Nueve milímetros

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Cecilia Galli Guevara

 

Ricky cumplió dieciséis el día después de enfrentarse al río y al monte, y de sobrevivir a los dos. Treinta y cinco años más tarde, sus ojos brillan cuando recuerda su mejor aventura. «Y la más dura», aclara, serio, durante el par de segundos que le lleva revisitar las partes que no va a contarme porque no quiere despertar a los fantasmas. Después del paréntesis, vuelve su sonrisa cálida.

Lo cierto es que Ricky tiene buena suerte, un ángel guardián que lo sacó de una infancia condenada a la guerra en El Salvador y lo condujo bien lejos, a otro mundo, donde pudo encontrar todo lo que en su país le había sido negado desde su nacimiento.

Cuando tenía once años, Ricky consiguió un trabajo limpiando en una fábrica de carteras y accesorios de cuero. Hacía tiempo que no tenía familia y se las arreglaba como podía. En la fábrica se pasaba los días barriendo pisos, empujando, con una escoba que tenía tres veces el ancho de sus caderas, pedacitos de cuero, botones de metal que no habían funcionado y montones de hilachas. No tuvo tiempo de aburrirse de esa tarea monótona, porque al poco tiempo de entrar el dueño de la fábrica (que también era sargento) notó que por las noches no se iba a ningún lado, sino que se escondía en alguna parte de su propiedad para dormir, y le ofreció convertirse en su guardaespaldas.

Corría la segunda mitad de la década de 1970 y a Ricky el sargento le enseñaba a disparar una pistola nueve milímetros: «Cuando te den, porque un día te van a dar, no te asustes, que tu suerte ya estará echada: dispara rápido y llévate contigo a dos, tres o cuatro; todos los que puedas». Al niño le gustaba ser hombre y tener a alguien a quien cuidar: sabía que ese alguien a su vez lo cuidaba a él. Con su cambio de estatus, también dejó la escoba y pasó a diseñar accesorios. Además, le dieron un catre donde dormir en los fondos del taller.

Los meses pasaban y el mundo se volvía más peligroso. Su patrón se lo llevó a vivir con su familia: ahora el joven, cada vez más corpulento, dormía en un cuartito que había detrás del patio. Cuando entró en la adolescencia, Ricky sabía mucho de lealtad: su situación le había enseñado que la lealtad no tiene bandos, sino que debe ser una virtud ciega. Cuando el sargento le preguntaba en qué andaban sus amigos, Ricky respondía que no sabía, que sus amigos sólo hablaban de mujeres. Y cuando sus amigos le pedían que les contara lo que había escuchado en la última reunión de su patrón con los altos mandos, él les decía que lo dejaban afuera, que nunca oía nada. Ricky trataba de no oír nada nunca, porque intuía que su capacidad de sobrevivir estaba directamente relacionada con su habilidad para mantenerse neutral.

A sus quince años, ya Ricky había visto a su familia desaparecer, a sus amigos morir, a su país desangrarse sin pausa. Ya no dormía: estaba siempre listo para dispararle a cualquier sombra, a cualquier brisa que se colara por su ventana. Hasta ese momento no había tenido que gatillar y eso, en lugar de tranquilizarlo, lo ponía cada vez más nervioso. Sabía que el día en que le dieran y tuviera que llevarse a tres o cuatro con él estaba marcado en su destino, y el hecho de que no hubiera pasado aún sólo podía significar una cosa: ese día no hacía más que acercarse, a toda velocidad, a su pecho.

Una tarde, el sargento lo llamó a hablar a solas, debajo de un árbol. Ricky nunca había visto a su jefe tan serio y se preguntó qué sucedería ahora. El hombre le confió que la fábrica estaba mal y que la cerraría muy pronto. Que él desertaría y se llevaría a su familia para el norte, que ya no soportaba más la situación, y que la guerra no haría más que crecer, que nunca terminaría. Ya lo veía como uno más de sus hijos, y por eso quería llevárselo con ellos, si él quería marcharse.

