Buscar la poesía en el desierto

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Sobre La reina del desierto (Werner Herzog, 2015)

 

 

Héctor Rojo

 

BELL: ¿Y si nos colgamos de los buitres?

HENRY: Probablemente nos tiren y se marchen volando. Como te dije, aquí es donde los habitantes de la región dejaban sus muertos a los buitres. Los consideraban sagrados.

 

 

Entre los numerosos e ilustres megalómanos que Werner Herzog ha llevado a la pantalla no habíamos visto hasta ahora a una mujer. La elegida, Gertrude Bell (protagonizada por Nicole Kidman), colma con creces el desmesurado molde que los protagonistas de este director deben llenar en sus papeles. Dueña de una elegante inteligencia y de los recursos necesarios para proveerse una preparación a la altura, la famosa exploradora, sin embargo, carece de la complejidad de un Aguirre, un Fitzcarraldo o incluso un Terence McDonagh (Teniente corrupto, 2009), lo que, por otro lado, no afecta la profundidad alcanzada por este personaje, uno de los más afines a la personalidad del director alemán y de su cine. Falta de complejidad porque vemos prácticamente a la misma Gertrude Bell desde el principio hasta el final; no existe en ella la mínima duda, el mínimo tropiezo de ánimo ni la más leve muestra de complicación moral. Por momentos pareciera que Herzog es demasiado complaciente con su primera protagonista femenina. Esto provoca que en varios puntos sintamos que la película no se dirige a ningún lado. Al final de la cinta podría adivinarse un giño a la inmersión del personaje histórico en la política colonialista, pero esto sólo para quienes tengan la curiosidad de revisar la biografía de Gertrude Bell, pues en la historia vemos casi sin cambios a la misma persona de las dos horas anteriores. Nos quedamos esperando algo diferente, como también quedamos a la espera del nuevo acto mágico que Herzog ha diseñado para atraparnos en su mundo de imágenes y sonidos.

Sin embargo, lo que no ocurre al nivel de la narración se compensa en algunos tramos del filme con escenas de una belleza pulida y fría, que encuentra en la contención de las emociones el paroxismo que extrañamos en otros momentos. El viaje de la protagonista se mide en hondura. Más que «cambios de fortuna», hay en su historia un constante andar hacia lo que hay dentro: en ella misma, en las culturas que conoce, en la literatura que lee y en las personas con las que se relaciona. No hay traiciones ni arranques de ebriedad que la acerquen o alejen con violencia; únicamente un ir hasta el fondo de las cosas que llenan su mente de sabiduría humana y su corazón de una fortaleza tan sólida como los milenarios vestigios de las civilizaciones que habitaron el desierto siglos antes que ella.

Quizás la gran metáfora de esta excavación espiritual sea el papel que desempeña la poesía para Bell, en la cual encuentra al mismo tiempo un ideal que perseguir y un medio de expresión para dar forma al caudal de sus impresiones de viaje. Un momento importante en el desarrollo de esta relación es cuando ella decide aprender árabe para poder leer los poemas antiguos en su lengua original, lo que al mismo tiempo le abre las puertas a una mejor comunicación con su entorno. A partir de este momento, no se cansará de ir cada vez a rincones más inhóspitos ni de conocer a las personas más misteriosas del desierto árabe. Otro momento significativo es cuando exige encontrarse con el jefe de los drusos, con quien mantiene una conversación de la que los demás, sus súbditos y sirvientes, están excluidos:

 

BELL: Soy escritora. Escribo sobre la belleza de la tierra y de la gente.

JEFE DRUSO: ¿Entonces eres poeta?

BELL: De alguna manera, pero no describo lo que veo; yo sólo nombro su belleza.

