Everything Is Awesome: un comentario sobre por qué nos gustan las películas infantiles

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Joaquín Guillén Márquez

 

Disclaimer:

A más de un año de su estreno mundial, la película recibió una mayoría de críticas positivas. Parecía destinada a, al menos, estar nominada a Mejor Película Animada en los Óscares, pero no sucedió. Escribí este pequeño comentario a propósito de un texto que publicó Abel Cervantes en Código, en donde se reducía a películas como The Lego Movie y a su público como películas para niños que no maduraron, que no salieron de sus casas y que, por eso, prefieren vivir en el mundo idealizado e infantil de la animación, supuestamente pensada para los niños. Sirvan estas líneas para defender a una cinta que logró ser más que un comercial para comprar juguetes, un producto artístico que cautivó a la crítica internacional y que, para mal, brillará por no ser reconocida como lo que es: la mejor película animada del 2014.

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Mi tiempo en la Facultad de Filosofía y Letras fue, por demás, contrastante en un tema: la aceptación de lo popular. Claro que había temas mucho más sociales y políticos que envolvieron mi etapa universitaria, pero quizá no los consideré con tanta pasión personal. Después de todo, fui una persona que recibió la mayor parte de su educación sentimental a través de pantalla de la televisión, ya sea en forma de caricaturas, películas o videojuegos. Me llamaba tanto la atención que mis compañeros de generación (y algunos profesores) fueran tan abiertos en sus gustos, contrario a lo que sucedía en otros colegios de la misma facultad. En el colegio de Letras modernas, la mayoría de los estudiantes de inglesas (al menos los que conocí) tenían cierto recuerdo de haber leído Harry PotterThe Lord of the Rings. No éramos un nicho, sino la mayoría. La mayoría también, cierto, venía de una familia que podía pagar estudios en escuelas particulares, donde el inglés era mejor administrado —a ese grupo no pertenecí para nada.

Quizá por eso me sentí abrumado por el artículo que Abel Cervantes publicó en Código (24/07/14) sobre por qué nos gustan tanto las películas infantiles. Antes de continuar este texto, quisiera dejar constancia de que he leído otros textos de Cervantes, incluso he tenido la oportunidad de colaborar con él y que mis desacuerdos con él eran de otra índole. Este texto, pues, no nace de la enemistad, ni con el ánimo de molestar; sino con la esperanza de hablar de un par de cosas que me parecen importantes. Desmenuzo:

Cervantes dice que «la crítica se ha volcado en elogios hacia cintas como Up, La gran aventura Lego, Valiente o Megamente». Admito que de estas cuatro películas, no vi Megamente porque no me interesó, aunque, según el mismo Cervantes, no resulte extraño ver a veinteañeros o treintañeros en las salas de cine en las que se exhiban estas películas. Del resto, dos son películas de Pixar: Up tiene diez minutos maravillosos, como Toy Story 3, que se desvanecen en la medianez de la trama. Valiente contó con la promoción de ser el primer largometraje de Pixar protagonizado por un personaje femenino que no tiene deseos de casarse, lo que tiene que aprender es amar a su familia. A mí sólo me agradó que estuviera ambientada en Escocia (y sólo para que quede dicho: ninguna película de Pixar me emociona como Ratatouille).

La gran aventura Lego es caso aparte. Para empezar, quisiera llamarle The Lego Movie porque decirle La gran aventura Lego es lamentable. Pero no es lo único lamentable de la forma en que vi la película: The Lego Movie tenía el reparto de voces que más me ha emocionado de cualquier película infantil (¿o película para niños? Habrá que preguntarle a Cervantes al respecto) en los últimos años: Will Arnett, Nick Offerman, Alison Brie, Chris Pratt, etcétera. En la versión doblada, el espectador se pierde de tener a grandes actores de la comedia estadounidense prestando su voz a los cubos de Lego. Más allá de ese pequeño gusto por la comedia televisiva contemporánea, The Lego Movie  tiene un doble mensaje interesante para todo público. Está el mensaje para el público infantil, donde se nos dice que no importa lo medianos que seamos en la vida, todos somos especiales; y el mensaje dirigido a los veinteañeros y treintañeros que, sí, vamos a ver esas películas porque nos gustan, que se puede encontrar hacia el final de la película, los límites del género se diluyen. Spoilers a continuación:

El público aprende que todo sucede en la imaginación de un niño que juega con los Lego de su padre. El niño proyecta al padre en Lord Business, el antagonista de la cinta, un personaje que adora el control. La conclusión llega cuando el padre está de acuerdo en que su hijo agarre los juguetes: es momento de no sólo apreciar los juegos, sino de compartirlos con las personas que más quiere.

