Breve historia del cine zombie mexicano

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Ali López

 

Los zombies parecen ser una moda en los medios audiovisuales, pero lo cierto es que su historia en el cine data de hace varias décadas. Se considera al estreno de White Zombie (Victor Halperin, Estados Unidos) en 1932 como el inicio formal del subgénero cinematográfico de este monstruo. El zombie de aquellos años era el hombre o mujer que se encontraba bajo la influencia de un brujo (un Bokor para ser exactos), y cuyas acciones eran controladas por medio del vudú.

Fue George A. Romero con su obra The Night of the Living Dead (1968) quien marcó un «antes y después» en la forma de presentar a estas criaturas, que se convertían en seres ávidos de carne y desprovistos de humanidad como una metáfora crítica de la sociedad capitalista. El zombie siguió evolucionando con el transcurso de los años y adquirió otras características, como la necesidad de consumir cerebros (The Return of the Living Dead, de Dan O’Bannon, Estados Unidos, 1985) o la velocidad (28 days later…, Danny Boyle, Reino Unido, 2002).

Pero si de diversidad en su representación se trata, podría considerarse que hay un subgénero dentro del subgénero, el cual ha encontrado un pequeño nicho de producción que se mantiene hasta nuestros días y ha permeado la cinematografía mundial, con México como su lugar de origen: la mezcla fantástica entre el cine de zombies y el de luchadores. El primer título que se viene a la mente suele ser Santo contra los zombies (1962) de Benito Alazraki, y que dada la popularidad del enmascarado de plata se ha convertido en la primera referencia para el cine de zombies en nuestro país. Sin embargo, y a pesar de que la cinta contiene descabelladas escenas de zombies y luchadores enfrentándose en el ring, haciendo todo tipo de llaves y movimientos luchísticos (lo que dota así a la película y al subgénero de una particularidad nunca antes vista), ésta no es la primera mezcla de enmascarados y muertos vivos.

El primer responsable de este tipo de encuentro es Fernando Méndez con Ladrón de cadáveres, de 1957,[1] cinta en la que los zombies son hombres[2] normalmente desprovistos de conciencia, que, bajo las órdenes de su amo, buscan realizar alguna fechoría. Esta premisa sobrevivió, cual monstruo incapaz de morir, en la mayoría de los filmes de luchadores contra zombies.

Pero estas películas cuentan, además, con otro rasgo característico al alejarse de sus hermanos de Europa, donde el gore se asentó con mayor fuerza, mostrándonos zombies sangrientos y putrefactos, además de un alto y explícito contenido sexual. Los zombies mexicanos no hacen más que luchar ante sus posibles víctimas; no buscan morder a los humanos o arrancarles la carne, sino únicamente pelear, hacer llaves de lucha libre y dar o esquivar patadas voladoras.

La lista de títulos en que los zombies deciden entrarle al pancracio se complementa con otra cinta del ídolo de multitudes, el Santo, quien se enfrenta a estos entes en Profanadores de Tumbas (José Díaz Morales, México, 1966), que cuenta, básicamente, con la misma trama de Santo contra los zombies. Además, este luchador comparte créditos con su colega, antes contrincante, Blue Demon, en Las momias de Guanajuato (Federico Curiel, México, 1972), donde los zombies se acercan más a los muertos vivos de la Hammer Films (predecesora de la inmejorable Plague of the zombies, de 1966) que a las tradicionales momias de cine, como la mostrada por el maestro Karloff en el clásico de la Universal The Mummy (James Whale, Estados Unidos,1932).

Pero no sólo de luchadores vive el cine mexicano. Hay algunas otras producciones y coproducciones nacionales que han cimentado su trama en la figura del zombie sin la presencia de un héroe del ring. Por ejemplo, Misterios de ultratumba (México, 1959), de Fernando Méndez, una cinta que para los estándares actuales no tendría una temática zombie pero sí juega con elementos de los revivientes.

Además de Méndez, Benito Alazraki ofreció otras cintas de zombies. La primera, Muñecos infernales (México, 1961), utiliza el tópico del vudú para la creación de zombies. Ésta es, sin duda alguna, una de las mejores películas de zombies mexicanas, pues su temática es envolvente, además de tener una trama interesante y un original e inigualable diseño de los monstruos, zombies y otros seres malvados.

De Alazraki también encontramos Espiritismo (México, 1962), adaptación de la historia corta La pata del mono de William Wymark Jacobs, en la cual una madre pide a la extremidad mágica que su hijo muerto regrese al hogar. Al cumplirse su deseo, ella descubre lo funesto de revivir a los muertos. Así vemos que el zombie vuelto a la vida comienza a cobrar importancia en la historia, pues su impacto visual, así como el social y psicológico, es mucho más intenso.

