FICUNAM 2016. Un panorama general

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JJ Negrete

 

 

Han pasado ya seis años desde la primera edición del Festival Internacional de Cine de la UNAM. Desde su fundación, se ha mantenido coherente a su visión y objetivo: un festival comprometido con lo interdisciplinario, la reflexión y el pensamiento profundo sobre el fenómeno cinematográfico. Aunque FICUNAM ha emprendido una labor académica y docente muy fértil, desafortunadamente su carácter especializado ha devenido en alienación y escarnio por gran parte de los espectadores –tanto asiduos como no asiduos– del panorama cinematográfico. Las loas al festival son tan recurrentes como las quejas y diatribas, que, a grandes rasgos, reprochan siempre lo mismo: desde la «exquisitez» de la cinefilia del festival, pasando por la «pomposidad» de sus programas académicos, hasta lo «incomprensible» e «inadmisible» de su selección y curaduría, particularmente en los trabajos realizados en México.

La labor del FICUNAM sigue con entusiasmo la línea de festivales como Locarno o Marsella, así como las secciones paralelas de festivales como Berlín («Panorama», «Forum»), Cannes («Un certain regard», «Quinzane des Realisateurs») o Venecia, avocados a presentar trabajos de corte vanguardista, filmes y documentales que flirtean con la filosofía y las tendencias más afincadas del arte contemporáneo, las cuales también merecen ser vistas y comentadas, tanto como los filmes que las carteleras semanales puedan ofrecernos. La polarización generada a partir de estos festivales siempre será más estimulante que un consenso silente.

La programación del festival, muchas veces celebrada por su propuesta arriesgada y bien pensada –aunque también repudiada por su esnobismo y accesibilidad limitada– es responsabilidad de su directora, Eva Sangiorgi; del programador francés Sebastien Blayenc (quién también forma parte del equipo de programación del Festival Internacional de Cine de Morelia) y del crítico argentino Roger Koza, aguerrido defensor, quizá a veces militante, de la curaduría del festival.

Es cierto que la línea curatorial incluye trabajos fílmicos que, siguiendo los criterios y convenciones del cine narrativo,  podrían descalificarse bajo las sobadísimas etiquetas de «pretencioso», «lento» o «aburrido» con gran facilidad. Sin embargo, como en cualquier otro festival con un genuino trabajo de curaduría, el objetivo no es nada más presentar películas porque sí, sino generar un discurso para enriquecer el fenómeno cinematográfico, uno que trascienda la noción de películas como unidades que pueden ser juzgadas tanto fenomenales como execrables. Como decía el legendario crítico y programador finlandés Peter Von Bagh: «programar es escribir en la historia del cine».

A pesar de que no todos los filmes presentados pueden ser del agrado de la audiencia –cosa que no se debe reprochar ni a los cineastas ni a los espectadores– sería saludable que pudiese existir un diálogo entre ambos polos, usando a la crítica cinematográfica como intermediaria. El FICUNAM es uno de los tantos espacios donde tender esos puentes es posible. El crítico puede (y debe) aprender tanto del espectador como el espectador del crítico. Pero, como en todo proceso, el interés resulta fundamental: sin él, nunca existirá la posibilidad de diálogo.

Ahora, ¿serviría de algo reclamarle al público que no asista; a los críticos no escribir; sentirse «ignorante» por no poder gozar otra obra de Nicolás Pereda? La postura resulta sumamente improductiva y cierra toda posibilidad de reconciliar la oferta con la demanda cinematográfica, pero ese intercambio está regulado por la libertad y no por la obligación. Si el cineasta (o artista) no hace algo que el espectador (cualquier persona que ve su obra) considere valioso, su opinión será, la mayoría de las veces, determinante en la emisión de su juicio y es aquí donde quienes hacen crítica (o curaduría en la programación de festivales) pueden interceder, ya sea por el cineasta o el espectador.

Ante la relativización de los discursos, mucho se habla de la caída de estándares, de lo impresentable del arte contemporáneo, de lo críptico de su lenguaje y del solipsismo con el que se habla a sí mismo. En efecto, en el mundo del arte contemporáneo hay más ejemplos de lo infame que de lo valioso, pero el fenómeno no es exclusivo de galerías de arte o festivales de cine. Ante tal reto, la elocuencia y contundencia al elaborar una defensa o una diatriba se convierte en el arsenal más poderoso en esta guerra ficticia, una guerra de ideas.

Es en este panorama que el FICUNAM llega a su sexta edición, con la impronta de abrirse al público, no recriminando su ausencia sino incentivando su asistencia y la oferta es, como cada año y a juicio del autor de estas líneas, rica en su variedad temática y rango cinematográfico. Quizá esta opinión no la comparten muchos colegas y conocidos, pero tal fenómeno no revela deficiencias o rezagos por parte del festival, sino el fracaso en la transmisión de lo que se considera, ya sea como críticos o programadores, digno de ser visto y discutido.