Corría 1980. El arzobispo Romero estaba por ser asesinado y todo en El Salvador se desmoronaba. El sargento le ofrecía llevarlo a otro mundo del que él no sabía nada, salvo que allá no había guerra y que la gente no desaparecía. «Sabes, hijo, que si sigues con esta vida más temprano que tarde acabarás muerto», le dijo el jefe. Aunque acababa de llover, el cielo seguía encapotado, anunciando otro chaparrón. Ricky miró al suelo y vio su pistola reflejada en un charco. Después miró al hombre a los ojos y le dijo «está bien, lléveme con usted».

Un mes más tarde, Ricky, el sargento y sus dos hijos dejaron sus armas y se subieron a un ómnibus con destino a la Ciudad de México. Llevaban lo puesto y un fajo de dólares que usarían para remediar el hecho de que no contaban con visas ni pasaportes. En cada garita migratoria, Ricky y los hijos del patrón se hacían los dormidos. Cuando los despertaban para pedirles documentos, ellos decían que no tenían, pero que podían pagar.

—¿Ah, sí? ¿Y cuánto crees que cuesta pasar por aquí? –les preguntaron al entrar primero en Guatemala y después en México.

Entonces los hombres mostraban sus billetes verdes y las puertas se les abrían.

Hombre de disciplina militar, el sargento tenía todo bien programado y el grupo llevaba comida y bebida para los tres días que duraría el trayecto hasta Texas. Cuando llegaron a la frontera, los esperaban tres coyotes, el río y la luna llena. Los cuatro salvadoreños se unieron a un grupo formado por dos nicaragüenses y diecinueve mexicanos.

—¿Sabes nadar? –le preguntó uno de los coyotes a Ricky.

—Sí, sé.

—Entonces vas a tener que cruzar nadando, porque no alcanzan los salvavidas.

El grupo se preparó y al aviso de uno de los hombres se metieron en el agua. La temporada de lluvias había provocado inundaciones y la tierra reseca de las márgenes del río se desmoronaba por la crecida del cauce. Los árboles de la orilla caían al agua y eran arrastrados por la corriente. Lo mismo le pasó a Ricky: el agua y los cascotes de tierra y piedras lo arrastraron cincuenta metros, pero pudo salir y volver con el grupo que chorreaba del lado estadounidense.

Luego, los migrantes tuvieron que cruzar el monte. Si pensaban que el río era lo peor, todavía les quedaba sortear una barrera: las rocas como cuchillas y las espinas de los cactus, que en la oscuridad de la noche los recibían como dagas recién afiladas. Ricky cargó sobre sus anchos hombros a dos jóvenes que habían perdido sus zapatos merced de las rocas y de las espinas, y los condujo hasta el camino.

Cuando el grupo llegó a la carretera, uno de los coyotes hizo un gesto con la mano. Los veinticinco, como si fueran un único animal de circo inmenso y adiestrado, respondieron a la orden de su amo echándose al suelo para esquivar el peligro. El reflector de la policía migratoria les pasó por arriba sin tocarlos y unos instantes después desapareció. A una nueva señal, el grupo siguió avanzando por la geografía que se extiende del otro lado de la frontera. Después, sus integrantes fueron trenzando sus vidas al destino elegido en un nuevo mapa y Ricky emprendió otra aventura: la de la vida cotidiana en una tierra nueva, donde nunca más necesitó dormir con una nueve milímetros debajo de la almohada.

 

 

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Cecilia Galli Guevara nació en Buenos Aires en 1975 una mañana en que –su madre jura– nevó. Lleva el blog chicamigrania.blogspot.com y publicó el libro de cuentos Karaoke Kiss (Textos de Cartón 2010) y el poemario Superhéroes (Cara de Cuis, 2010). Su novela La isla fue publicada por Biblits en 2011.

 

Revista cultural

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