Las llaves de los cabalistas

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 Andrés-Miguel Blumenbach

 

 

Puerta primera: Emanuel Lasker

Como los versos que relumbran en la pluma del toscano, como el eco de una fuente en una calle perdida, como los libros nunca escritos cuya lectura aguardan en el Paraíso; el ajedrez es el elogio, la refutación, el menoscabo y la grandeza que los hombres regalaron a los hombres. Sus atributos son los de una trama oculta que revela un orden a los ojos de sus sacerdotes. Emanuel Lasker, filósofo, algebrista, no es indigno de una modesta gloria. Coetáneo del famoso Hilbert (del matemático que hubiese preferido no conocer a Gödel) y honorable oponente de Steinitz, Tarrasch, Capablanca, su biografía es el olvido de copistas. Se sabe que fundó una revista donde florecen las bifurcaciones; que su amistad con Einstein es la sombra del fuego platónico; que en sus venas latía la sangre de Abraham e Isaac; que su nada entrevió los anillos de polinomios; que, perseguido, murió en la tierra de Whitman como otros tantos valerosos; que su reinado saludó a la luna durante veintisiete años; que en sus ojos quedaron tatuados los ríos Berlín, Erlangen, Göttingen o Heidelberg; que es inventor del juego Lasca, ingenio ahora vuelto una fruslería y una vanidad; que al perdido hábito de las piezas le continuó el de la dramaturgia (Vom Menschen die Geschichte, «Historia de la humanidad»), y que su pluma denunció la violencia y el antisemitismo. Todo ello es el dorado pero anónimo polvo que brilla en los pies del Recuerdo como el de tantos otros cuya vida es, ahora, una hoja en un prontuario amarillento, o en un atlas reducido. Murió en 1941, cuando frisaba los setenta y dos años. Le sobreviven arduos planteamientos, rarísimos prismas que reflejan la luz… sin ser el Sol.

 

 

Puerta segunda: Vida de Plotino

Desconocemos el lugar de nacimiento de Plotino. Eunapio anota que su alba fue Licón y, Suidas, Licópolis. Como sea, era oriundo de Egipto, especulado tal vez hacia el 203 o 204 después de la Cruz. Según Porfirio, escuchó Plotino sucesivamente las lecciones de los gnósticos de Alejandría sin encontrar lo que buscaba hasta que, al frisar veintiocho años, se puso bajo la dirección de Amonio Sacas. Fue alumno hasta el 242, tiempo en el que se adhirió a la expedición de Gordiano a Persia con el propósito de adquirir conocimientos de los sistemas filosóficos de aquella región. Habiendo fracasado la sabida empresa por el asesinato de su promotor en Mesopotamia, Plotino marchó a Roma, donde llegó entrado en años. Inauguró, pues, una escuela y gozó prontamente del favor de los más conspicuos personajes de la corte, incluso del emperador Galieno y de su esposa. Imaginó fundar la ciudad, Platonópolis, en la Campania, que habría de ser la plena concreción de la República del griego. Parece que obtuvo para ello el consentimiento del regente; pero, por cualesquiera razones, éste denegó eventualmente ese hipotético permiso y el proyecto se desvaneció con un rumor de la pagoda en Babilonia.

Cuando contó sesenta veces la caída de las hojas tuvo por discípulo a Porfirio mismo, quien más adelante registró la vida del egipcio debido, tal vez, a una culposa admiración. Fue él quien intentó dar forma sistemática a los escritos del otro, dividiéndolos en un hexágono de libros, cada uno de los cuales contaba nueve capítulos. De ahí el nombre de Enéadas con que conocemos sus obras. Aunque, según cuentan, ese grato amante del conocimiento poseía un estilo oral delicado y elocuente, sus papiros (ese fósil que es el estilo escrito) eran, en cambio, poco afortunados. La empresa de Porfirio fue, por tanto, insalvable de escollos, pues se propuso conservar fielmente el estilo cristalino del autor. El legado de Plotino ha sido siempre una fuente de dificultades para cuantos han querido editarlos en la posteridad, salvo que cada letra de sus manuscritos, anónimos o vernáculos, es toda la literatura; cada átomo, también, es el relámpago que historia la noche, la hégira a través el desierto, ¡la hora de tu nacimiento, oh lector! pero es también Plotino.

Copleston, A history of philosophy (1946).

 

 

Puerta postrera: Las ruinas habitadas

Entre los varios usos que premeditan la antropología se observan dos: el haberla relegado a un fuero anónimo, de gente como ecos volcadas en pasillos austeros, glaciales; y el haberla transmutado en mito, como una dársena cuyos bajeles fatigan secretamente o como una máscara ritual swaihwé de las distantes Nootka y Sanetch. El conocimiento es un lenguaje secreto; su principal disposición las aulas y el temblor de los libros. Dos personajes premiados con evanescente olvido, Marción Alcante y Darío Bjurström caminan por el último avatar de la historia del estudio. Sus explanadas son inauditas; su democracia menos un logro de la libertad que la inverosímil compra de la moral europea; su templo principal se ha vuelto un panal donde liban la desesperanza, la frustración, el resentimiento; sus arboledas recuerdan a las manecillas de antiguos relojes pues reciclan cierto panorama que no desmerece los escolios y grabados de Boas o de Lévi-Strauss. Los sacerdotes de esas ínsulas visten con arreglo a lo poco que logran o descubren, semejantes a túnicas marroquíes. Ofician el temor al profesor y le ofrecen tributo con lisonjas, invocan la secta del fénix gratuitamente y, sin desmedro, levantan fiel homenaje a la divinidad del doctor philosophiae. Un pirámide refiere: Más allá de mi sombra las conciencias se doblegan por el miedo. Un obelisco recuerda: La lisura de mi superficie no es sino la luz misma, su reflejo son cristales que los esclavos trafican en su memoria. Cierto crómlech puntualiza: en alguna de mis grietas crece una flor azulada que nadie alcanza ver; su color es inexistente por el ojo que no puede entenderlo. Cierto grupo de murales como un dolmen vaticina: en mi interior habita toda Atenas. Este lugar aguarda el cumplimiento de las doctrinas ilustradas. Algún día será estragada por habitantes que portarán un fuego y una sal sutiles. Leerán la completa vastedad de sus papiros.

No existirá, entonces, nada que pueda perdurar.

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Miguel Blumenbach (Ciudad de México, 1988) es poeta, traductor y ensayista. Ha realizado estudios de filosofía y literatura en el Collège de France, en la École Normale Supérieure de París y en la UNAM. Ha colaborado en Bonsái, Punto en Línea, Opción, Ágora, así como en publicaciones de España y Chile. Pertenece a la Asociación de Textos y Cursos Clásicos (ACTC por sus siglas en inglés) con sede en Moraga, California. Se ha dedicado a revisar la historia de la poesía alemana, turca y árabe.

Revista cultural

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