Arquitectura sin arquitectos

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Nota para el advenimiento de un arte poco entendido

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 He who is firmly seated in authority soon learns to think security,

and not progress, the highest lesson of statecraft.

J. R. Lowell, Among my Books

 

Andrés-Miguel Blumenbach

 

Siempre me han gustado los bosques. Pienso, con el afán de historiar una idea, que no es posible dejar de interrogar su belleza cada día, en cada nervadura y cada rama. Cuando niño, la espesura de New Jersey me dejaba entrar en su verdor. Ocultaba un lenguaje tan preciso, natural a todos, y que no era el mero concurso de árboles y atardeceres, sino el de la participación unívoca de mi persona en ese innumerable museo. Cerca del jardín, una tapia de matas escondía la escultura de un oso del norte, en madera revestida, y que de algún modo estimaba por la generosidad de su mirada inmóvil. Comprendí, al observar las hojas doradas o el mar luminoso de luciérnagas en el círculo de la noche, que el jadeo del bosque era menos un hecho fortuito que la transmutación perfecta de un objeto natural (pensemos, por ejemplo en las altas frondas del alerce) hacia una de las experiencias de la felicidad. ¿Qué fenómeno tenía, pues, ante mí?

Debemos convenir en que la naturaleza de las cosas aspira al orden, y que el señorío del arte es entendible por la restauración del vínculo entre lo pensado (la estructura del concepto) y la realidad inmediata (la forma de la experiencia). En otras palabras, entre razón y vida. Lo mismo cabe declarar para el arte político, ya para agotar su contenido en el principio de tomar conciencia, ya porque es imposible que el hecho estético sea aceptado sin la suma de las circunstancias que lo han creado. Pienso, por ejemplo, en la Fontaine Saint-Michel, en París. Su hechura neoclásica de columnas corintias son una vindicación modernista de la historia, pero también su presencia ha querido impugnar la ocupación alemana. No es menos ignorado que fue el centro de reunión de protesta de los estudiantes, en 1968. Ese propósito, ahora tan desestimado por las galerías y que sus escultores no podrían saber, es harto más grave por cuanto descubre que el juicio y el valor de las cosas es cambiante y descifrable sólo en relación al significado que le es inoculado. En el tablero de ajedrez, una dama es menos un alfil o una torre si el consenso la amoneda en ese valor. Tal es la signatura de una obra de arte, muchas veces inesperada, pues la actividad teorética y su arte no se desvinculan de la vida. Yo me pregunto, salvo que la trama de las cosas nunca es fortuita debido a la existencia de un orden oculto, si ese tema de un arcángel que ajusticia al Mal, ante dos dragones que hacen las veces de testigos, podría haber determinado la instancia decisiva de una obra que, ya se ve, es más política de lo que parece, y que refleja las tensiones entre el orden social y su aspiración. No obstante, creo que podemos aceptar la idea de un proceso evolutivo en el arte.

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Ya que el poder produce sus propias verdades, pero el poder es en realidad la posibilidad (¿de qué?), intentemos concebir la historia de los hacedores como la vía que va desde 1) la mitología y la religión hasta 2) la imagen individual del ser humano en la vida política, racional y que se ha desvinculado de las ideas de salvación y destino. En ese caso, la razón nos dejaría saber que actúa como el regulador de las pasiones en función de un bien comunitario homogéneo, y que supera la autonomía de cada individuo. En el estadio religioso, un tipo de arte quiere proyectar las ideas de paz y orden contemplativos que suponen la culminación del espíritu en la Vía. Así es como podemos valorar a Dante, quien imaginó que ese carácter intemporal se vuelve un cristal que contiene todo el pasado como mérito y todo el porvenir como sabiduría; pero también podríamos hablar de Apolo, cuya lira está afinada por la proporción platónica del universo.

En cambio, cuando el ser humano empieza a vivir políticamente y se desprende de un conjunto de creencias metafïsicas, descubre la importancia de su libertad y de la regulación de una comunidad guiada por el juicio y la voluntad racionales. Quisiera obviar, por ahora, que el nacimiento de la filosofía ya alcanza a sentirse en la reflexión sobre la muerte, que es la idea de suyo implícita. De ahí que la valoración del arte sea, curiosamente, transferida a nociones más abstractas como los de la democracia ateniense o su símil del siglo XVIII, ideas de enorme belleza, y que Pericles el estadista o Jefferson el fundador no pudieron haber refinado sin la anuencia de un conjunto de personas, menos que el dictado directo de una voluntad divina, digamos. Del orden cosmogónico al político, el espíritu se transfiere, y así es como, en otra época, el arte queda reintegrado en una unidad más compleja, la de las cuitas del poder político, o por lo menos en apariencia. Por ello me veo conducido a valorar la manera del lenguaje y la posibilidad del hecho estético, arremolinado en torno a la poiesis, concepto indistinguible, creo, de una de sus figuras más importantes como lo es la metáfora, esa especie de magia sutil que consiste en algo más que transferir una idea de su sentido recto a otro figurado a través del fuelle de una comparación implícita o secreta (meta-«que entraña cambio» o traslación  + phérein «llevar»). Es decir, por una particular ventura, los trazos de la comunidad, y por consiguiente los de la polémica o el disenso, quedan asentados, distribuidos y regulados en cualesquiera representaciones que aspiren a dar cuenta de su proceso.

