Camino a El Paso

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Cecilia Galli Guevara

 

Lo único que se ve en la noche son los camiones inmensos que van agrupándose al costado de la autopista, en las áreas de descanso. Sus lucecitas rojas delinean sus figuras rectangulares y me pregunto si sus conductores, los pastores de estos rebaños de mastodontes rodantes, harán reuniones junto a ellos o si se dormirán enseguida en la parte trasera de las cabinas, donde tienen sus dormitorios.

No me gusta manejar de noche: siento que no veo, no por la falta de luz sino porque me estoy quedando ciega. Y después de soportar el atardecer en el desierto directo contra mis ojos, pido el cambio y vuelvo a convertirme en copiloto.

Vamos por la interestatal 10 en dirección al oeste. Salimos de Austin mucho más tarde de lo planeado y pretendemos hacer noche en El Paso. El viaje dura unas nueve horas. Manejamos entre las colinas del oeste de Texas y después por el desierto más al oeste todavía. Los paisajes cambian de verde a ocre, de árboles a rocas, de ondulado a plano. Como vamos siguiendo al sol, el atardecer se eterniza y los rayos cegadores nos pegan en las pupilas durante más de dos horas hasta que por fin se hace de noche y ya no se ve nada más. No sé si hay algo de cierto en mi teoría, pero estoy convencida de que si uno se desplaza hacia el oeste a cierta velocidad (en este caso a 80-85 millas por hora) el día se alarga.

Los chicos miran películas que saqué de la biblioteca pública en los asientos de atrás. Después de varias quejas, por fin los tres se duermen. Hacia la medianoche, sugiero dormir al costado del camino, junto a los camiones. Pero ya falta menos para terminar este primer tramo que nos cargamos después de una jornada laboral. Además, en El Paso nos esperan camas.

Imagino un poema e intento sacarle una foto a un cartel que promete: «Tornillo, 1 mile». Como si mi destino estuviera en ese pueblo. Me imagino la historia de su fundación, al hombre que decidió «en este lugar se desarrollarán nuestras vistas y crecerá nuestra descendencia. Lo llamaremos “Tornillo”». Mi hermana amanece en una isla del Mediterráneo y me saluda. «Seguimos en la ruta», le contesto intentando aguantar el sueño. Le mando fotos que sólo muestran la oscuridad completa que nos engulle a medida que avanzamos. El horizonte relampaguea y cada flash ilumina la nada que nos rodea.

El Paso nos recibe con lluvia, rayos, y unas luces azules y rosadas que bordean el tramo de autopista en el punto en que se convierte en puente. Mientras indico direcciones para llegar al hotel donde tenemos reservaciones, noto luces diferentes, blancas, como de lámpara de mercurio, no demasiado lejos de la ruta. Descubro construcciones bajas, cables, calles vacías, nada que ver con lo que está justo a nuestro lado. Miro el mapa de mi teléfono y encuentro la pista que buscaba: Ciudad Juárez.

Un poco más adelante logro dilucidar la frontera. La frontera misma. La línea que en un mapa se vería como una raya negra y sólida, nada de raya punto raya punto. En esta realidad esa línea es un paredón formado por placas ensambladas. Algo que se podría derribar fácilmente entre varios. Una pared como las que ponen alrededor de las obras en construcción. Y que marca, delimita, separa tanto.

Alrededor de la pared no hay un río; tampoco un desierto. Las vallas pasan por una zona transitada de El Paso y la vida fluye a su alrededor como si en vez de una frontera la pared no fuera más que una pared.

Imagino qué pensarán las personas que viven de un lado y otro de ella cuando la ven cada mañana camino al trabajo, al mercado, a la escuela. «Un día quizás», esperanzas de cambio. O el lugar de donde vinimos.

Un amigo que nació y creció en El Paso me cuenta cómo iba llegando la gente cuando él era chico: un día cualquiera venía un tío del vecino, como si fuera a almorzar, pero cuando caía la noche no se marchaba; unos días más tarde llegaban la tía y los primos, y a veces también la abuelita. Todos se quedaban en la casa de su amigo durante un tiempo; los primos se hacían también sus amigos y después se convertían en sus nuevos compañeros de clase; los tíos conseguían trabajo y más tarde una casa; se mudaban y lo invitaban a las fiestas de cumpleaños. Las familias se reproducían alegremente e iban integrándose de manera orgánica a la vida de la ciudad.

Pienso en el tipo de vida que una persona puede tener e incluso soñar de cada lado de esa pared blanca. Somos todos los mismos de un lado y del otro. Pero si soy víctima de un crimen, qué resultados, qué justicia puedo esperar de un lado o del otro. O qué probabilidades tengo de ser víctima de un crimen de un lado y del otro del muro. Un par de metros y una pared blanca pueden marcar tanto como la distancia entre la justicia y la impunidad, como la diferencia entre la vida y la muerte.

Recuerdo las cruces en el desierto que vi en el reportaje periodístico donde escuché por primera vez la palabra feminicidio. ¿Estarán cerca o lejos? En ese artículo hablaban las madres de jóvenes que habían sido asesinadas. Las madres posaban junto a cruces en las que se leían los nombres de las hijas que les habían sido arrebatadas. Quiero saber cuántos metros me separan de esas cruces rosadas.

Cuando llegamos al hotel, nos amontonamos los cinco en dos camas. Intento dormir diciéndome a mí misma que mañana será otro tramo largo hasta las montañas de Arizona, pero no logro convencer a mi cerebro, que sigue pensando en la frontera.

 

 

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Cecilia Galli Guevara nació en Buenos Aires en 1975 una mañana en que –su madre jura– nevó. Lleva el blog chicamigrania.blogspot.com y publicó el libro de cuentos Karaoke Kiss (Textos de Cartón 2010) y el poemario Superhéroes (Cara de Cuis, 2010). Su novela La isla fue publicada por Biblits en 2011.

 

Revista cultural

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