¿Y si en lugar de tomar las casillas, tomáramos las elecciones?

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Héctor E. Herrera Capetillo

Mientras luchan por separado, son vencidos juntos.

Tácito, historiador y político romano

 

El dilema principal de estas elecciones ha sido ¿votar o no votar?, y si decidimos votar surge otra pregunta: ¿anular nuestro voto o votar por el menos malo? Estas disyuntivas muestran uno de los peores síntomas de cualquier democracia: los ciudadanos, en su mayoría, no se sienten representados, no tienen confianza en sus actuales gobernantes ni en las opciones que los partidos políticos ofrecen en esta jornada electoral, e, incluso, no ven en estas instituciones las estructuras por las cuales canalizar su desconfianza y hartazgo, porque perciben que ellas mismas son parte del problema.

Sin duda, existen argumentos para atacar cada una de esas posiciones: que si votamos estamos legitimando la farsa democrática en México, pues mantenemos la partidocracia y el clientelismo del sistema; que si no votamos estamos mostrando apatía e indiferencia por la vida política electoral; que si llamamos a no votar o tomamos las casillas, promovemos la violencia y, a su vez, violentamos los derechos que todo ciudadano tiene a votar y ser votado; que si anulamos nuestro voto nos anulamos, pues no tiene ninguna repercusión más allá de lo moral, y sólo favorecemos al voto duro de los grandes partidos; y que si votamos por el menos malo, caemos en el conformismo y reproducimos los vicios del sistema.

No faltan los comentarios en redes sociales, los videos que gráficamente nos explican qué pasaría en un caso o en el otro, las columnas en periódicos y los análisis y opiniones que escuchamos en radio y televisión a favor o en contra de estas opciones. Así que no tengo intención de escribir un texto en la misma dirección; en cambio, permítanme ir más allá de estos dilemas y proponer otro debate: ¿qué haremos después de las elecciones?

Me dirán –con justa razón– que me estoy adelantando, que lo más urgente es saber qué hacer en estas elecciones. Me dirán también que habrá que esperar los resultados para entender el panorama y saber qué podemos hacer, cierto, pero esta pregunta tiene una finalidad más inmediata: evidenciar que carecemos de una agenda de propuestas como ciudadanos.

Hemos vivido más de seis meses de precampañas, intercampañas y campañas; hemos sido bombardeados por millones de spots en radio y televisión, hemos escuchado las propuestas de los partidos políticos, y, peor aún, hemos visto la enorme ausencia de propuestas por parte de partidos y candidatos. Sin embargo, durante todo ese tiempo, no pensamos ni organizamos una agenda de temas sobre lo que en verdad nos preocupa, no obligamos a los candidatos a plantear propuestas sobre lo que consideramos más importante en estos momentos.

Dejamos que los partidos políticos pusieran la agenda que debíamos discutir; en otras palabras, dejamos que ellos nos dijeran qué debemos pedirle a sus propios candidatos. Esto hizo que en realidad no tuviéramos ningún tema de discusión en las campañas políticas, en cambio, el tema de la corrupción, que pudo haber sido el centro de estas elecciones, se volvió un asunto de ataques mutuos, un concurso en el que se intentaba demostrar cuál de los partidos es el más corrupto.

Así, los vales para medicinas y el primer trabajo se volvieron más importante que hacerle justicia a los miles de desaparecidos en el país; el inglés y la computación en las escuelas eclipsó las propuestas para combatir la corrupción; un internet más barato y la eliminación en el cobro de larga distancia desviaron nuestra atención de las políticas de seguridad y combate al narcotráfico. Ser turquesa, verde, naranja o de izquierda no significó la búsqueda de menos pobreza y desigualdad.

Las campañas electorales lograron diluir meses de grandes protestas que se alimentaban de escándalo tras escándalo a finales de 2014 y principios de 2015, y no porque los partidos hicieran suyas las demandas de la ciudadanía, sino porque se adueñaron de la agenda pública. El consejo del Instituto Nacional Electoral y el Tribunal Electoral sustituyeron el espacio que las calles habían ocupado después de Ayotzinapa, convirtiéndose así en el centro de lo «público».

