Contribución al programa de la formación del tiempo

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Miguel Blumenbach

 

 

El propósito de este ensayo tendría que definir la idea de historia. Sin embargo, he renunciado por ahora a la manifestación de ese concepto y he elegido, conscientemente, apurar un vaso tal que me permita superponer la geometría que observo en mi mente a la configuración de quienes, a su vez, han pensado la fundamentación del tiempo. Lo que implica no el hecho de postular un principio, –aunque en su momento ya se llevará a cabo– sino el  de precisar y matizar y confrontar la escasa substancia conceptual que a la filosofía le resta, la cual le pertenece no por mérito sino por la sustitución de su método a otros campos considerados, hoy en día, más importantes, lo cual, para el avispado, es una innegable oportunidad de olvidar y recordar, de olvidar y recordar y transformar. Habría que elegir entonces un camino, un método, una gramática afirmativa mas ¿no es el lenguaje un juego cuyas reglas siempre son modificables? Tomemos, por ejemplo, el caso de una de las sentencias que pueblan misericordiosamente el índice de la obra más importante de Kant, digamos: 3. Abschnitt. Die Disciplin der reinen Vernunft in Ansehung der Hypothesen, que en castellano significa «Apartado tercero: la ordenación de la razón pura en relación a las hipótesis». Ahora bien, llevemos a cabo una dislocación deliberada y sustituyamos esta sentencia en otro libro, el cual tengo a la mano, a saber, Observaciones filosóficas, por L. Wittgenstein. La pregunta es: ¿todo el contenido del segundo libro cambia al insertar la frase del primero? Y si seguimos el experimento y al segundo libro ya modificado le sustraemos, a su vez, otra frase diferente y la insertamos en un tercero como éste que ahora tengo ante mí, el de Werner Jaeger, Paideia, ¿la idea general con la que el autor ha querido rubricarnos sigue siendo la misma? La experimentación anterior permite asumir que las catedrales del pensamiento pueden ser desmanteladas bloque por bloque y reutilizadas en otras construcciones del espíritu. Lo que no permite es concluir que las ideas sean diferentes. Así es como tenemos un problema: ¿qué determina el pensamiento individual si no son, al menos en esta manera de argumentar, las palabras por cuyo revestimiento nos hacemos de una identidad? ¿Y la identidad de la identidad es múltiple o unívoca? Pues el tratamiento de estas últimas preguntas acomoda en varios niveles cómo es que pensamos y qué es lo que nuestros sentidos nos permiten percibir. De suerte que todo lo que se encuentre en el tejido espacio-tiempo se volverá una función de nuestras preferencias, al menos en primer lugar. Dudar de esa colocación es la tarea del conocimiento verdadero, ya tan lejos de nuestras sociedades: lejanía debido al pasado. Salvo que esa lejanía no puede ser existente en la medida en que no la podamos sentir inmediata a nuestro entendimiento tanto como sentir el golpe estético de la aurora escarlata o la espesura melódica de un bosque. Es por eso que restituir nuestra atrofiada sensibilidad es uno de los primeros pasos para entrar nuevamente al futuro, a aquello que pensamos nuestra genética social podría aspirar. Es necesario sentir los cambios, lo que implica por su propia naturaleza el hecho de encontrar un orden en la historia de nuestros sentidos, ¿o alguien puede acaso salivar por aquello que desconoce? Estamos ante la conformación jurídica de la experiencia de la mente, lo cual asume un mínimo orden, un mínimo conjunto de reglas, las cuales, ya se ha visto pueden, ser variables. De suerte que ahora es necesario explicitar cuál es para mí, en este manuscrito, esa especulación respecto a lo que significa la historia. Recordemos el trabajo de Nikolai Kondratiev e integrémoslo sin más: la historia es observable gracias a patrones económicos, es asequible, es entendible, es determinable; todos estos son sinónimos de lo que busco, aunque los problemas filosóficos ya han sido respondidos todos pero no reframed (no es un abuso de la vanidad, esta palabra sólo es entendible en inglés) en las frecuencias de la colectividad del siglo XXI, lo cual es una aparente paradoja. Por una parte, así, la percepción de la historia es determinable y, por otra, lo que de ella puede representarse es variable. Pero no toda paradoja es contradicción, y esto es lo que los investigadores no han querido entender. Progreso, acumulación, diferencia, guerra, todas estas son maneras de problematizar la idea de historia para al fin llegar a entenderla. ¿Cuál de ellas es la correcta, lector? Trazar una línea de izquierda a derecha y afirmar que este proceso tiene un propósito determinado es tan absurdo como querer comer con los pies y, también obsérvese, la repetición cuyo fenómeno correspondiente no haya sido sometido a un proceso de abstracción (léase sobre el método lógico en la Crítica de la Razón Práctica) es tan estéril como esperar que un vaso de cristal se  convierta en oro. No obstante, voy a asumir el riesgo de proponer una antinomia más: el tiempo es esférico. Quisiera afirmarlo asumiendo todo «lo malo» de los modelos antes referidos, es decir, la volatilidad de las representaciones, eso que en filosofía llamamos fenomenología de la percepción, sólo que mi objetivo es hacer aparecer a nuestros sentidos justamente lo que no puede o debe aparecer, lo imposible. Ésta no es proceso dialógico sino puramente intuitivo. El tiempo es, entonces, una esfera y su percepción es individualmente variable. Lo último quiere decir que la realidad  es el pensamiento que uno hace de ella y, por allá, que la simetría perfecta de la esfera coloca el centro a la misma distancia de cada uno de los puntos de su superficie lo que implica que el tiempo se superpone en cada una de sus eventualidades, así como en los ciclos de Kondratiev, de donde puede inferirse que el tiempo se hace al pensarlo y que, también, es posible entrar al futuro desde el pasado, verbigracia. La mejor manera en que esto pueda ser formalizado en un laboratorio será preponderante para el goce de todo aquel que lo comprenda, lo cual no es poco pues la ciencia no tendría que empeñarse en ser universal tanto como el arte nunca lo es. ¿Cuál es el mejor momento para tomar una cerveza? Una posible respuesta sería: siempre que se considere necesario. ¡Contradicción que predica sobre la entidad formulada! Pero como el lenguaje, ya vimos, es esencialmente un juego, puedo intercambiar la sentencia por el título de un poema o por aquello que termina ejemplificando un ensayo sobre la formación del tiempo o incluso podría ser una sentencia sin sentido en alguno de los extraños mapas de la gematría, ese placer sin objeto. Finalizaré con una cita del libro de Jaeger, completamente aleatoria. La idea es que tú, lector, encuentres el camino más corto que, indefectiblemente, enlaza una idea con la otra, pues todo participa de todo, como bien pensaba Anaxágoras. ¿Qué es la formación del tiempo sino la formación del sentido?

