Recuerdo de Athelberg

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 Andrés-Miguel Blumenbach

 

Es el año 7096. No quisiera revivir los hechos de la historia que le debieron a los hombres el martirio de la espera, esa guerra que nunca esperaron amonedar en la opinión de todos. Desaparecieron los gobiernos, el viento de la usura y el comercio de los cuerpos, pero también las bellas artes y la fatalidad del presente. Ese vacío, insospechadamente eficaz, le devolvió a las sociedades la pletórica costumbre del silencio y las ternuras de los tiempos de ocio. Pienso que el tiempo que nos queda es escaso, que las civilizaciones fueron la inmutable flor de la Memoria al arrastrar la combinatoria de su ser a la tierra para reintegrarse a nuevas formas del tinglado espacio-temporal que somos, que nunca dejamos de ser. Breve noticia de nuestras costumbres: vivimos de los pastos que la llanura colorea con la luz de la mañana, y de la misma luz en fechas estivales; del mar que es extensión de la nostalgia, por lo que parece que pudimos convenir en repartir los minerales que nos permiten justificar nuestra escasa política; y de la una noche, que aherroja la ceremonia del fuego.

 Los estudiosos (que de vez en cuando visitan las tribus) conservan cierto altar oblicuo engastado en una pulida superficie de plata. En él se entra al conocimiento del pasado y del porvenir de unos pocos segundos por medio de un complejísimo sistema musical. Aprendemos escuchando. Así pudimos observar que, en las postrimerías de los siglos de la industria, existieron figuras geométricas que albergaban, no sin vanidad, las vanas pesquisas de los escritores. Yo, Weidtiz Athelberg, de la familia Athelstan, entendí que las especies, antes de extinguirse, recuerdan cada instante que le deben a su linaje, en otra época llamado moral, o ética, por sus especímenes más tristes. Así, me sorprendí al descubrir las notas de estudio de la ciencia eufónica y de la gramática. Resguardé para mis días contemplativos este inédito reporte, que ahora recitaré por medio de un anacronismo digital y que, apoyado en columnas de piedra volcánica, da cuenta de una civilización de bárbaros helénicos aunque no es posible soslayar, del todo, sus nociones filosóficas a propósito de lo que no es indigno pretender. Debo este vino de siete cónsules (la expresión es de Alfonso Reyes) a la sagacidad de uno de los herederos de la mitología del Xitle, Torres-Raúl-Doctor, pues acaso la precisa entonación de las palabras vale más por la perenne musicalidad en que fueron forjadas, y menos por su historia:

 

 Algunas consideraciones sobre la pronunciación del griego antiguo

1. La pronunciación del griego antiguo es un tema debatido desde el siglo xv. En el debate tuvieron lugar consideraciones de carácter no sólo fonético o lingüístico, sino sobre todo ideológico-religioso. De hecho, el debate se desarrolló paralelamente tanto al desprecio occidental por Bizancio (el Patriarca de Constantinopla tenía quinientos años de haber sido excomulgado por el Papa [1054]), como a los grandes movimientos religiosos europeos de la época: reforma, contrarreforma, calvinismo, erasmismo.

 2. El humanista Desiderio Erasmo, de Rotterdam, víctima de una broma (pues era mire credulus), llegó a creer que los eruditos griegos de su tiempo «utilizaban» (usurparent) una nueva y auténtica pronunciación del griego antiguo. Presuroso, publicó en Basilea el DE RECTA LATINI GRÆ / ciqve sermonis pronuntiatione en 1528 y luego en 1558.[1] Alegando allí que la eta griega debería sonar como la «a de los escoceses y de ciertos holandeses» (!!), quizá no hizo más que difundir y malentender ideas del humanista griego Janus Lascaris. En el mundo hispánico fue Antonio de Nebrija quien defendió la pronunciación etacista, por lo que hay quien, quizá no sin razón, propone el nombre de nebrisense en lugar de «erasmiana» para esta pronunciación.