En los últimos minutos de The Lego Movie descubrí que no era en una película animada, que no era sólo el fan service exacerbado, sino una obra que se ocupaba de las herramientas clásicas de las películas infantiles (los colores, la animación, los personajes, el argumento) y terminó en un producto que comentaba el amor por el terreno fértil que es la infancia. Esto es un ejemplo parcial de lo que Cervantes dice, el único punto de su argumento que suena a una opinión que se puede comprobar: «La gran aventura Lego hace referencia a situaciones […] que sólo una persona medianamente informada y de cierta edad puede entender».

(Abro un breve paréntesis que quisiera evitar, pero no puedo: Cervantes dice «la mayoría de los trabajos animados están repletos de alusiones intertextuales o extracinematgráficas». Este paréntesis lo abro por puro amor a los palimpsestos. Esto no es, para nada, un aspecto negativo; mucho menos un elemento característico de las películas infantiles. Ni siquiera del cine. El arte vive de homenajearse a sí mismo. ¿Qué son los evangelios sino un ejercicio de reescritura?)

Concluyo con dos aspectos:

  1. Cervantes habla de películas animadas, pero sus ideas se extienden a otro tipo de materiales, desde películas de superhéroes, videojuegos, series de televisión, etcétera. Es cierto que él mismo dice que muchas de estas películas tienen ciertos estándares de calidad; sin embargo, su visión recuerda a la de la persona que se sorprende porque puede gustarle el género popular y se precia de ello, pese a que Hollywood ocupe esas fibras sensibles en sus espectadores para hacer dinero (como Cervantes dice, palabras más, palabras menos: Hollywood se aprovecha de que somos una sociedad infantilizada).

Apocalípticos e Integrados se publicó hace cincuenta años, aunque por artículos como los de Cervantes parezca que no. A Roger Erbert, por ejemplo, le costó casi diez años admitir, más o menos, que los videojuegos pueden ser arte aunque persigan fines económicos y alteren otras formas más puras de arte. La mirada sesgada que ofrece Cervantes admite que este tipo de productos artísticos pueden ser buenos, pero no deja de decir que son productos engañosos y que su verdadero público es el que puede entender los temas y las referencias que toca. Ese argumento reduce el mérito artístico hasta de El principito.

  1. Hay dos palabras en el texto que me causan mucho ruido. La primera es «refugio» («Por ello también es común que se refugien en los videojuegos»), la segunda es «rehúye» («Somos una sociedad infantilizada que, por las causas que se quiera, rehúye a sus responsabilidades»). Quisiera obviar que todo tipo de arte es una reclusión, un diálogo que, visto por fuera, parece un monólogo. Esa reclusión es el lazo que se establece entre el espectador-lector con la obra. David Foster Wallace lo dice mejor: «Los solitarios tienden a serlo porque declinan soportar el costo emocional asociado con estar alrededor de otros humanos» (esto, por cierto, hizo que George Orwell descubriera sus talentos literarios).[1] Depende de nosotros, los receptores, qué tanto nos aislemos para no convivir y qué otro tanto para tratar de comprender la sociedad que nos rodea.

Cervantes pregunta por qué nos gustan las películas para niños. Después responde que las personas nacidas entre la década de los setenta y los noventa vivieron épocas de crisis económicas, razón por la que buena parte de ellas «se desarrolla en un contexto desfavorable que no le permite adquirir una propiedad, incluso muchas siguen viviendo en casa de sus padres. Para un gobierno es mejor mantener una sociedad pobre […] porque de esta manera no le demandará mejores condiciones laborales, de salud, educativas, etc. Estas generaciones están acostumbradas a depender de sus padres y, por lo tanto, a no madurar. Su imaginario sigue siendo el de la niñez». En otras palabras, nos gustan las películas para niños porque queremos pan y circo; porque nos enajenamos en las películas infantiles para olvidar que tenemos un trabajo de oficina. Sin el estudio sociológico que refuerce las palabras de Cervantes, esto es más una diatriba generalizada a la que respondo, antes de irme a mi trabajo de oficina y después de lavar ropa en la lavadora que compré cuando me mudé de casa de mi mamá, porque creo que si vemos películas infantiles, o si jugamos videojuegos, o si leemos cualquier clase del libro, no es porque vivimos en una burbuja protegida por la Liga de la Justicia; sino porque lo merecen.

NOTA

[1] «E Unibus Pluram: Television and U.S. Fiction», en A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again, Little, Brown and Co., 1997.

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Joaquín Guillén Márquez (Nezahualcóyotl, 1990) se mudó de casa de su mamá después de terminar sus estudios en literatura inglesa en la UNAM. Desde el 2013 ha trabajado en oficinas culturales del gobierno. Con su primer salario compró el videojuego Animal Crossin. Fue becario en el área de novela del FOCAEM.

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