Los vecinos que se fueron

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Cecilia Galli

 

 

La última vez que viví en un edificio de departamentos fue hace más de cuatro años. Preparándonos para dejar la Argentina, ya nos habíamos mudado de la casita que rentábamos y vivíamos en el departamento que nos prestaba una amiga de la familia. Desde nuestro primer piso, por las noches, se oían los extractores de aire y el sonido creado por el compás de tintineos y estruendos que hacían los lavacopas de La Biela, el emblemático café del barrio de Recoleta, ubicado justo debajo nuestro.

Cada noche, sobre esa canción urbana se elevaba una frase de un preludio de Chopin que el vecino de arriba, un consagrado pianista, repetía hasta el infinito. Y yo me dormía arrullada por la insospechada música que por algún motivo desconocido únicamente era capaz de tocar en loop.

En esa época, una idea de mi infancia me volvió a la cabeza: lo ridículo y lo artificial de vivir en la ciudad o, mejor dicho, de dormir en la ciudad. Acostada en mi cama, me imaginaba todos los cuerpos que estaban durmiendo en sus camas, unos arriba de otros, separados por un par de metros de aire y por un manojo de ladrillos, cemento, aislante y madera. Pensaba que si a cierta hora de la noche, digamos como a las tres de la madrugada, se tomara desde afuera una fotografía con una cámara infrarroja, se vería a todas las personas del edificio en casi la misma posición, amontonadas, una arriba de otra.

Cuando me mudé a una casa en una zona con mucha menos densidad de población, mi idea se adaptó a la nueva geografía suburbana: ahora pensaba que si se levantaran al mismo tiempo los techos de todas las casas se vería a los vecinos acostados, separados únicamente por finas paredes y cercos de madera. Todos nosotros compartiendo, sin compartir, cierto grado de intimidad.

La pregunta que se derivaba es qué tanto nos conocíamos. Pues casi nada. Algunos good mornings esparcidos a lo largo del mes, un saludo con la mano cuando nos cruzamos en la calle, cada uno dentro de su auto con las ventanillas subidas o una charla superficial sobre temas no comprometedores muy de vez en cuando. O sea, que todos dormíamos prácticamente juntos pero separados y no teníamos ningún tipo de relación real. Eso, que debe ser la cotidianidad de un enorme porcentaje del planeta, se me antoja ridículo, me provoca ganas de pararme frente a cada una de estas personas y decirles «Hola, vecino. Somos vecinos, somos humanidad, somos uno, bebemos la misma agua y respiramos el mismo aire, basta de esta distancia, conozcámonos íntimamente, hablemos de política, abramos nuestras despensas, compartamos plantas, recetas, ropa y los contenidos de nuestras heladeras… ¡Cambiemos el mundo!». Nada que pudiera decirle a nadie, claro.

Pero un día de agosto la vecina de enfrente vino con su nieto a presentarme a un niño de siete años que acababa de mudarse a la casa que queda junto a la suya. El niño tenía la cabeza rapada, andaba descalzo y me miraba atento mientras me regalaba una sonrisa desdentada. Además, me hablaba de igual a igual, algo que no es muy común acá, donde los niños normalmente no hablan con los adultos, si pueden evitarlo. Éste, en cambio, no sólo se invitó a mi casa sino que cuando se sentó a mi mesa no paraba de conversar.

Mientras esperábamos que mis hijos se vistieran, el niño me preguntó si tenía galletas. A medida que desaparecían rápidamente del plato, él averiguaba de dónde éramos y hasta sacó a relucir su castellano. También me contó que estaba emocionadísimo porque ésa era la primera vez que vivía en una casa.

Durante el par de semanas que tardé en conocer a sus padres, el niño pasaba los días jugando con mis hijos, charlando conmigo o comiendo galletas. Me contó que su familia era israelita y que él era el único que había nacido en Estados Unidos. Había pasado su vida recorriendo festivales y viviendo en un tráiler.

Por fin conocí a sus padres y a sus hermanos un mediodía de sol implacable. Vi que estaban afuera de su casa y me acerqué a saludarlos. Todos estaban descalzos. Lo primero que pregunté, después de decir «Hola, soy la vecina de enfrente», fue «¿No se queman los pies?». Su padre me hablaba en castellano. Su madre le reclamaba por teléfono a alguna empresa que tardaba en instalarles un servicio. Sus hermanos, los tres adolescentes, eran notablemente educados.

Fuimos haciéndonos amigos con el correr de los meses. En mi experiencia, es muy fácil hacerse amigo de la gente de Medio Oriente: pasan por tu casa, te visitan, a veces con su plato de comida o con una taza de café en la mano, y se sientan a charlar como si fuera lo más natural del mundo. O, mejor dicho, porque es lo más natural del mundo.

Los padres del niño me contaron que se dedicaban a cocinar y vender comida tradicional de su tierra en festivales de todo el país. Que hacía siete años habían sentido que eso era lo que querían hacer y sin dudarlo habían vendido todas sus pertenencias para convertirse en una familia rodante: vivían en una caravana, no mandaban a sus hijos a la escuela sino que les enseñaban ellos y no tenían más pertenencias que lo que le cabía a cada uno en una mochila. Pero este año habían decidido asentarse por un tiempo en la ciudad: manejarían un restaurante a la vez que les daban a sus hijos la opción de ir a la escuela pública.

Durante el año que fuimos vecinos, nos prestamos cosas, compartimos salsa de tomate, huevos, cenas y recuerdos de infancia, hablamos de la mierda y de la maravilla que es el mundo, celebramos Janucá, cuidé a sus gatos varios fines de semana y nos regalaron montones de comida deliciosa. Una vez incluso ayudé a los tres adolescentes de la familia a buscar al niño, que pensaron se había perdido cuando en realidad dormía una siesta en el sofá.

Una noche sin luna pero llena de cigarras, de ésas en las que el verano regala la fantasía de que el mar está del otro lado de tu cerca, los vi a los seis sentados en el techo de su casa. Sus hijos no conocían la sensación de no dormir sobre ruedas y ahora se trepaban al techo porque las paredes no los dejaban conciliar el sueño. Sus voces llegaban a mi patio y se mezclaban con la danza de las luciérnagas; quizás nos hechizaba con sus consonantes rasposas y sus vocales dulces.

El día del primer aniversario de su llegada al barrio empacaron todas sus pertenencias en una casa rodante enorme y se fueron. Llevaban un velero, dos pequeños limoneros y una carta que uno de mis hijos le escribió al niño. Y yo perdí a los únicos vecinos que me hacían sentir que no soy una extranjera en mi cuadra.

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Cecilia Galli Guevara nació en Buenos Aires en 1975 una mañana en que –su madre jura– nevó. Lleva el blog chicamigrania.blogspot.com y publicó el libro de cuentos Karaoke Kiss (Textos de Cartón 2010) y el poemario Superhéroes (Cara de Cuis, 2010). Su novela La isla fue publicada por Biblits en 2011.

Revista cultural

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