3. El alemán de origen Heinrich Christian Henning (avecindado en Holanda con su nombre latinizado «Henricus Christianus Henninius») publicó en 1684 un panfleto escolar con el curioso nombre de «dissertatio paradoxa», que proponía una curiosa simplificación de la pronunciación propuesta por Erasmo. Dado que el griego «clásico» no se pronunció en la Antigüedad jamás según símbolo ortográfico alguno (acentos, espíritus y demás signos auxiliares de la pronunciación son producto tardoantiguo y bizantino) y supuesta su cercanísima afinidad con el latín, la pronunciación debería ser igual a la de éste y no la que prescriben los signos diacríticos bizantinos. Naturalmente, el latín venía pronunciándose, desde la Alta Edad Media, de manera cada vez más cercana a la fonética «aborigen» (holandesa, francesa e inglesa, principalmente). Así, la propuesta pedagógica de Henning acabó por identificarse con una pronunciación de base «erasmiana» con color «local».

4. La mal llamada «pronunciación moderna» del griego (también conocida como «itacista», «yotacista» o «reuchliniana», por el erudito hebraísta alemán Johannes Reuchlin) es un modo de pronunciar que puede atestiguarse, a más tardar, desde fines del siglo V ante[2] (cf., v.gr. Tucídides II, 54; Brandenstein, p. 91). Esto significa que la literatura griega, desde Jenofonte (ca. 430-post 355) hasta Yanis Ritsos (†1990) y Odiseas Elitis (premio Nobel 1979, †1996), pasando claramente por Platón (cf. Crat. 418 c) y Calímaco (cf., ep. 2 [Asper]) los romanos filhelénicos todos, de Cicerón (cf. ad fam. ix 22) a la tardía Antigüedad y, desde luego la época bizantina completa y toda la historia de la Grecia turca e independiente, esto es, unos dos mil quinientos años de cultura griega (frente a los «clásicos», pero escasos trescientos de «Homero» a Sófocles [?]) pronunciaron como lo hacían todavía en época moderna en el Tractado de Orthographía y accentos, del gramático toledano Alejo Venegas, lo mismo que el mencionado Reuchlin, Lutero, Gœthe, y entre nosotros, el más insigne grecista, Francisco Javier Alegre. Todavía la Preparatoria Nacional, en 1887, proponía el itacismo como «pronunciación adoptada».[3] Huelga decir que los filólogos griegos han pronunciado siempre –y siguen haciéndolo– correctamente su lengua.

5. La pronunciación erasmiana o etacista adquirió carta de naturalización y soberanía en los estudios griegos pues, por obra del ministerio de cultura prusiano, los eruditos alemanes del siglo xix (re)fundaron la Filología Clásica e instituyeron al idioma de Platón como materia escolar. Entre nosotros se adoptó sin mayor juicio crítico debido a la reanudación en el siglo xx de los estudios universitarios interrumpidos por Maximiliano, emperador de México y, paradójicamente, filheleno y buen conocedor (itacista) de la lengua griega.

6. Que la transcripción latina tampoco es un punto de partida seguro para conocer la fonética griega antigua, lo prueban palabras como βρος (=Verus), κοιαίστωρ (=quœstor) o Νομᾶ (=Numa).