Preguntas como ¿de cuánto será la nueva multa al Partido Verde?, ¿Marcelo Ebrard irá como candidato suplente o no?, ¿quiénes formarán parte de las listas plurinominales?, se volvieron los temas más importantes de las elecciones. ¿Dónde quedaron las protestas por los conflictos de interés, los escándalos de corrupción, los vínculos del crimen organizado con las autoridades y las desapariciones forzadas? Temas del que los partidos políticos, enlodados ellos mismos, no quisieron discutir y no los obligamos a hacerlo.

¿Qué fue lo que pasó a finales del 2014 que evitó que el movimiento para encontrar a los 43 normalistas de Ayotzinapa se convirtiera en la cabeza de las elecciones? Las protestas simplemente se dividieron entre quienes llamaron a evitar las elecciones en ciertas regiones del país, los que proponían anular el voto, aquellos que se planteaban votar por el menos malo, quienes alentaron a simplemente no votar pues creyeron que las protestas van más allá de las elecciones o que no tenían mucho que ver con éstas.

Me hubiera gustado que el llamado hubiera sido para tomar estas elecciones, no las casillas, que cada uno de quienes nos solidarizamos con el movimiento y las protestas fuéramos a las urnas con la convicción de poner un enorme 43 en cada una de las boletas; para exigir, una vez terminado el proceso electoral, que hubiera cambios en las reglas y así dar mayores facilidades al registro y promoción de las candidaturas independientes, de los mecanismos para limitar las concesiones y prebendas a los partidos políticos; lograr que el voto nulo tuviera consecuencias legales, como la anulación de las elecciones, la pérdida de asientos plurinominales y la reducción de recursos económicos para los partidos políticos.

Fallamos en hacer que estas elecciones fueran nuestras. Al poner a todos los partidos políticos en la misma bolsa, no pudimos articular un voto de castigo a los mayores responsables, tampoco supimos distinguir entre la figura general de los partidos políticos y estos que tenemos, y con ello nos negamos a la posibilidad de construir otras opciones desde la ciudadanía, de crear candidaturas ciudadanas basadas en plataformas desde la sociedad civil, en encontrar espacios y apoyos para lanzar a integrantes del movimiento como candidatos que nos representaran, o en adueñarnos de los mismos partidos. Hacer que los partidos políticos hicieran suyas nuestras demandas pudo haberse traducido en un mayor número de votos para ellos y en algunos casos en la conservación de su registro.

Las recientes elecciones españolas nos dan un panorama distinto de lo que podemos lograr. El ejemplo más claro es el caso de la activista española Ada Colau, quien en los duros tiempos de la crisis económica española fundó la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, y que hace un par de días ganó las elecciones para la presidencia municipal de Barcelona. Colau no tuvo que fundar un partido político tradicional, en cambio, articuló movimientos sociales y vecinales de la ciudad y construyó una plataforma ciudadana creada con el objetivo de formar una candidatura de confluencia entre los ciudadanos. Esa mujer, que hace dos años aparecía en fotografías siendo arrestada durante las protestas en las que se pedía la condonación de las hipotecas afuera de los bancos, ahora será la cabeza de la policía municipal y hará del tema de los desahucios una prioridad.

El miedo casi patológico a los partidos políticos en México es natural, pues hemos visto a lo largo de los años a los partidos hegemónicos abusar de su poder, a la oposición reproducir los vicios que antaño criticaron, y a los nuevos partidos, surgir de la mano de viejos políticos, desertores, exiliados y transfuguistas que no aportan ideas nuevas y que sólo buscan conservar el registro para fundar un nuevo feudo.

Así como fallamos en adueñarnos de estas elecciones, también estamos fallando en adueñarnos de los partidos políticos o en explorar la opción de partidos-movimiento o plataformas ciudadanas que obliguen a los actuales partidos a negociar. Si en España, Podemos y Ciudadanos fueron desdeñados por el Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español, ahora tendrán que reconocerlos, negociar y discutir su agenda.

