La geometría del deber ser

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Miguel Blumenbach

 

 

A manera de prólogo

 

Las diferencias que comportan el estudio de la filosofía occidental en comparación con su mayor esplendor, el de los siglos XVII y XVIII alemanes, representa para nosotros, lejanos oyentes, una clara nulidad. Tan sólo los métodos filológicos que en aquella época se enseñaban en Heidelberg o Königsberg son, en realidad, una pieza museística y un proeza para los estudiantes actuales. Hubo un momento en que, por ejemplo, Emerson comprendió que la lectura y la erudición pueden ser habilidades correspondientes menos a un tipo de sabiduría que a uno de los más grandes vicios, pues tanto enferma el cuerpo de los placeres como el de las ideas, y ya se ha visto que este es menos necesario como aquel para la consecución de una prueba de realidad: nos adentramos en la densidad corpórea tanto como nos alejamos del buen juicio. Nosotros, entonces, ya no hacemos filosofía, sino, a lo mucho, la comentamos con la curiosidad de un extraño roedor o la de un dios cuya propia creación ha terminado por soñarlo. No obstante en ese cenicero de reflexiones existen pequeñas chispas que, ahora aquí, ahora allá, se desperezan y tímidamente nos queman con lo inoportuno que pueden llegar a ser. Pues es verdad que la violencia se ha vuelto la única forma en que los cambios son posibles. Ahora falta deducir, y esta es tarea del lector, en qué mundo posible la fuerza de la destrucción es un claro cristal y el motivo de una existencia que no solamente busca fundamentarse sino a su vez sentirse a sí misma. Mientras tanto, la lógica sigue empeñada en imaginar nuevos tipos de objetividad en este mundo en que la gente ha quedado enferma de pluralidad, al menos en apariencia. Yo, no obstante y a la vez que me destruyo al pensar, es decir, al actuar; perduro al intervenir en la comodidad de mis auditores. ¿Acaso es deleznable re-encontrar la Unidad en la diversidad o a Dios en el infierno o a la Belleza frente a las bellas formas?

Que todos conozcamos el alcance de la lógica no implica la capacidad de asombro ante la incontable cantidad de descubrimientos que por ella pueden alcanzarse. Tal es la realidad que los filósofos queremos combatir pues, de suyo, el ojo del científico se apropia invariablemente de la substancia que fecunda el pensamiento: la relación metódica de ideas. Y así podríamos pensar que el mejor Isaac Newton y el más lejano aunque purísimo Platón comparten, al menos, la cualidad de pensadores y de revolucionarios por quienes la sociedad aprende y se recuerda a sí misma. Mas es obligación hacer el énfasis necesario para entender la clara división entre el propósito, por una parte, del método que investiga el pensamiento en la naturaleza humana de las acciones y, por otro, aquel cuyos axiomas, postulados y secuencias albean con el nombre de ciencia o, al menos, del aparente riguroso examen de los juicios del conocimiento. No podría ser otro sino Kant quien nos legara las claras distinciones entre lo que la estructura de las asociaciones mentales puede derivar de sus premisas pues el orden, en este caso, se deduce menos de la conformación tradicional del bien y el mal que del ingenio lógico que invierte y restituye, aquí, la idealidad de la experiencia y, allá, la materialidad del pensamiento. Cierto es que la razón se ocupa tanto de lo especulativo como, en este caso, de los principios determinantes de la voluntad humana al estar ajustado en sus condicionantes prácticas, lo cual equivale a decir, para resumir a Kant de la manera más pedagógica posible, que tanto hacer cualquier acción depende del deseo como el deseo, a su vez, depende del pensamiento, es decir, de la razón, en este caso. De otra manera no podríamos convencernos a nosotros mismos de la complejidad que implica ser humano y cuya evolución hizo tan manifiesta, aunque sin usar esta palabra, el más intempestivo Nietzsche. Pues la creatividad del filósofo de Königsberg consiste en desvelar, ya canónicamente, la existencia del juicio sintético a priori, sólo que en esta ocasión en la modalidad que más conviene para ajustar el concepto de libertad a la voluntad humana al objetivarse  inmediatamente en la practicidad y siendo aquella una relación ya establecida con la razón pura. En esto último pareciera que la exposición del problema se adivina ya complejo, pero esto solo es cierto en la medida en que descuidamos la noción más significativa, es decir: la acción es pensamiento y el pensamiento es acción. Esta verdad es el objeto del prurito lógico de Kant y si en su época necesitó la restitución crítica de su mérito intrínseco, no pudo haber sido sino por el descuido que, tanto la metafísica como el exceso de las antinomias del pensamiento, logró permear en las creencias de la investigación epistemológica. La ética, naturalmente, no estaría fuera de este ámbito, pues, ¿quiénes sino los seres humanos para querer justificar mediante tratados la extraña obligatoriedad que históricamente los ha comprometido a la guerra? Y aunque Platón o Heráclito pensaban el conflicto como parte de la unidad del mundo, es clara la distancia mental, que no histórica, entre las formas contemplativas o el fuego generador del orden y la desmedida voluntad de poder que ha caracterizado el ethos humano. En fin, el objetivo de este breve escrito es resumir y comentar los primeros tres teoremas de los que Kant deduce el imperativo categórico al presentar este humilde comentarista, en primer lugar, un esquema general y, consecuentemente, un sumario análisis del contenido lógico que desemboca en el descubrimiento de una ley moral contraria a una práctica. Para ello, he usado la edición de Mestas, de cuya traducción se ha hecho cargo Antonio Zozaya. Nunca será un exceso pedir al lector que fatigue por su propio esfuerzo las delicadas líneas de la esculturas filosóficas. Pregunto: ¿lo delicado es débil?

