Las delicias del placer

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Ana Laura Magis Weinberg

 

 

[Disclaimer: Este ensayo se escribió con ayuda de los grandes y maravillosos canales de YouTube que se dedican a analizar películas. Aunque lo que aquí postulo son ideas mías, mi punto de partida son esas otras reflexiones. Los invito amablemente a que busquen, sobre todo, a The Film Theorists, que hablan sobre 50 Shades of Grey como indoctrinación a un culto.]

Hace más de cuatro mil años, cuando apenas empezábamos a ser humanos, a tener ciudades, gobiernos, y la capacidad de dejar rastro escrito, ya existía evidencia de nuestra fascinación por el placer. A lo largo de muchos años y en muchas culturas distintas, al preguntarse sobre el sentido de la vida surgió la idea de que la vida es para disfrutar, y de ahí la palabra «hedonismo» (del griego hedoné, deleite), que llega a nosotros a través de la filosofía griega (aunque ellos no fueron los primeros ni los únicos defensores del placer). Pero con el cristianismo la idea del placer fue cambiando, hasta llegar al punto donde suponemos que es perjudicial y nos da culpa. El hedonismo propone que el placer no es bueno ni malo, pero actualmente le hemos impuesto una serie de reglas moralinas que nos hacen evitar muchas actividades agradables.

¿Qué nos habría de dar más placer que estar con la gente que queremos? Eso, por ejemplo, es la fan fiction: simplemente hay personajes de los que no nos podemos despedir. Y la fan fiction nos permite quedarnos con ellos y tener nuevas aventuras. Es el mismo fenómeno que nos lleva a comprar figuritas de acción o a disfrazarnos, todo con tal de poder ser ese personaje adorado. La fan fiction es otra manera de transformarnos, y, como los otros ejemplos, en el fondo es un juego. El juego tiene como principal elemento el placer, y se puede definir (siguiendo a Johan Huizinga) como una actividad separada de la vida diaria, que absorbe completamente al que participa, y que no deja ganancia alguna excepto por el placer. El juego, aunque se practica siempre, se asocia con los niños.

Está la otra acción que asociamos con el placer por el placer en sí, ahora para los adultos: el sexo. De todas las formas de placer ésta es la más trastocada por códigos éticos y preceptos morales. En este siglo XXI tan liberado, uno de los aspectos más problemáticos del sexo, sobre todo en cuanto a su representación, es en torno al placer femenino. ¿Sabían, por ejemplo, que un orgasmo femenino en la pantalla de Hollywood le vale a una película una clasificación más alta que si mostrara masacres, desnudos, y por supuesto orgasmos masculinos?

El BDSM (por sus siglas en inglés, bondage/discipline, dominance/submission, sadism/masochism), que en español se conoce más como «sadomasoquismo», se refiere a un grupo de prácticas y fantasías eróticas en torno al control y el dolor. Aunque el sadomasoquismo es viejísimo, se ha beneficiado mucho del internet, pues encontrar una pareja afín, que antes era cuestión de suerte, ahora es simple cuestión de Google.

El BDSM, a mi parecer, es placer sin remordimientos ni culpas, sin darle explicaciones a nadie: gente dispuesta a romper muchas normas sociales con tal de alcanzar el disfrute máximo. Pero asomarse a estas prácticas es muy duro. Yo, nauseabunda, cerraba la página mientras me preguntaba si estas cosas no serían crímenes: gente que se regodeaba en sus anécdotas de golpes, violaciones y denigraciones, gente que disfrutaba describir cómo la habían empalado y exhibido en público, o alimentado con orina y comida para perros durante una semana. Pero, por cada testimonio, venía una vocecita que me recordaba «están ahí porque quieren».

El sadomasoquismo no es para todos, pero es admirable: gente completamente comprometida con el placer, capaz de dedicarle muchísimo dinero, tiempo y espacio a una relación; gente que toma cursos para maniatar y suspender a otros, gente capaz de confiar y entregarse, o hacerse responsable, del otro. Es gente que a  pesar de los tabús ha aceptado que le gusta ordenar, obedecer, lastimar, sufrir, y ha buscado una salida a esto con parejas que libremente (y por consentimiento propio) quieren lo mismo. El BDSM es el himno contemporáneo al placer.

 

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¿Dónde se juntan uno y otro, fan fiction y sadomasoquismo? Más recientemente y con muchísimo éxito, en 50 Shades of Grey. Esta serie de novelas empezó cuando E. L. James decidió usar a los personajes de Twilight: Christian (antes Edward) es un exitoso millonario que se enamora de una inocente Anastasia, o Ana (antes Bella). Twilight trata de cómo el amor se sobrepone al peligro, ahí encarnado porque él es un vampiro. E. L. James decidió hacer de lo sobrenatural algo más realista: el BDSM. La serie fue todo un éxito, mucho más que el de Twilight o el de otras novelas eróticas.

Los juguetes sexuales se venden más en San Valentín por el simple hecho de que equiparamos el amor con el acto de complacer a la pareja. No es casualidad que la película de 50 sombras de Grey se estrenara en esta fecha en el 2015. Creo que tiene que ver con el BDSM, que, según un sexólogo famoso, todos hacemos hasta cierto grado. Sin llegar a la comida de perro y los látigos, la gente muerde, nalguea, e incluso dice cosas como «hoy que es San Valentín vamos a hacer lo que quieras». Y eso es 50 Shades of Grey: menos cursi que las novelas eróticas para mujeres sin llegar a ser tan horripilante como el BDSM de verdad. Es, más bien, sadomasoquismo light, empaquetado para mujeres.