 

El líder árabe demuestra una saludable cultura literaria oriental y occidental, y reconoce que su interlocutora se ejercita en un estilo poético parecido al de «nuestros poetas», es decir, los escritores antiguos de aquel milenario territorio. Este «nombrar la belleza» está muy cercano también a la poética que Werner Herzog defiende para su propio cine, bajo la premisa de que éste puede alcanzar esos momentos de éxtasis de la poesía.[1] Tan claro es este fenómeno que Herzog llega a decir de un documental suyo (Into the Abyss, 2010):

 

La belleza no fue encontrada ni creada por mí, sino por algunos de los mismos protagonistas de la historia. Yo no querría añadir un elemento estético deliberadamente. Yo, en todo caso, encontré hechos que van más allá de la simple acumulación de datos. Creo que encima de los hechos, en casi cualquier reportaje, se puede encontrar una verdad que va más allá, que es más profunda que la simple narrativa y que nos dice mucho acerca de la condición humana.[2]

 

En el caso del director alemán, su cine toma experiencias fuera de lo común y hace partícipes de ellas a los espectadores, algo que podemos notar en su fascinación por documentar situaciones o lugares que él ha vivido con una sensibilidad especial. Mientras tanto, Bell emprende una búsqueda personal: aislada desde muy joven por sus intereses y su inteligencia, busca una finalidad en lo exótico y oscuro. Ésta llega, en forma de una idiosincrasia, un paisaje, una lengua y una literatura que le son desconocidas. Su vida se convierte en una inmersión estética en un mundo extraño. La trama es poco importante, como la vida misma, cuyo final conocemos siempre; lo que se vuelve fundamental es no detenerse en la constante acumulación de momentos grandiosos que le permitan sentir algo nuevo. La película, así, forma un ente poético más que dramático, del cual podemos extraer instantes de verdadera emoción humana.

Uno de estos momentos que encuentro mejor definido, es la secuencia en la cual Gertrude Bell y Henry Cadogan (James Franco) visitan la Torre del Silencio, en donde los buitres devoran cuerpos de difuntos que han sido llevados hasta ahí como parte de un ritual funerario. Al mismo tiempo está consolidándose el amor entre los dos personajes mientras ingresan en una especie de túnel temporal que pone frente a frente al amor y a la muerte, que hace chocar el prurito científico de estos exploradores con la arquitectura y las creencias de otra cultura y que, al final, los devuelve su ámbito cotidiano llenos de un sentimiento vivo que crece en los dos. Las creencias que hacen de los buitres animales sagrados y de la atracción entre Bell y Henry algo espiritual, tienen su fundamento en unos supuestos poéticos que se han transmitido durante generaciones.

Este primer enamoramiento de Gertrude Bell es una de las partes más intensas y llena de significados. Por ejemplo, la moneda antigua con la efigie de Alejandro Magno cuya mitad Henry le regala a Bell carga, además del sentido amoroso, un simbolismo decisivo en la relación entre la poesía y la vida. El rey macedonio es el gran modelo del explorador occidental en oriente, alcanzando para su época una empresa desproporcionada para cualquier otra persona. A su tremenda ambición se suman, además de un acopio de recursos humanos y materiales hasta entonces inigualable, un bagaje cultural que se remonta al inicio de la escritura griega y la conservación de la épica homérica. Pocas anécdotas me parecen tan alucinantes como la que cuenta que Alejando Magno viajaba por oriente con la edición de la Ilíada anotada por Aristóteles, su tutor y maestro, como una especie de amuleto y recordatorio de aquello que significaba ser el soberano más poderoso que hubiera visto la civilización helénica.[3] Al menos tres momentos determinantes para nuestra cultura se unen en ese acontecimiento: los valores e ideales de la épica homérica (uno), que son interpretados y puestos al día por el gran sabio de la Grecia clásica (dos), y esgrimidos por el político, guerrero y conquistador (tres). Bell y Alejandro –claro que en proporciones muy distintas– reciben de la escritura poética una razón de ser y un forma de hacer; ya sea en su afán de ir hasta lo más lejano o lo más recóndito, ya sea para crear un modelo de amor (Alejandro-Efestión, Bell-Henry), o bien, por una relación paradójica, como herramienta para conocer y empatizar con quienes son diferentes mientras se justifica la imposición de una ética personal.