Otro director que repite en el subgénero es Chano Urueta con El barón del terror (México, 1962), que gira en torno a una venganza acarreada desde la época de la Colonia hasta nuestros días y que, otra vez, presenta a un personaje que logra vencer las barreras de la muerte. Es importante señalar que la causa del retorno del ente maléfico se adjudica a un cometa, lo que se anticipa a lo propuesto por Romero en su filme La noche de los muertos vivientes. Otra similitud es que el cerebro humano es el blanco de la bestia; sí, muchos años antes de que se contemplara este órgano como parte de la dieta zombie en la industria fílmica estadounidense.

Para finalizar con la década de los 60 y su filmografía zombie, hablemos de La marca del muerto (México, 1961) de Fernando Cortés, película que nuevamente intenta impresionar con la condición del muerto-vivo y los pesares que caen sobre quienes lo trajeron de regreso. Ésta se convierte en una cinta significativa e importante para la cinematografía mundial pues, según Mauricio Matamoros en su texto «Eones de oscuridad e ignorancia»,[3] es la primera adaptación cinematográfica de un texto de H.P. Lovecraft en la historia. Otra cinta estrenada en esos años es Doctor Satán (Miguel Morayta, México, 1966), donde Joaquín Cordero interpreta a un científico loco creador de una pequeña horda de zombies para conseguir mucho dinero.

Terminaremos con esta época del cine de zombies en México señalando la coproducción méxico-estadounidense Snake People (1971), codirigida por Juan Ibáñez y el mítico Jack Hill. Esta cinta regresa a la temática del vudú y la brujería (cuando esto ya parecía pasado de moda), al tener como bruja mayor a la única e inigualable Yolanda Montes «Tongolele». Además, ostenta la distinción de ser uno de los últimos filmes de Boris Karloff, quien al igual que Bela Lugosi, terminó su carrera en producciones de bajísimo presupuesto y tampoco vio el resultado final de su última filmación (Snake People se estrenó dos años después de la muerte del actor, al igual que The Incredible Invasion, cuarta cinta del conjunto méxico-estadounidense,[4] donde Karloff comparte créditos con Enrique Guzmán).

 

Como vimos, los años 70 estuvieron plagados de máscaras contra cabelleras (podridas), pero en las décadas de los 80 y 90, el zombie en México mutó. Sin embargo, la producción fue menor en lo referente a niveles de estrenos comerciales o filmaciones en 35 mm, pues el video fue el receptáculo del cine independiente y serie B (aunque para desgracia de nosotros, rastrear los títulos bajo ese formato resulta una labor ardua de resultados poco factibles).

Justo comenzamos la década de los 80 con una de las cintas más interesantes y populares del zombie en México: La invasión de los zombies atómicos (Umberto Lenzi, España-México-Italia, 1980), que cuenta con muy poco de producción mexicana pero es protagonizada por uno de los actores más representativos de la fantasía nacional: Hugo Stiglitz. Esta película rompe con toda la hegemonía de los muertos vivos nacionales, pues tiene un tono más sangriento y terrorífico que lo producido hasta entonces en el país.

La industria nacional cayó entonces en un bache y las estrellas de la televisión mexicana pretendieron ayudar a los números en taquilla, además de cruzar el río y triunfar en la pantalla grande. Es así como muchas producciones se vieron adornadas por actores y actrices, además de directores y productores, de telenovelas. Y como el terror en el mundo estaba de moda, estos seres emergidos de Televisa decidieron entrar al género.

Los hermanos Galindo produjeron Cementerio del terror (Rubén Galindo Jr., México, 1985), cinta que cuenta, otra vez, con la participación de Hugo Stiglitz, además de personalidades como María Rebeca, Erika Buenfil, Eduardo Capetillo y Andrés García Jr. Para estas fechas, el videoclip/cortometraje «Thriller» de Michael Jackson y John Landis ya había hecho de las suyas, por lo que la manera en que los muertos vivos emergen de las tumbas resulta, digamos, peculiar.

Bajo la dirección de  Rubén Galindo Jr. tenemos otras tres cintas cercanas a la época que mantuvieron al zombie con vida en el cine nacional. Primero, Dimensiones ocultas o Don’t Panic (México, 1988) cinta filmada en inglés, pensada para un público extranjero, pero que terminó siendo doblada al español para un estreno en México; una historia más cercana a la venganza de ultratumba, entre Poltergeist (Tobe Hooper, Estados Unidos, 1982) y Hellraiser (Clive Barker, Reino Unido, 1987), pero que muestra a un ser con características, sobre todo físicas, muy parecidas a las de los zombies. Dicha película cuenta con la participación de las entonces jóvenes promesas Raúl Araiza y Roberto Palazuelos, así como consagrados actores que ya habían participado en el género: Helena Rojo y Jorge Luke; además, tiene efectos visuales bastante logrados y una escena romántica capaz de provocar risa.