Pues bien, Kant necesita encontrar un principio de determinación en que, para referirlo con la mayor claridad, libertad (ya anteriormente puesta en relación con la razón pura en el opus magnum kantiano) pueda ser encontrado en la voluntad o volición humana pues es esa misma naturaleza lo que, aparentemente, determina la practicidad de las decisiones. Hay una búsqueda implícita por encontrar lógicamente las proporciones justas en que un hecho es necesariamente moral en sí mismo y otra por refutar cualquier sistema moral de corte relativo que pueda ser confrontado con otro y por cuya diferencia se dañe el concepto de aquello que sea universal, pues claramente cada civilización ha querido conservar una noción de bien y mal, todas distintas. Para ello Kant recurre a definir, primeramente, la diferencia entre máxima y ley práctica, al ser aquella subjetiva y esta verdaderamente válida. Pero no quisiera adelantarme sin antes presentar el esquema general, que es el siguiente:

 

PRIMERA PARTE

DOCTRINA ELEMENTAL DE LA RAZÓN PURA PRÁCTICA

ANALÍTICA DE LA RAZÓN PURA PRÁCTICA

SOBRE LOS PRINCIPIOS DE LA RAZON PURA PRÁCTICA

DEMOSTRACIÓN

ESCOLIO

TEOREMA PRIMERO

TEOREMA SEGUNDO

  1. a) Corolario
  2. b) Escolio I
  3. c) Escolio II

TEOREMA TERCERO

  1. a) Escolio
  2. b) Problema primero
  3. c) Problema segundo
  4. d) Escolio

LEY FUNDAMENTAL DE LA RAZÓN PURA PRÁCTICA

  1. a) Escolio
  2. b) Corolario
  3. c) Escolio

 

En suma, el libro completo intenta averiguar a través de un finísimo entramado lógico si la razón pura basta por sí sola a determinar la voluntad o si sólo bajo condiciones empíricas podría ser un concepto determinante. No es gratuito remarcar la importancia del concepto voluntad en este análisis pues es ésta quien diferencia la metodología seguida por Kant. Así, en la investigación de la razón pura comenzó por estudiar lo sentidos para ascender después a los conceptos y, finalmente, a los principios. En esta caso se trata de la idea contraria. ¿Por qué? Claramente estamos ante uno de los grandes movimientos ingeniosos en la lógica kantiana en que se demuestra, verbigracia, la manera en que la razón práctica está relacionada menos con las cosas como con la capacidad mental o trascendente y, análogamente, la razón pura, que todos esperaríamos tuviera como objeto la más elevada especulación, en realidad concentraría su objeto en la inmanencia material. Al haber enlazado la razón práctica con una actividad naturalmente trascendente o, para transmitir mejor la idea, de un perfil tan elevado, es necesario que Kant comience por descender a la realidad fenoménica o empírica más inmediata al trazar el camino de regreso que nos devuelve de los principios a los sentidos, es decir, aterrizar aquello que todos pensaban jamás podría volar. Esta manera de pensar le permitirá encontrar argumentativamente, digámoslo así, la parte material del pensamiento y, simétricamente, la parte ideal de la acción pues la libertad está relacionada con la razón pura y, a su vez, la voluntad con la razón práctica. ¿Qué une, pues y de qué manera a la libertad con la voluntad? Para arribar a ese tour de force mental primero tendríamos que admitir algunas definiciones previas como aquella que diferencia a las máximas de las leyes prácticas. Me he propuesto comentar algunos breves pasajes de esa sección primera y que permiten dimensionar el plexo lógico de los teoremas que un poco más adelante son defendidos:

«Un hombre, por ejemplo, puede adoptar la máxima de no sufrir impunemente ofensa alguna; él reconoce, sin embargo que no es ésta una ley práctica, sino solamente una máxima particular, y que no puede, sin contradicción, convertirse en regla para la voluntad de todos los seres racionales.» (p. 38)

Comentario: En efecto, las máximas particulares no pueden hacer las veces de leyes prácticas. La razón principal es la intención de encontrar un principio y por tanto un tipo de causalidad que logre generalizar lo más posible el comportamiento de una voluntad. Podría pensarse que, en este caso, los mandamientos de la ley hebrea o los fragmentos áureos atribuidos a Pitágoras no son sino aristas incompletas de un sistema mucho más complejo y esencial que la filosofía crítica descubre. La religión es tal vez, en este sentido, una imposición relativa, lo cual no implica la menor asertividad de lo necesario que puede llegar a ser. El mismo Kant estaba educado en el núcleo de una familia pietista o, lo que es lo mismo, del luteranismo heterodoxo. Es consecuente la necesidad de revisión religiosa que el filósofo presenta con ayuda de la ciencia lógica.

«La regla práctica es siempre producto de la razón (la razón se refiere aquí al sujeto, es decir, a la facultad de desear), puesto que prescribe la acción como medio de llegar a un efecto propuesto como fin. Pero, para un ser en quien la razón no es el único principio determinante de la voluntad, esta regla es un imperativo, o una regla que se traduce en un debe ser, el cual designa la necesidad objetiva de la acción; es decir que, si la razón determinase completamente la voluntad, la acción sería infaliblemente conforme a esa regla.» (p. 38)

Comentario: Como más tarde desarrollará Schopenhauer, la idea de voluntad aquí deja entrever su importancia como aquello que incluso en Freud es un vector potencia de la psique humana. Voliciones podría ser un sinónimo. Hasta ahora Kant ha sido precavido y usa la palabra ser (Wesen, en alemán) pues claramente la conciencia tendrá más adelante un lugar que no es de menor importancia. Aquellos seres, pues, cuya conciencia de la acción en sí no depende de sus preferencias o placeres reciben el concepto de la regla práctica como imperativo o, para decirlo con otro énfasis no menos exacto, con completa naturalidad.

«Deben las leyes determinar por sí mismas la voluntad como voluntad, aun antes que cada uno se pregunte si tiene el poder necesario para producir el deseado efecto, o lo que es forzoso hacer, por consiguiente, deben ser categóricas; de otro modo no serían leyes porque les faltaría esta necesidad que, para ser práctica, debe ser independiente de todas las condiciones patológicas y, por tanto, unidas a la voluntad accidentalmente.» (p.39)

Comentario:  Este apartado es importante pues las leyes categóricas determinan en sí mismas a la voluntad como voluntad, lo cual no implica aún ese principio de causalidad que Kant investiga. Claramente devolver una cartera perdida puede ser tanto lo categórico como lo placentero. Sólo falta un paso importante más para encontrar la validez universal.

«Por el contrario, es propio de su legislación [de la legislación de la razón] no suponer nada que no sea ella misma porque la regla no es objetiva y no tiene un valor universal sino cuando es independiente de todas las condiciones subjetivas y accidentales que distinguen a un ser racional de otro.» (p. 39)

Comentario: En este punto Kant avanza una noción clave en su argumento, y ello radica en poder entender la palabra independencia. Insiste en la necesidad de liberarnos de la contingencia subjetiva al intentar postular principios como leyes universales.

Ahora procederé a apuntalar cómo los teoremas se relacionan y construyen con los postulados ya definidos. Nuestro objetivo es entender el origen del imperativo categórico como una explicación posible por la dependencia causal que une a la libertad con la voluntad.

 

TEOREMA PRIMERO

 

«Todos los principios prácticos que suponen un objeto (una materia) de la facultad de desear como causa determinante de la voluntad son empíricos y no pueden suministrar ley alguna práctica.» (p. 40)

Kant se adelanta a Nietzsche cuando este afirmaba que el resentimiento crea valores. No podría ser de otra manera que aquello que se piensa absoluto en realidad tenga un cariz relativista. En el siglo XX Einstein demostró que nuestra percepción del tiempo y el espacio es cambiante. Si el fenómeno tiene relación con el pensamiento, ¿por qué no pensar, pues, que la moralidad es objetivable en el tiempo-espacio? Jamás el placer podría ser ley. Queda invalidado así el hedonismo como ley universal. Es obvio, pues la ganancia de uno es la pérdida de otro. El diseño del capitalismo (¡o llámese como se prefiera!) coincide con esta idea. ¿Todos, verdaderamente todos podemos ser felices al mismo tiempo?

 

TEOREMA SEGUNDO

 

«Todos los principios prácticos materiales pertenecen, como tales, a una sola y misma especie, y se refieren al principio general del amor propio o del bienestar personal.» (p. 41)

Se está preparando el terreno lógico para desechar al fin, con motivos suficientes, aquello que, al ser la parte, pretende ser el todo universal. Esto funciona para las aporías de Georg Cantor y su antiguo amigo Zenón pero, ¿por qué no es así para el cálculo de utilidades? Una posible respuesta podría ser que los números en realidad no existen o, la otra y más natural, de la necesaria distinción entre sentidos y entendimiento. Kant re-une al separar o delimitar la función de tal cual capacidad. Esto es necesario, por una parte, para señalar la nula determinación de las inclinaciones pasionales en el terreno de la practicidad (prejuicio en que la mayoría podría empezar a abordar este tema tanto como Jeremy Bentham profesó en Inglaterra con la escuela del utilitarismo) pero, por otra, la de al fin referir una de sus ideas maestras: en el deseo de la felicidad no se trata de la forma de la ley sino de su materia. Hay algo aparentemente poco humano al afirmar la extinción de los valores en una sola ley. ¿Es Kant utópico en este punto?

 

TEOREMA TERCERO

 

«No puede concebir sus máximas un ser racional como leyes prácticas universales sino en tanto que puede concebirlas como principios que determinan la voluntad, no por su materia, sino por su forma.» (p.48)

Si en una ley se hace abstracción de toda materia no queda más que la sola forma de una legislación universal, su misma idea o esencia. La pregunta clave es: ¿puede hacerse abstracción de tal manera que la legislación universal resultante mantenga su cualidad práctica? El último y más importante ingenio de Kant en esta parte es justamente el haber respondido que no. Es decir, ¡la libertad aquí es integrada al argumento en un sentido negativo para hacer de la causalidad entre la voluntad y ella un hilo conductor que permita resolver el problema en la independencia de la voluntad respecto de cualquier determinación práctica! Aparentemente Kant se encierra en un laberinto sin escapatoria pero no olvidemos que justamente lo que busca es lo que para muchos es una contradicción: un juicio sintético a priori. Así, al haber encontrado que la voluntad no está determinada por una ley práctica, sólo resta asumir que tiene que estarlo necesariamente por una ley no práctica, es decir, moral. Resumido a su mínima expresión podemos afirmar: el pensamiento es el que participa universalmente con la acción y no el deseo pues este únicamente participa subjetivamente.

 

LEY FUNDAMENTAL DE LA RAZÓN PURA PRÁCTICA

 

«Obra de tal suerte que la máxima de tu voluntad pueda siempre ser considerada como un principio de legislación universal.» (p.53)

Así se determina a priori la voluntad, con su pura practicidad pues la razón especulativa no alcanza, pensemos, el inmenso numen de las cosas. Finalmente, Kant afirma que la ley moral en forma de imperativo es lo más cercano que se puede estar a la santidad. La santidad de la voluntad es un tipo cuyo agenciamiento se hace a través de un progreso llamado virtud y la virtud es el más alto grado que puede alcanzar una razón práctica finita.

 

CONSIDERACIONES FINALES

 

Es innegable el carácter apolíneo del pensamiento de Kant. Así, conviene recordar que el orden es destructor al delimitar las posibilidades de la realidad. La flecha de Apolo garantiza la armonía del comportamiento. Este es un rasgo muy distintivo del pueblo alemán hasta nuestros días pero los problemas aumentan cuando este orden quiere ser extendido hacia regiones en que no todos están dispuestos a aceptar este imperativo. Podemos señalar la actual tensión entre Grecia y Alemania. ¿Demasiado humanos? Sin duda el idealismo de Kant invoca secretamente la guerra, ahora sí, la de Heráclito quien pensaba en ella como agente modelador de la armonía en tensión como el arco y la lira. La última pregunta queda abierta, ¿cuál es la más óptima de las modalidades para proclamar mundialmente esa tensión y su aparente violencia pero de la manera más pacífica posible?

Q.E.D.

 

 

 

 

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Miguel Blumenbach (Ciudad de México, 1988) es poeta, traductor y ensayista. Ha realizado estudios de filosofía y literatura en el Collège de France, en la École Normale Supérieure de París y en la UNAM. Ha colaborado en Bonsái, Punto en Línea, Opción, Ágora, así como en publicaciones de España y Chile. Pertenece a la Asociación de Textos y Cursos Clásicos (ACTC por sus siglas en inglés) con sede en Moraga, California. Se ha dedicado a revisar la historia de la poesía alemana, turca y árabe.

Revista cultural

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