Estamos en un momento clave de la vida política mexicana, ya que existe un evidente gran hartazgo e indignación. Los escándalos de corrupción no dejan de aparecer, los partidos políticos recibieron el mayor financiamiento público en la historia, en su momento de menor credibilidad; sumado a ello violan sistemáticamente las leyes electorales sin grandes sanciones, la violencia se ha adueñado de gran parte del país, gobiernos que caen, candidatos abatidos por el crimen organizado, políticos coludidos con él, policías y militares que reprimen y violentan derechos de la ciudadanía. ¿Por qué esa indignación no se ha podido traducir en un movimiento más articulado de protesta? ¿En qué hemos fallado para crear consensos en la población?

Mientras discutimos qué estrategia electoral (abstencionismo, anulación, toma de casillas) puede golpear más a los diversos niveles de gobierno y a los partidos políticos actuales, estamos creando involuntariamente un escenario en el que todos ellos se benefician, pues dividimos la protesta, la reducimos en apariencia, se disfraza de violencia, apatía, confusión y conformismo. A unos días de las elecciones, aún no sabemos por quién votaremos, en qué forma votaremos o, peor aún, si votaremos. Como nos recuerda Tácito al inicio de esta nota, mientras luchamos por separado, perdemos todos juntos.

Nuestras preguntas han ido en desorden, pues en vez de preguntarnos si debemos votar, no votar o anular nuestro voto, debemos contestarnos ¿qué queremos lograr con ello? Una vez que sepamos qué México queremos después de las elecciones, entonces podremos pensar en una estrategia para lograrlo. Pero, ¿qué es lo que en realidad queremos: la renuncia de Peña Nieto, la dimisión de su gabinete, que se vayan todos los partidos políticos, que el PRI-PVEM no controle el Congreso, o que cambien las reglas del juego y se elimine a la partidocracia como centro de la vida electoral, o que nuestras agendas sean el centro de la discusión?,

Entonces, repito la pregunta: ¿qué queremos hacer después de las elecciones?, ¿cómo podremos conciliar las protestas fragmentadas? De esas respuestas dependerá lo que decidamos hacer en estas elecciones, pues una protesta sin futuro, es una protesta sin presente.

Si deciden no votar, anular o votar por el menos malo, al menos háganlo con la convicción de que lo que están haciendo es lo correcto, infórmense sobre los candidatos, conozcan las opciones y piensen qué quieren lograr con ello. De lo contrario, seguiremos dejando que otros nos digan qué temas deben ser parte de la vida pública.

 

Postdata: Para conocer más sobre los candidatos, existen diversas plataformas digitales, entre ellas: 1) Candidatas y candidatos, ¡conócelos!, sitio del INE (http://www.ine.mx/archivos2/portal/Elecciones/Proceso_Electoral_Federal_2014-2015/CandidatasyCandidatos/); 2) Candidato Transparente, organizado por el Instituto Mexicano para la Competitividad y Transparencia Mexicana, y que publica la declaración patrimonial, de intereses y fiscal de los candidatos (https://candidatotransparente.mx/#/); 3) Voto Informado, organizado por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México  (http://votoinformado.unam.mx/). Son sitios que no reúnen los datos de todos los candidatos, sólo de aquellos que decidieron participar, algo que por sí mismo ya es un dato importante: hay quienes sí están dispuestos a empezar a cambiar las reglas.

 

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Héctor E. Herrera Capetillo (Ciudad de México, 1987) es licenciado en Relaciones Internacionales por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Conductor del programa de radio en internet sobre temas internacionales El Aleph (www.elalephradio.org) transmitido por ComUnica Radio, así como del programa radiofónico Torre de Babel que se transmite por Radio Ciudadana, 660 AM. Es integrante del consejo editorial de Cuadrivio.

Revista cultural

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