustos espinosos que resisten, esporádicos, y quizá le darían esperanzas. Los seis hombres y mujeres caminan apurados por los susurros urgentes de los dos hombres que los cruzan. Se agarran como pueden de los hombros de sus compañeros. Intentan no tropezar con las rocas.

De pronto, una sirena como el grito de una fiera, luces como fauces monstruosas aparecen de ningún lugar y los gritos que salen por los altavoces de los móviles de la policía migratoria hielan la sangre de los migrantes. Los coyotes se esfuman, seguidos por el hombre de la mochila, que cae unos metros más adelante.

Para Raquel, que no sabe nadar, el río no es opción y se esconde como puede entre uno de los arbustos que le corta la piel. Pero nada importa: un tiempo más tarde, minutos u horas, después de un lapso que discurre al ritmo de su corazón a punto de explotar en sus oídos, Raquel está dentro de un camión, las rodillas lastimadas, camino a la cárcel.

Pasa uno, dos, tres días encerrada. Al final, la devuelven a México después de una rápida audiencia con el juez. Un defensor público le explica que vuelve a su país. Está tan asustada que no llora.

Pero ella no se rinde: dos días más tarde, después de mal dormir en un motel polvoriento, Raquel repite su viaje anterior. Todo ocurre más o menos de la misma manera, pero esta vez no son tres los días que pasa presa, sino dos semanas. «La próxima vez la pena es de dos años», le advierte el juez. Ella llora en silencio con la cabeza gacha.

Cuando sale de la cárcel y ya está otra vez en México, llama a su esposo, que la alienta a que vuelva a intentarlo. «La tercera es la vencida, ya verás cómo esta vez no te pasa nada», le promete. Ella le dice que está bien, que lo hará, pero que va a esperar ocho días. Le parece un número de buen augurio. Duerme ocho noches en el mismo motel y el día señalado vuelve a lanzarse a la frontera.

Cruza el río como en trance; ya no le importa quién va a su lado. Quiere que el momento pase rápido y no se permite temer ni pensar en todo lo que puede salir mal. Sólo se imagina a sí misma llegando a la puerta de su casa, en unas horas nomás. Estará amaneciendo y por la ventana entreabierta se oirán los ruidos del desayuno. El vecino estará saliendo en su troca blanca y, si la ve, la saludará con la mano.

Cuando salen del agua, corren por el desierto hasta una ruta donde los esperan las luces mortecinas de un pequeño camión. Se suben. Ya casi están a salvo. Por fin Raquel siente que puede respirar. Pero el alivio es momentáneo: cuando llevan una milla recorrida, un perro se cruza en el camino, el conductor volantea y después de un movimiento brusco el camión vuelca. Raquel no oye chirridos ni chillidos: sus oídos están llenos de sangre. Se desmaya.

Amanece en el hospital, donde queda ingresada por varios días, hasta que está en condiciones de vérselas otra vez con el juez. El agente que la transporta le dice que sólo cumple con su trabajo: «Atrapo a los que cruzan y los llevo a la cárcel. Nada más hago mi trabajo. No me mires así, mujer». Le toca el mismo juez, por tercera vez. El mismo defensor público le explica que desde México debe pedir una visa.

«Ya parece que te estás burlando de mí», le dice el magistrado. «Es la tercera vez que te veo en menos de un mes. ¿Cuál es tu problema? ¿Por qué esta urgencia por cruzar? No quiero que llores ni una lágrima más, y no quiero volverte a ver. Te dije dos años, dos años tendrás».

Raquel ve que su vida se termina allí, en ese juzgado de un sur que para ella es el norte, y por primera vez se anima a hablar.

«Quiero volver con mis hijos. Mis hijos están aquí, por eso quiero cruzar. Tengo bebés que me necesitan».

«Pero sabes que todo lo que haces es ilegal».

«La gente se viene joven, seducida y engañada por promesas de trabajo y de una vida mejor. La gente se viene a los quince años y sin pensarlo. La gente tiene hijos, no sabe dónde va a hacer su vida. Yo no elegí que mi vida estuviera acá, pero así es como pasó. Quiero volver a mis hijos».

«Dos años», repite el hombre, sin que le tiemble la voz, antes de dar un golpe sordo con su martillo.

Durante el tiempo que ella pase en la cárcel, su marido seguirá criando a sus hijos, con su cuñada como esposa. Cuando ella llame, le dirán que los niños no están, aunque ella les ruegue y les diga entre lágrimas que puede oír sus voces.

Y cuando consiga volver, nada será lo que era. Deberá enfrentar a su marido, reestablecer las relaciones con sus hijos, ahora mucho más grandes, y volver a empezar. Raquel comenzará a contar los días desde su regreso y cada noche suspirará aliviada porque, un día más, no se la llevaron. Pasará mucho tiempo, incluso tendrán que cambiar las leyes y sus hijos deberán cumplir la mayoría de edad antes de que la vida vuelva a ser normal.

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Cecilia Galli Guevara nació en Buenos Aires en 1975 una mañana en que –su madre jura– nevó. Lleva el blog chicamigrania.blogspot.com y publicó el libro de cuentos Karaoke Kiss (Textos de Cartón 2010) y el poemario Superhéroes (Cara de Cuis, 2010). Su novela La isla fue publicada por Biblits en 2011.

Revista cultural

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