Como puede verse, la veta que se abre al indagar la trascendencia de la poesía en la historia es inmensa. En todo caso, el guiño a Alejandro Magno es tan luminoso para esta película como para la filmografía entera de Herzog. Me parece que La reina del desierto queda a deber en cuanto a la importancia política e ideológica que tiene un personaje como Gertrude Bell para la historia del siglo XX. No es que estos aspectos sean más relevantes que la personalidad grandiosa, valiente y sensible de esta mujer (lo cual queda bien registrado), sino que percibo la singular visión de Herzog un tanto amarrada durante todo el filme, lo que nos priva de su estilo más transgresor, capaz de arrebatar sensaciones de asco, rabia y risa con un solo personaje. Sin embargo, creo adivinar un lazo mucho más fuerte entre el director y esta protagonista. Con otros personajes ha compartido su necesidad de explorar territorios inhóspitos y de descubrir en ellos las múltiples aristas de una humanidad en bruto, que pueden pasar del egoísmo más grosero hasta el heroísmo.[4] Pero entre Bell y Herzog existe también el parentesco de dos seres a quienes no les importa ir detrás de espejismos que nadie más persigue, siempre y cuando estos espejismos tengan aún por delante nuevos caminos por descubrir. Su ansia, su sed de poesía, los empujará hasta fuentes eternamente desconocidas para los demás, sus adeptos, sus espectadores.

 

 

 

NOTAS

[1] «Detrás de las imágenes, detrás de la visión, detrás de la historia, detrás de la gramática de la narración y la gramática de la imagen hay algo cuya experiencia el cine puede ofrecer en muy raras ocasiones, se toca entonces una verdad más profunda. No pasa muy a menudo, pasa en poesía. Aun cuando me haya alejado un tanto de él con los años –es un poeta para los que tienen quince, dieciséis o diecisiete años–, al leer a Rimbaud se siente instantáneamente que hemos rozado algo extático.» (Herzog, «La verdad extática», Página 12: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-8947-2013-07-01.html)

[2] «Entrevista con Werner Herzog», en Hola Ciudad!: http://goo.gl/SafyHE

[3] «Como buen pupilo de Aristóteles, Alejandro leía los textos griegos, mandaba representar tragedias griegas para entretenimiento de sus soldados durante la campaña de Asia y compartía la fascinación que sentían sus hombres por el nuevo mundo que los rodeaba y que a veces parecía evocar los antiguos mitos de los griegos. Pero también supo modelarse tomando como referencia al héroe supremo de la épica homérica, Aquiles. En Troya corrió desnudo hasta el lugar en el que supuestamente se encontraba la tumba de Aquiles, mientras que su amante y amigo, Hefestión, coronaba la tumba de Patroclo, el amado de Aquiles. Colocó su copia de la Ilíada de Homero, con anotaciones de Aristóteles, en la arquilla más preciosa que arrebató al rey de los persas. Cuando los atenienses le enviaron un embajador llamado Aquiles, accedió a todas las peticiones de aquéllos. Homero encontraría en Alejandro su mejor y más ardiente intérprete.” (Robin Lane Fox, El mundo clásico, Crítica, Barcelona, 2007, p. 295)

[4] «Leo el corazón humano. Es una parte importante de mi profesión. A leer el corazón humano no se aprende, sólo la experiencia lo puede enseñar. Hablo de experiencias muy elementales. ¿Qué significa estar preso? ¿Qué es tener hambre? ¿Qué es criar hijos? ¿Qué es la soledad en el desierto? ¿Qué significa estar enfrentando a un verdadero peligro? Experiencias básicas, lo más elemental que existe.» (Herzog, «La verdad extática», op. cit.)

 

 

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Héctor Rojo (1984) tiene estudios de literatura en la UAM-I y en la Universidad Veracruzana. Puedes contactarlo en: hrojoaj@hotmail.com y hrojoaj@gmail.com

 

Revista cultural

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