7. Escribe Manuel Fernández-Galiano, eximio helenista español:[4]

 En efecto, para que pudiéramos llegar a escribir los nombres griegos en su auténtica pronunciación de la época clásica (que parece la más importante y digna de imitación) sería menester […] utilizar los signos del alfabeto fonético internacional, y aún así, nuestro remedo de la fonética griega sería imperfectísimo, pues ni sabríamos en modo alguno reproducir la cadencia tonal de los acentos hoy perdida por nosotros, ni acertaríamos a dar a las vocales su auténtica cantidad larga o breve cuya matización también ha desaparecido, ni sabemos a ciencia cierta cómo se pronunciaba la ζ ni serían admisibles la j (χ del alfabeto fonético) para la χ clásica (que no es fricativa velar sorda), sino kh o ch, esto es, oclusiva palatal sorda más h aspirada […], la z para la θ clásica (tampoco fricativa interdental sorda, sino th, es decir, oclusiva dental sorda más h aspirada […]) y la f para la φ (ph oclusiva labial sorda más h […]), ni la y, sino la ü del alfabeto fonético para la υ, ni ei, ou para los falsos diptongos ει, ου, procedentes de contracción o alargamiento por compensación, que en realidad más bien debían ser ê, ô, esto es, e y o largas cerradas respectivamente. En una palabra, el intento sería vano y grotesco. […] el adoptar la fonética del griego moderno […] tendría la ventaja de permitir una mayor coherencia al acogerse a un idioma realmente hablado y no a una mera abstracción heterogénea.

 8. Por último, el argumento jocoso: si bien las vacas no «migen» (aunque de manera fonéticamente significativa, Erasmo, falso paladín de la «pronunciación erasmiana», se sirve en su tratado de la pronunciación correcta, del ejemplo “vacca mingit» y no de «vacca mugit»: de pron., § 1001), los gallos hacen aparentemente «ki-ki-ri-ki», pero también «gu-gu-ri-gu» (قو قو قو ر ي); y los perros «vau, vau»: βα, βα (no «bau, bau», aunque pensemos que hacen «guau, guau»), y las palomas no hacen sólo «cu-cu-rru-cu-cu», sino también «râm-râri-râri-râm» (رام رارى رارى رام), ejemplos todos de onomatopeyas animales que, alejándose tanto de la filología como de la historia de la cultura, convierten, no sin gracia, en falaz el argumento de las cabras que hacen «me», pero no hacen «mi» y las ovejas que no hacen «bi», pero hacen «be».

 

NOTAS

[1] El Dialogus se volvió a imprimir en 1643, 1704, 1740 y 1832. La edición moderna data de 1973.

[2] Cf. Eurípides. Hécuba 104s., donde el juego de palabras sólo tiene efecto dramático si el diptongo αι se pronuncia e.

[3] Cf. Rafael Romero / León Malpica: Método de lengua griega por el sistema Ollendorff. Obra de texto en la Escuela Nacional Preparatoria. México: Imprenta de Ignacio Escalante, 1879, p. II.

[4] En La transcripción castellana de los nombres propios griegos. Madrid: seec, 1969, p. 23. Véanse también Wilhelm Brandenstein: Lingüística griega. Madrid: Gredos, 1964; Engelbert Drerup: Die Schulaussprache des Griechischen von der Renaissance bis zur Gegenwart in Rahmen einer allgemeinen Geschichte des griechischen Unterrichts. Paderborn: Schöningh, 1930 (Studien zur Geschichte und Kultur des Altertums vi. u. vii. Ergänzungsbände); D.C. Hesseling / H. Pernot: «Érasme et les origines de la prononciation érasmienne», en Revue des Études Grecques 32 [París] (1921), pp. 278-301; también Chrys C. Caragounis: «The error of Erasmus and Un-greek Pronunciations of Greek», en Filología Neotestamentaria 8 (1995), p. 153 [asequible por Internet]. Christos Karvounis: Aussprache und Phonologie im Altgriechischen. Darmstadt, 2007.

 

 

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Miguel Blumenbach (Ciudad de México, 1988) es poeta, traductor y ensayista. Ha realizado estudios de filosofía y literatura en el Collège de France, en la École Normale Supérieure de París y en la UNAM. Ha colaborado en Bonsái, Punto en Línea, Opción, Ágora, así como en publicaciones de España y Chile. Pertenece a la Asociación de Textos y Cursos Clásicos (ACTC por sus siglas en inglés) con sede en Moraga, California. Se ha dedicado a revisar la historia de la poesía alemana, turca y árabe.

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