El año pasado me junté con varias amigas, todas feministas, y vimos una copia pirata de 50 Shades of Grey con subtítulos en coreano. Fue una experiencia sumamente placentera, sobre todo porque en el DVD censuraban los golpes y porque no se acabaron las papitas. Nos reímos, gritamos, intentamos aprender a leer coreano. Pero francamente me da lástima toda la gente que la fue a ver al cine, en San Valentín, pensando en la noche candente que los aguardaba.

Como muchos han señalado, aunque la película se vendió bajo la premisa de que habría sexo, tarda 43 minutos en subir la temperatura. Para no verse en aprietos con la censura gringa, tampoco muestran el pene de Jamie Dornan ni grandes orgasmos de Dakota Johnson. La película está completamente alejada de todo tipo de placer. Christian Grey, en vez de regodearse y disfrutar sus gustos sexuales, sufre y se considera un monstruo, y la trama se va en firmas de contratos y discusiones legales en vez de mostrarnos orgías en el calabozo del multimillonario.

Pero la que menos disfruta es Ana. Ella, siguiendo a Bella de Twilight, se ha enamorado de un hombre que no le conviene, pero se enamora tanto que no lo puede dejar. Pero en Twilight Bella «quiere» ser vampiro, y toda la discusión gira en torno a cómo Edward no se atreve a destruir su alma. Aquí, por otro lado, vemos sufrir a la protagonista: quiere a Christian, pero no quiere participar en una relación sadomasoquista. Quiere un novio. Quiere cursilerías, como flores y chocolates; a lo que Christian contesta: «You want hearts and flowers? That’s not something I know». Básicamente, Ana está en una relación abusiva, y no por las 6 nalgadas que le dan al final. Christian la controla, la sigue, le dice qué puede comer y con quién quiere salir. El acto heroico que en Twilight es Edward salvando a Bella de tres hombres que la están por violar, en 50 Shades of Grey se vuelve Christian acosando a Ana y golpeando a su mejor amigo. Christian la termina por aislar de sus amigos, familia e intereses propios.

Y Ana ni siquiera quiere participar. Se intenta alejar, pero él la persigue y la soborna con coches y viajes. Todo para que ella acceda…¿a qué? A prácticas sexuales que no le causan placer. El BDSM puede implicar cosas horrendas, pero es sano. Todo acto es consensuado y ambas partes tienen derecho a interrumpir la sesión. Mucho se basa en el dolor, la humillación, la disciplina, pero todas estas prácticas son seguras en cuanto a que la gente lo hace con cuidado (no cortar la circulación, usar el lubricante necesario, protegerse de ITSs). También está la práctica del after-care, el cuidado emocional que proporciona el dominante después de una sesión.

Pero Christian Grey no ofrece nada de eso. No le preocupa que Ana pruebe y decida que siempre sí le gusta ser su sumisa; más bien la persigue para que firme un contrato, que se trata menos de consenso y más de que él no tenga problemas legales. Y cuando Ana se rehúsa a firmar, él le da incentivos para que quiera hacerlo: mira el departamento donde podrás vivir si eres mi sumisa, mira cuántas vueltas en helicóptero estoy dispuesto a darte. En un punto ella pregunta: «What would I get out of all of this?», a lo que él le contesta simplemente «Me». Christian la manipula, pero nunca la convence.

50 Shades of Grey es el opuesto diametral del BDSM: no hay verdadero consenso, no hay preocupación por la pareja. Pero sobre todo, no hay placer. La sumisa no disfruta, pero tampoco lo hace su dominante. ¿Por qué nos quieren convencer de que esto es una relación sana, una bonita historia de amor? A Christian no le gusta lastimar: tiene una enfermedad psicológica y no puede entender el sexo si no es a través del sadomasoquismo. Ana no quiere que la lastimen, pero es la única manera de estar con el hombre que ama. Es realmente triste que un producto tan mediocre como Twilight empaquetado para jóvenes inseguras, quede tan bien parado frente a este fenómeno comercial masivo que popularizó de manera errónea e irresponsable el BDSM entre quienes leen bestsellers y consumen cine de acuerdo a las tendencias hollywoodenses.

La página de Wikipedia sobre el BDSM dice «es un acuerdo serio entre dos partes envueltas en amor y devoción la una para la otra. El sumiso entrega su corazón, su cuerpo, su mente, su alma, se entrega enteramente a otra persona. Un master se compromete a cuidar, proteger y aceptar la sumisión entregada en todas sus formas, apreciando el regalo que recibe, sin abusar nunca de él». 50 Shades of Grey tampoco nos ofrece esto. Quizá lo peor de esta película es que la anuncien como una fantasía erótica para mujeres, que nos quieran vender la idea de que el placer no está en nuestros cuerpos, sino en enamorarnos de alguien aunque nos haga daño y lograr cambiarlo. Esta película, que debería ser la suma del placer de la fan fiction con el sadomasoquismo, no ofrece nada. Ni pornografía candente, ni una trama interesante, ni vampiros que brillan al sol.

 

 

 

 

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Ana Laura Magis Weinberg es una lectora, escritora y traductora que no se puede concentrar mucho tiempo en un solo proyecto. Actualmente está enamorada de E. E. Cummings, Vishal Bhardwaj, Belisario (no Domínguez), Thomas Cromwell, Netflix y la India.

Revista cultural

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