Me parece que ese el problema cardinal ante el que se inclina nuestro juicio para entender «Arquitecturas sin arquitectos». Si partimos del supuesto, bien fácil de admitir, de que la palabra lenguaje ya es el lenguaje, sería menos difícil darnos cuenta de que estamos ante un mapa y un acto poético que, de alguna manera, se adscribe a las potencias de la condición humana tomando el fenómeno de las márgenes urbanas como la sustancia de esa arquitectura lateral, modular o vernácula, definición en la que es absorbida. Pero no toda la instalación se justifica en estos fines tanto como las creaciones últimas no se funden necesariamente en la horma de las circunstancias que le han dado origen y arbitrio. Los versos de Kipling «who hath desired the sea, the sight of salt water unbounded / the heave and the halt and the hurl and the crash of the combed wind-hounded» de alguna manera nos hacen sentir la gravitación del mar. El escritor inglés comprendió, y con ello se demuestra la nombradía de su arte, que la metáfora (es decir, el hecho mágico de transmutar al mar en palabras) no es el orden de la imagen mental únicamente sino, antes bien, el ritmo de esos versos. Por un lado, el arte tiene la capacidad de transformar la realidad a la manera de la ciencia; por el otro, la estética política ha querido interrogar cada parte de la confirmación social y reflejarla tal cual es en su constitución puntual. ¿Qué es el entramado de hilos de colores sino la cartografía prolija de los procesos mentales de un grupo de individuos? De su naturaleza analítica advertimos, en una segunda meditación crítica de esta casa que se auto-construye, su ya pronta clausura cualitativa. En el decurso de su levantamiento se prohíbe la posibilidad de fruición alegórica ante el espectador, pues los elementos que la constituyen no permiten vislumbrar en un solo gesto lo que pretenden. Sin duda, el hecho estético estaría (pero no lo alcanzamos a sentir del todo) en esa incompletud que, ay, paradójicamente, ¡proviene de su contrario simétrico, la dibujada totalidad de una transformación social!

Sin duda, debemos arrojar doblones de oro ante la genial, absorbente y fecunda búsqueda por encontrar una gramática contemporánea. La historia del lenguaje ha demostrado que la evolución de las estructuras de verdad depura y sintetiza la comunicación de sus figuras más barrocas, de su manierismo. Yo quisiera homologar esa condición con el lenguaje hablado. Así, pienso en la palabra «hidalgo», que se volvió la fórmula concisa y más naturalizada de su predecesora «hijo de algo», o en las palabras ya germánicas compuestas «garmitting» (encuentro de las lanzas) y «Regenbogen» (arco de la lluvia). No menos digno sería concebir como enunciados las generosidades vanguardistas de la Bauhaus, aquella escuela de arquitectos que se deshizo del abigarrado arte decimonónico. Hannes Meyer o Mies van der Rohe habrían querido obliterar la Fontaine Saint-Michel de su catálogo de estimas. Pero no todo el arte se vacía en los fines de un camino. La estética política ni requiere ni autoriza un orden general de las cosas físicas: su esencia es el debate y el disenso. En cualquier caso, el conflicto es el resultado del acomodamiento (ahora racional) de lo diverso en lo unitario, de la restauración siempre anhelante y afanosa con la naturaleza y de la aspiración a la paz, solo que ese tránsito le corresponde a otro tipo de razón: el espíritu filosófico.

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La instalación de Sandra Calvo es un ejemplar vivo porque sus potencias son evolutivas y aspira a continuar la depuración de su lenguaje. Pienso en él como arte biológico pues busca entender el mecanismo de la ley humana; ello queda materializado en esta heterodoxa definición de vivienda: casa-construida-habitada-y-planeada, tal como ella misma lo ha referido. Sin embargo, no conviene olvidar que el tiempo siempre encuentra en la representación los espacios que permiten el cambio, lo que en el porvenir nos asegura un arte regulado por sus formas más acabadas, maduro; por tanto, revestido de belleza nueva, y que ya podemos apreciar de retope, tal como el azul mercurio de aquel cielo que en mi infancia al bosque cobijaba. Esa forma de la naturaleza no canta los procesos de su savia o del crecimiento molecular y nutritivo de sus raíces, pues son internos: de alguna manera es otro mundo que no requiere del diseño a priori de los arquitectos. De todo este ejercicio también podemos convenir una lateralidad longeva; es decir, por la forma en que funciona y por su prelación, la metáfora (ese traslado o traducción, el auténtico hecho estético) que nos ayuda a reconfigurar la posibilidad del juicio crítico ante el arte, no debe ser conceptuada como similitud con la realidad sino, mejor, alquimia hacia el objeto mismo. De otra manera no puedo entender la lozanía de escuchar la música de los sauzales o, como quería Kipling, el respiro del mar.

 

 

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Miguel Blumenbach (Ciudad de México, 1988) es poeta, traductor y ensayista. Ha realizado estudios de filosofía y literatura en el Collège de France, en la École Normale Supérieure de París y en la UNAM. Ha colaborado en Bonsái, Punto en Línea, Opción, Ágora, así como en publicaciones de España y Chile. Pertenece a la Asociación de Textos y Cursos Clásicos (ACTC por sus siglas en inglés) con sede en Moraga, California. Se ha dedicado a revisar la historia de la poesía alemana, turca y árabe.

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