La soledad de Mr. Korine

Por  |  0 Comentarios

Héctor Rojo

 

Gracias por venir esta noche a ver nuestra presentación, nuestro grande y espectacular show. Sólo somos humildes imitadores, personas normales como ustedes, y sin ustedes no seríamos nada. Nuestro objetivo, como en toda actuación, es intentar entretenerlos, y buscar la belleza que hay en la vida, el esplendor y la poesía que existe en todas las cosas. Y, como dice la canción, «Ahí está el cielo, el cielo cuando bailamos juntos tú y yo, mejilla con mejilla». Gracias a todos. Y recuerden: no hay alma más verdadera que el alma que imita, porque vivimos a través de otros para mantener vivo el espíritu de lo maravilloso.

La Reina en Mister Lonely

 

Harmony Korine es una de esas mentes únicas que nos hacen reflexionar sobre todo lo que hemos visto antes de conocer su obra. Hablar sólo de cine es reducir el ejercicio creador de este director, guionista y actor californiano, quien con sus primeros tres largometrajes (Gummo, 1997; Julien Donkey-Boy, 1999; Mister Lonely, 2007) formó todo un legado de interpretación sensorial del mundo. Es a estos trabajos a los que me referiré en seguida.

Una de las cosas que más sorprende es que con unos guiones tan simples logre hacernos reaccionar con tal violencia. Lo primero que se me ocurre es que estos guiones, filmados por cualquier otro cineasta, podrían resultar anodinos. Claro que nunca lo sabremos, pero lo importante de hacer este ejercicio (imaginar lo que haría algún gran director con estos guiones) es entender que no estamos hablando de un fabulador convencional, que construye su mundo a partir de una historia cautivadora, sino de alguien que, un poco a la inversa, hace crecer sus historias a través de la poesía que se desprende de sus imágenes en movimiento. Entiendo que hablar de «poesía de las imágenes» es la manera más vaga de intentar describir algo que nos provoca estas emociones. Sin embargo, ¿cómo hablar de eso que sentimos en el estómago y en la piel mientras miramos, escuchamos o leemos una obra verdaderamente «poética»? A pesar de esta vaguedad, una de las descripciones que más atesoro sobre la filmografía temprana de Korine acude a una terminología similar para expresar lo que producen estas cintas:

Gummo (1997) y Julien Donkey-Boy (1999) fueron trabajos que quizá sobreactuaban demasiado su          disfuncionalidad, pero en ellos emergía algo que es casi imposible simular con eficacia: una poesía        purísima de la diferencia, una legítima ternura surgida en el centro mismo de aquello que la temible     normalidad designaría como monstruoso.” (Jordi Costa) [1]

La pericia como espectador de Jordi Costa le permite ver, en un defecto concreto, una virtud concreta: disfuncionalidad sobreactuada y ternura de lo monstruoso. Pero, ¿en qué consiste esa «poesía purísima de la diferencia»? Como mencioné en el párrafo anterior, Korine pone en cuestión lo que hemos visto antes de él. Los rudimentos técnicos no son lo más sorprendente, pues no es el primero en utilizarlos; sus historias, como decía, tampoco. Lo que en verdad hace inigualables sus películas es ese algo tan difícil de explicar y que provoca una admiración casi ritual cuando se vuelven a ver.

Korine es también de esos seres que nos permiten refutar a quien confunde lo poético con lo bello. Entonces, dirá alguien más, es en lo abyecto donde se esconde ese lirismo estremecedor; sin embargo, esto último es falso exactamente por el mismo motivo. El contexto de estas tres películas presenta un decadentismo muy extendido en el cine y la literatura de los Estados Unidos; dicha tendencia casi siempre muestra una realidad sórdida como reverso de los ideales estadounidenses. Aunque presente en estos materiales, este efecto se reduce gradualmente en cada metraje, comenzando con un pueblo de la América Profunda que ha sido devastado por un tornado en Gummo, y terminando con un grupo de imitadores de personajes pop estadounidenses que deambulan por Europa en Mr. Lonely. Esto quizás nos dé una idea de cómo va depurándose el efecto Korine a lo largo de sus obras, sin que eso signifique que cada una ha sido mejor que la anterior. Más bien, cada vez se ha requerido menos de un decorado por sí mismo patético para captar la especial sensibilidad del director.