El festival cuenta con un nicho de consumo muy bien identificado, limitado pero con el innegable potencial de crecer cada año. Considero que, más que un proceso unilineal, se trata de uno recíproco. En este sentido, puede y debe beneficiar a programadores, críticos y espectadores por igual. Si un filme es un fenómeno multidisciplinario, habría que brindar las herramientas necesarias para hacerlas accesibles, tanto para cineastas como programadores y críticos, en vez de encallarlo en una oscuridad nebulosa, sin imponer dogmas, pero abriendo el diálogo entre iguales: más intercambios y menos monólogos.

En lo que respecta a la oferta del festival este año, regresan tanto viejos favoritos que son recibidos con una cálida sonrisa, como aquellos que nos resultan francamente insoportables y soporíferos. Después de abrir boca con la obra póstuma del titán portugués Manoel de Oliveira, Visita o memorias y confesiones, filmada en 1982 pero pensada para verse después de la muerte del cineasta, el festival presenta su competencia internacional en la que se darán un quién vive hits festivaleros que abordan mundos y realidades ilusorias, entre ellas El blues de Kaili del chino Bi Gan, y John From del portugués Joao Nicolau; lirismo de vena realista como Bella e Perdutta y El otro lado de los italianos Pietro Marcello y Roberto Minervini, respectivamente; sofisticadas recreaciones históricas: Maestá, la Pasión de Cristo del francés Andy Guérif y Epitafios de la mexicana Yulene Olaizola; manifiestos antibelicistas delicados y personales: Patria de Abbas Fahdel y Batallas de la belga Isabelle Tollenaere; retratos de urbanidad subrepticia: Un piso más abajo del rumano Radu Muntean y Cuerpo de letra del argentino Julián d’ Angiolillo; y ficciones de lo cotidiano, tanto personales como lúdicas, en Cuento de dos que soñaron del mexicano Nicolás Pereda y la canadiense Andrea Bussman y Chevalier de la griega Athina Rachel Tsangari.

En la sección de la competencia mexicana, «Ahora México», destacan la presencia del inefable Nicolás Pereda y su durmiente Minotauro; el regiomontano Pablo Chavarría y sus íntimas pero difusas Letras; un comprensivo acercamiento al rap en México de la mano de Kyzza Terrazas en Somos lengua; y las ya vistas en otros festivales: el inofensivo folklore de los Ícaros de Pedro González Rubio (que parece no poder regresar a los registros de la bellísima Alamar) y Los Herederos, la michelfranquista obra del cineasta venezolano Jorge Hernández Aldana. También por el frente mexicano entrará esa enorme piedra angular del documental mexicano, El grito, de Leobardo López Aretche, sobre el movimiento estudiantil de 1968.

Al duelo cortés de los viejos maestros presentes en «Manifiesto Contemporáneo» destacan la hipersensualidad corpórea de Mortífera (P. Grandieux) y El Cadáver Exquisito (P. Tscherkassky), el renovado clasicismo de Sangre de mi sangre (M. Bellochio) y El tesoro (C. Poromboiu) y las inacabables narrativas de La academia de las musas (J.L. Guerín) y Justo ahora, mal entonces (H. Sang Soo) mientras que en las nuevas y ascendentes promesas de «El Porvenir» se encuentran, entre otros, el interesante maridaje de la narrativa con la cuántica en Entrelazado (R. Giacconi), un cine diario futbolístico en O Futebol (S. Oksman), el juego encefálico del Rastreador de Estatuas (J. Rodríguez) y el inquietante negativo fotográfico de la Note sin distancia (L. Patiño).

Pero también están los «Aciertos» de varias escuelas de cine a nivel internacional, el delirante nipón Sion Sono mojando de sangre los toldos de los autos en el autocinema con TAG mientras que el gran ensayista fílmico Thom Andersen presenta y discute la ilustración fílmica del filosofo G. Deleuze en Los pensamientos que una vez tuvimos, al tiempo que Isaac Julien presenta sus Territorios y se refrescan los Años Verdes del gran Paulo Rocha. Finalmente, asisten como invitados el inédito en México Marlen Khutziev, cineasta soviético de portentosa voz poética e innegable clase fílmica desplegadas en Lluvia de Julio, Infinitas y Dos Fiodors y el portugués Miguel Gomes que junto a una retrospectiva completa de su trabajo presentará las tres partes de su libre versión de Las mil y una noches, tomando como referencia la Portugal contemporánea.

Como se puede apreciar, las puertas son amplías y el aforo público: idealmente libre de cadeneros y pletórico de filmes. La invitación es a mirar y después hablar, alabar, cuestionar o despedazar, pero siempre con el fin de volver a edificar.

 

 

 

 

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JJ Negrete (Ciudad de México, 1989). Psicólogo clínico egresado de la UDLA DF, realizó estudios en el Centro Universitario de Estudios Cinematográficos de la UNAM y actualmente cursa estudios de antropología social en la UAM-Iztapalapa. Colaborador y miembro fundador de la página web Butaca ancha, ha escrito para medios como Animal político, Cultura colectiva, Corre cámara y Freim. Se desempeñó como parte del jurado joven en la última edición del Festival Distrital de Cine gracias al concurso de crítica «Critica la Muestra», organizado por la Cineteca Nacional.

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