Seguimos con Ladrones de tumbas (México, 1990), la historia de un muerto vivo que busca procrear al anticristo, no zombie del todo, pero que mantiene la tónica del cine nacional y su fascinación por los muertos vivos; además, cuenta con la participación de Ernesto Laguardia. El siguiente año apareció Resucitaré para matarlos (México, 1991), cinta de venganza que muestra a un muerto-vivo único, muy a la usanza de los zombies de los años 30 o 40, pero contagiado de la fiebre y estética de The Terminator (James Cameron, Reino Unido-Estados Unidos, 1984); aquí actúan Luis Gatica y Armando Araiza.

Para continuar con los gloriosos años 80, cuando todo podía pasar, sucede un encuentro entre el cine de zombies y México digno de un libro entero. En su título Zombi 2 (Italia, 1979), Lucio Fulci visualiza una de las escenas más oníricas y disparatadas de la historia del cine: un zombie peleando contra un tiburón. En la época cuando el CGI no era ni siquiera un buen prototipo y los efectos mecánicos resultaban un fuerte gasto, la mejor manera de resolver este problema de producción era disfrazar a un buzo de zombie y enfrentarlo contra un tiburón real. Así es como Ramón Bravo, famoso oceanógrafo mexicano y experto en tomas subacuáticas, se personificó como un muerto vivo, bajó a las aguas y confrontó a un tiburón vivo.

 

La década de los 90 se perdió en un abismo de video casero y pocos estrenos. El género de terror en el país cayó en un agujero como nunca antes había estado, pero como buen zombie, salió de la tumba pretendiendo regresar a atemorizar a la población. En 2011 se estrenó Los infectados, de Alejandro Alegre, cinta que causó revuelo y llenó salas, pero dejó un amargo y triste sabor de boca en el público.

Para el siguiente año, en plena invasión zombie, cuando estos come-cerebros estaban en todos los medios de comunicación, surgió en México una cinta diferente: Halley (Sebastián Hoffman, México, 2012), cinta más cercana al cine de autor que al cine de género, pero que toca el tema de la vida y la muerte, o de la no-vida, ¿o no-muerte?, con un tono similar, aunque menos gore y más auteur, al de I, Zombie: The Chronicles of Pain (Andrew Parkinson, Reino Unido, 1998).

En la cinta antológica México Bárbaro (México, 2014), formada por ocho segmentos de ocho diferentes directores, hay uno enfocado en la temática zombie: «7 veces 7», de Ulises Guzmán, que genera un tono para los muertos vivos interesante y tiene una estética digna.

Para finalizar, habrá que mencionar tanto a la más reciente cinta de zombies en México como a la registrada como inicial. La primera película mexicana de zombies es Misterios de la magia negra (1958), del H.H. Miguel M. Delgado, que tiene en su trama el tema de la brujería como medio para crear zombies; sin embargo, su esencia es similar a la del Dr. Frankestein y su locura. El estreno más reciente es Ladronas de almas (México, 2015), del maestro Juan Antonio de la Riva, que es, sin temor a equivocación, la mejor película de zombies del cine nacional; una historia inteligente, con un manejo del zombie poco visto tanto en México como en el mundo, empoderamiento femenino, actuaciones notables y una dirección marcada por las remembranzas de los clásicos del género.

Es difícil saber lo que el futuro depara. Por lo pronto, no hay alguna cinta mexicana de zombies anunciada para filmarse o estrenarse, pero como ya lo sabemos: ellos siempre vuelven.

 

 

NOTAS

 

[1] Méndez también fue director de El vampiro (México, 1957), aquella película que consagró a Germán Robles como el mejor chupasangre del cine nacional.

[2] Es precisamente al final de esta cinta cuando el malvado científico enmascarado recita: «Serás la primer (sic) mujer zombie».

[3] En revista Cine Toma, año 3, número 13, pp. 15-16.

[4] La otras dos cintas son La cámara del terror y Serenata macabra, ambas de 1968 y dirigidas por Jack Hill y Juan Ibáñez.

 

 

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Ali López (Ciudad de México, 1990), escritor underground, ha publicado diversos cuentos y relatos en antologías independientes, con géneros y temas como el realismo sucio, la ciencia ficción, el terror, la high fantasy y el cine. Ha colaborado en revistas como Superficie y Playboy México.

 

 

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