De pocas películas he encontrado tantos videos de escenas individuales como de Gummo. Sólo con buscar «Gummo» en YouTube, encuentro: «Intro scene», «Bath scene», «Life is beautiful scene», «Rabbit kiss scene», «Chair Wrestling Scene», «Jarrod scene», «Tap scene», «The two little cowboys», «Brothers Fight scene», «Ending scenes», etc. Con búsquedas más específicas encontramos fragmentos de casi todo el metraje. Una de las maneras en que la cultura pop se filtra hoy en nuestra vida diaria es gracias a materiales fragmentarios como videos, gifs o memes. En el caso específico de Gummo, la edición de los videos realizada por los admiradores en YouTube separa momentos concretos de la película en los que se muestra esa particular originalidad de Korine para introducirnos en ambientes a la vez sombríos para nuestros sentidos y luminosos para nuestra conciencia. La escena del niño-conejo de la introducción crea una atmósfera grotesca y extraña mediante una composición bastante heterodoxa, pues los elementos que vemos y escuchamos no parecen tener una finalidad convencional, en el sentido de hacer avanzar el relato o presentarnos a los personajes o introducirnos al imaginario estético del autor. Podría pensarse que esto último es la función más probable de la escena, pero entonces resultaría arbitraria comparada con la secuencia inicial en que se muestran paisajes y retratos de una pequeña ciudad de Ohio devastada por un tornado. La realidad estadounidense mostrada aquí coincide con lo que hemos conocido como la América Profunda, imaginería de la que se ha echado mano en las últimas décadas como ejemplo de los aspectos más primitivos del hombre (True Detective, Nic Pizzolatto, 2014; Winter’s Bone, Debra Granik, 2010; por mencionar dos de las mejor recibidas). En Gummo, lejos de un prurito documental, dicho primitivismo sirve para ir más allá de lo humano, en un juego demiúrgico que hace surgir de cada escena una energía nueva que parecería estar agotada por completo en ese medio. Incluso en los distintos guiños a la muerte hay algo de entusiasmo por permanecer en pie, respirando, corriendo, bailando, nadando, besando; por ejemplo, el niño que asesina gatos para venderlos a un carnicero y mantener viva a su abuela con un respirador artificial; o sus competidores que matan a la abuela en represalia por robarles parte del negocio de la carne de gato; los niños que juegan a disparar despiadadamente al niño-conejo porque representa una jovialidad contraria a sus valores de cowboys infantiles; la madre que amenaza con matar a su hijo de un disparo en la cabeza si no le regala una sonrisa y, acto seguido, se pone a bailar tap con los zapatos de su esposo muerto. El horror de cada anécdota no es gratuito, sino que se basa en una necesidad de sobrevivir o de sentirse vivos en un mundo que está ardiendo desde el interior.