«Para justificar el interés por la agricultura en general y presentarla como un tipo de actividad acreedora del respeto social, Sócrates se remite al ejemplo de los reyes persas, que sólo consideraban digna de asociarse a sus deberes de soldado una afición: el cultivo de la tierra, las actividades de labrador y del jardinero. Jenofonte se apoya, al decir esto, naturalmente en su conocimiento directo de las condiciones de vida reinantes en Persia. Sin embargo, puestos en boca de  Sócrates resultan un tanto sorprendentes los detalles que da sobre los maravillosos parques de Ciro. Jenofonte añade a esto un recuerdo personal del caudillo militar espartano Lisandro, quien con motivo de su  visita a Sardes fue conducido por Ciro a través de sus jardines y oyó de labios del propio rey que éste trabajaba todos los días en ellos habiendo plantado por su mano todos los árboles y bosquecillos del parque y trazando sus medidas. Lisandro se lo había contado a un amigo en Megara, a cuya casa fue invitado y que, a su vez, lo puso en conocimiento de Sócrates. Esta clara ficción quiere dar a entender, indudablemente, que el autor, poniendo palabras de su cosecha en boca de maestro, como suele hacer también Platón, lo había sabido directamente por Lisandro. Jenofonte le habría sido presentado, quizá, como el valiente oficial que acaudilló a los diez mil griegos en su retirada de Asia. Los dos eran amigos de Ciro y a nadie podía haberle alegrado más Lisandro, con sus recuerdos del héroe caído, que a Jenofonte. Para él, que también hubo de consagrarse más tarde a la agricultura, aquella asociación de la carrera de soldado con el amor por el cultivo de la tierra, en el régimen de vida del príncipe, constituía una nueva razón para reverenciar la tradición persa». (W. Jaeger, Paideia, p. 972, FCE,  2012)

 

 

 

 

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Miguel Blumenbach (Ciudad de México, 1988) es poeta, traductor y ensayista. Ha realizado estudios de filosofía y literatura en el Collège de France, en la École Normale Supérieure de París y en la UNAM. Ha colaborado en BonsáiPunto en LíneaOpciónÁgora, así como en publicaciones de España y Chile. Pertenece a la Asociación de Textos y Cursos Clásicos (ACTC por sus siglas en inglés) con sede en Moraga, California. Se ha dedicado a revisar la historia de la poesía alemana, turca y árabe.

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