El futuro

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Cecilia Galli

Vivimos con temor, con miedo de que se lo vuelvan a llevar –me dice Pola con los ojos negros rebalsando lágrimas y los dedos de piel brillosa entrelazados, dejando ver un anillo de plata. Estamos sentadas en el porche de su casa, que se eleva un metro sobre la calle. Nos rodean árboles viejos y esbeltos que murmuran conjuros protectores en el cielo. Sus hojas tiernas recién nacidas son pequeños animales de plumas verdes casi fosforescentes.

La hija de Pola se pasea cerca nuestro, desconfiada, con un perrito que no para de gruñir mientras lo acuna en sus brazos. Bajo sus pies el piso de madera cruje de una forma que me resulta tranquilizadora. Su hermano mayor acaba de llegar de la escuela y también me mira, pero a través de la ventana, semiescondido detrás de una cortina de encaje.

Abajo, cuatro niños juegan a la pelota entre las casitas idénticas rectangulares y los autos que descansan después del lunes. El buzón de la casa azul de Pola tiene pintado un corazón y la frase «PS: I LOVE YOU».

Pola es mexicana, de los alrededores de Guanajuato. Llegó a los Estados Unidos hace casi veinte años escapando de un marido que la golpeaba, como dice ella, «mucho». La noche en la que él intentó matarla dejando caer un cascote sobre su cabeza, Pola comprendió que la única forma de escapar era yéndose a otro mundo. Al día siguiente se fue hacia el norte y nunca miró atrás.

En Austin, Pola conoció a Omar y juntos formaron una familia. En los quince años que llevan juntos, me cuenta Pola, él siempre la trató bien. Y ella le dio tres hijos. Entre los dos fueron construyendo una vida en la que compartieron el esfuerzo de trabajar en lo que pudieran, las responsabilidades de la crianza de los hijos y las esperanzas que le echaban como rezos al futuro.

Para llegar a la casa de Pola tuve que seguir las direcciones que me dio una amiga suya, porque ella misma no sabía explicarme: «te vas por esta calle, cruzas las vías del tren, entras en un lugar de casas rodantes y le das para el fondo, hasta el final». Cada vez que alguien me explica cómo llegar a un lugar, el mapa que llevo en la mente se convierte en una madeja de lana después de que un gato terminó con ella, e indefectiblemente debo parar y llamar por teléfono para pedir más indicaciones. Por eso le avisé a Pola que le hablaría cuando estuviera cerca para que saliera de su casa a hacerme señas, y así pude llegar a «la casa azul, con el carrito amarillo estacionado al costado».

—Los niños me preguntaban todos los días cuándo iba a volver su papá. Lloraban, no podían dormir, empezó a irles mal en la escuela –por la expresión de sus ojos, me doy cuenta de que Pola está reviviendo la desesperación, el miedo de que vinieran a buscarla a ella también, la soledad que sufrió durante el tiempo que Omar no estuvo.

Su marido cayó preso hace dos años por un «error de un compañero de trabajo» que incluyó una redada y un bolso ajeno con marihuana en su locker. Omar fue preso, primero de una pequeña cárcel local y después de otra mucho más grande, estatal, de la que luego de seis meses lo deportaron. A Pola el abogado le pidió cinco mil dólares para la fianza, de los cuales ella sólo pudo juntar mil, que el hombre aceptó sin problemas, aunque ya sabía que la orden de deportación estaba firmada, sellada y archivada.

Cuando a Omar se lo llevaron, Pola sintió que su futuro se desintegraba. Vio cómo las esperanzas que habían creado entre los dos se desmoronaban como los muros imaginarios de un castillo de naipes. Porque sus esperanzas eran eso: ilusiones que alguien había organizado para formar una estructura hermosa e intricada; pero se habían olvidado de ponerle pegamento y de cerrar las ventanas de la habitación.

Durante el tiempo que Omar faltó, para ocuparse de sus hijos, Pola tuvo que ir reduciendo las noches en las que lavaba platos en un restaurante cercano, trabajo que finalmente perdió. Sola, porque acá sólo tiene a una hermana que está en su misma situación y que vive a una noche de ruta, Pola fue viendo cómo sus posibilidades disminuían. Desesperada porque no tenía ni para comprar comida, se puso a llorar frente a la maestra de su hija una tarde en la que el desamparo pudo más que el miedo y terminó contándole sus problemas con la mirada fija en el para ella misterioso abecedario de colores que colgaba del pizarrón de la clase de primer grado.

La maestra le prometió que todo estaría bien: «Tu esposo estará aquí comiendo el pavo con ustedes, vas a ver». Y la alentó: «Tienes que tener paciencia».

—¡Como si fuera una bruja! –exclama Pola, ahora mostrándome sus dientes perfectos, blancos, mientras se ríe–. Porque mi esposo volvió una semana antes de Acción de Gracias y fuimos a visitar a la maestra juntos, los cinco, para que viera que había tenido razón.

Más que una bruja, la maestra resultó ser un ángel guardián. La misma tarde en la que Pola le contó sus problemas, organizó que empezaran a servirle comida a toda la familia en una escuela cercana y que incluso les dieran la ropa que necesitaban. También se ocupó de contactar a Pola con una asistente social que comenzó el trámite de un permiso de residencia temporario para que, en caso de que surgiera un problema, sus hijos no quedaran solos. Y con la tranquilidad de sentirse cuidada por el momento, el viento empezó a cambiar.

Dos años más tarde la familia está otra vez unida. Pola y Omar tienen trabajo e incluso se pudieron comprar la casa donde viven, gracias a que la mujer que se las vendió los esperó con los pagos: «No te apures, mija, que te espero. No te apures».

Pero la cárcel y la deportación dejaron huellas profundas: ella vive con miedo a que se los lleven y que sus hijos queden sin padres, y ni siquiera se tranquiliza cuando su vecina le explica lo que ven en las noticias: que, como resultado de los primeros pasos de la reforma migratoria, no deportarán a padres de hijos nacidos en suelo estadounidense. Omar sufre de depresión y sus hijos tienen distintos problemas de aprendizaje, por lo que necesitan tutoría después de la escuela y educación especial. El menor, que tiene nueve años, todavía le pregunta a su papá regularmente qué va a pasar si se lo vuelven a llevar.

—Tienen que salir adelante, hijo –le responde su padre–. Tienen que estudiar mucho para salir adelante. Ustedes que son de acá tienen futuro. Yo ya no tengo futuro más que el de ustedes. Pero saldrán adelante.

Cuando logra olvidarse de su temor, Pola siente que el tiempo puede traerle esperanzas. Especialmente cuando está rodeada de su familia es que logra concentrarse en los años que lleva acá y evita pensar en lo que le preocupa. Pero cuando está sola, el miedo la acecha como el agua fría y viscosa de la orilla del río, y ella puede sentir cómo los dedos oscuros de su pasado se acercan, reptando por el barro, porque quieren alcanzarla para convertirse en futuro.

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Cecilia Galli Guevara nació en Buenos Aires en 1975 una mañana en que –su madre jura– nevó. Lleva el blog chicamigrania.blogspot.com y publicó el libro de cuentos Karaoke Kiss (Textos de Cartón 2010) y el poemario Superhéroes (Cara de Cuis, 2010). Su novela La isla fue publicada por Biblits en 2011.

Revista cultural

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