Julien Donkey-Boy es otra sinfonía grotesca de exaltaciones a la vida, al amor, a la amistad. Como ocurre en el Ruido y la furia, de William Faulkner, otro de los grandes líricos de lo inhumano, buena parte de esta película ocurre a través de la perspectiva de un enfermo mental. Además de los elementos que habíamos visto en su ópera prima, en esta cinta hace bastante énfasis en los diálogos de la poesía con la cinematografía. No es fácil describir la sensación de estar experimentando un arte de espíritu arcaico mientras se observan algunas de estas escenas, ya que en la película hay un auténtico conflicto por alcanzar la perfección en diferentes disciplinas, impulsada por el padre de la familia (interpretado por Werner Herzog) de una manera violenta e insensible que va mermando la autoestima de sus hijos, como cuando Julien lee un poema frente a toda la familia, o como ocurre con el hijo que entrena sin descanso para ser un buen deportista, con quienes no tiene ningún miramiento a la hora de criticar sus esfuerzos con sorna. A partir de esta dicotomía entre técnica de la expresión y la intuición irracional, se va construyendo un llamado a las profundidades de nuestra mente y nuestro cuerpo, a los deseos más poderosos y a los miedos que nos derrumban. La vida de esa familia prácticamente no vale la pena por nada (igual que la vida en el Ohio de Gummo), pero los ángulos, los resquicios y las situaciones que elige Korine para mostrarnos esa desagradable forma de vida hacen de ella un muestrario estético de las motivaciones y decepciones humanas. Como todo arte auténtico, lo que vemos ahí nos permite reconocernos aún en contextos en los que nunca hemos estado. En la película vemos los caracteres exagerados, aunque no por eso estamos exentos de caer en situaciones análogas. Todos vivimos bajo la exigencia de unos padres o maestros tiránicos, aunque no todos caigan en el ridículo o la crueldad del padre de Julien; todos nos hemos esforzado por perfeccionar una determinada técnica y, en el camino, nos enfrentamos a múltiples fracasos. Sin embargo, aunque siempre existan personas que lo hacen mejor que nosotros y aunque a muchos pudiera parecerles patética nuestra existencia, no renunciamos a seguir viviendo. Esa supremacía absoluta de las ganas de vivir, a pesar del  ridículo y de la farsa, tiene su apoteosis en el final de la cinta, cuando Julien saca del hospital el feto abortado producto de su relación con su hermana, lo lleva a su casa y se recuesta paternalmente en la cama con él, dentro de ese departamento de los horrores en donde vive con su familia.

La tercera película de esta trilogía no oficial del director, Mr. Lonely, me parece un excelente ejemplo de la depuración técnica que, sin perder fuerza en sus valores intuitivos, nos hace ingresar en el universo más personal del autor. En esta cinta se recrea un Neverland sombrío que expresa con ironía lo histriónicos que pueden llegar a ser los proyectos humanos, particularmente aquellas utopías que se alejan con inocencia de las verdades elementales. En este territorio, un grupo de imitadores vive de forma cotidiana en la piel de personajes famosos. Cada una de las celebridades encarnadas por los imitadores han conseguido un puesto en la memoria cultural, ya sea por su éxito en el espectáculo o como personajes históricos importantes; han sido hombres y mujeres que se distinguen del resto por algún elemento de su personalidad que los hace particulares y recordables. Mientras tanto, los imitadores construyen su vida a partir de las características de otros, fundando un pequeño territorio en el que todos pretenden ser iguales y donde comparten una alegría teatral por la vida, misma que termina convirtiéndose en una farsa tétrica.

Este mundo de ficción está construido, al igual que Julien Donkey-Boy, a partir de la exageración de elementos que encontramos en la existencia cotidiana. De diversas maneras, todos somos imitadores de lo que vemos desde niños. Aristóteles escribió que de ese modo recibimos nuestra primera instrucción, pues imitar es algo intrínseco a nuestra naturaleza. Ésta sería, según sus palabras, la primera causa de la poesía, mientras que la segunda es que «todos se complacen con las imitaciones»[2]. Lo cierto es que no sólo el arte es producto de la imitación, sino que es también objeto de ella. Esto es especialmente notorio con las expresiones que gozan de mayor popularidad durante determinada época. No podemos considerar esto como un fenómeno menor cuando una de las obras más originales de la historia, el Quijote de Cervantes, parte de un supuesto similar, creando un universo en el que el arte había invadido, en diferentes niveles, la vida de los personajes. En el discurso más superficial vemos la locura de Don Quijote inducida por sus lecturas, pero, si analizamos los hábitos de los personajes que circulan por la novela, también podemos distinguir los valores transmitidos durante siglos por las novelas de caballerías y por otras corriente de la época; por ejemplo, el alto valor de la honra, la nobleza, la piedad, la hospitalidad y otros tantos valores cristianos o paganos. Aunque muchos de estos valores aparecen caricaturizados en personajes hipócritas y mendaces, están presentes y dictan buena parte del comportamiento social de la obra. Don Quijote pasa delante de sus semejantes como un espejo deformante en el que se miran a sí mismos amplificados por la pluma del autor. El juego de reflejos puede llegar a ser muy complejo aquí, pero quedémonos con una última reflexión: así como los demás personajes se miran en Don Quijote, los lectores de la época (y en gran medida los de hoy) pudieron reconocer aquellas acciones y estereotipos que, llevados y traídos por diferentes corrientes literarias, se habían repetido por siglos, modificándose y repetiéndose de generación en generación.

Nuestro yo imitador es una de las partes más fáciles de ridiculizar, y Mr. Lonely hace de él un experimento grotesco. Algunos de los nombres históricos parodiados por los personajes de la película son claramente modelos de comportamiento social, como el Papa y Abraham Lincoln; otros se distinguen por su apariencia y carisma como Marilyn Monroe; o por su talento como estrellas del espectáculo, como Michael Jackson. En general, todos representan valores modernos que admiramos, algunos más y otros menos, y que son llevados a lo estrafalario por la mirada de Harmony Korine, otra vez mediante una hipérbole de lo que ocurre en nuestra vida, en la que reproducimos mucho de lo que observamos en el cine, la televisión, los medios impresos y electrónicos. Sin embargo, en medio de esta orgía imitativa, la mayoría tenemos algo de auténtico, una piedra preciosa que alcanzamos a rescatar de la mina y que forma personalidades valiosas. Otro aspecto parodiado es la creencia en la inmortalidad, misma que sobrevuela el jardín ideal de los imitadores como una fantasía macabra (encarnada por el protagonista, Michael Jackson, interpretado por Diego Luna), y no puede ser sino con la muerte de uno de los integrantes de la comuna que esa ilusión se rompa, como ocurre al final. La historia paralela de Mr. Lonely, en la que unas monjas consiguen caer sin paracaídas desde una avioneta sin hacerse daño, hace de esta fantasía una realidad gracias a un milagro, lo que nos regala algunas de las escenas más divertidas e intensas de la película.

Al igual que las monjas, las películas de Korine consiguen arrancar de esta caída libre hacia la muerte lo que tiene de hermoso y fascinante, haciendo de algunos de sus momentos algo extraordinario. Las monjas alcanzan la máxima expresión de la vida al conseguir lo que nadie más ha conseguido, alzándose con un triunfo sobre los demás, sobre todos aquellos que permanecemos paralizados por el miedo. Como Harmony Korine, las monjas encuentran una momentánea sustracción de nuestra realidad más angustiante para saborear esos instantes que son el alimento de la poesía, comparables con la maravilla de volar: «Señor, no permitas que muera. Creo en ti. Oh señor, mantenme a salvo en esta caída. Creo en ti. No temo a nada porque siempre me acompañas, y es tu voluntad que eche a volar», reza la primera monja que se salva de la muerte. Sin embargo, las monjas tampoco pueden escabullirse definitivamente del destino ni de sus ironías, como tampoco lo haremos ninguno de nosotros. Mientras tanto, ya se trate de personas extraordinarias o de simples imitadores, la lección está dictada: no podemos seguir sin encontrar esos instantes en los que la vida brinca, brilla y canta antes de ceder por completo ante su propia finitud.

Notas

[1] Jordi Costa, «¡Qué fuerte me parece!», El País: http://goo.gl/qoiV6n

[2] «Parece cierto que dos causas, y ambas naturales, han generalmente concurrido a formar la poesía. Porque lo primero, el imitar es connatural al hombre desde niño, y en esto se diferencia de los demás animales, que es inclinadísimo a la imitación, y por ella adquiere las primeras noticias. Lo segundo, todos se complacen con las imitaciones, de lo cual es indicio lo que pasa en los retratos; porque aquellas cosas mismas que miramos en su ser con horror, en sus imágenes al propio las contemplamos con placer, como las figuras de fieras ferocísimas y los cadáveres». (Aristóteles, Poética, II, 2).

 

_______________

Héctor Rojo (1984) tiene estudios de literatura en la UAM-I y en la Universidad Veracruzana. Puedes contactarlo en: hrojoaj@hotmail.com y hrojoaj@gmail.com

 

Revista cultural

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *