Un verano con Gayatri Spivak

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A veces la academia se asemeja más a un restaurante de fast food que a un recinto de investigación y pensamiento: lo que importa no es reflexionar sobre el mundo sino producir «papers» y conferencias lo más rápido posible y al por mayor. Un seminario veraniego con la célebre Gayatri Spivak sirve de marco a Natalia Flores para cuestionar éstos y otros vicios de la academia.

 

 

Natalia Flores Garrido

 

Es sábado, son las 8:00 a.m. y mi celular suena avisándome que he recibido un nuevo correo. Un poco en automático (porque tengo la mala costumbre de dejar el celular justo al lado de la cama) abro el mail: es un mensaje de la doctora Gayatri Spivak, en donde envía a la clase un par de textos para la discusión de hoy por la tarde («Planetarity», de su autoría) y una entrevista que le hicieron hace un par de años a propósito de su más reciente libro, An Aesthetic Education in the Era of Globalization.

Cuando por fin me levanto, entre el café y el bagel con mantequilla, pienso otra vez en el correo y no puedo sino conmoverme al imaginarme a Spivak desayunando, preparando sus notas, y decidiendo que enviará estos textos al grupo por si tienen tiempo de leerlos antes de las 4:00 p.m. Aunque lo más probable es que no, porque el grupo está desvelado luego de un viernes de cervezas y, sobre todo, porque a las 4:00 no tenemos una sesión formal, sino la clausura del seminario intensivo en el que estuvimos esta semana. Y aunque es cierto que en el programa hay 30 minutos para que Gayatri Spivak, Judith Butler y Jay Bernstein hablen sobre el concepto actual de crítica, también lo es que todos iremos principalmente con ganas de escucharlos, beber mucho vino gratis y despedirnos de los colegas después de estos días en Nueva York. Probablemente Spivak sabe todo esto y, de todas maneras, decidió enviarnos ese par de textos que le parecen importantes para pensar en el ejercicio crítico. Sonrío –entre el bagel y el café– porque para mí es un gesto pequeño que confirma la impresión que durante el curso he tenido de ella: una mujer que tiene más interés en provocar el pensamiento de la gente (lean esto y discutámoslo en la tarde) que en consolidar su imagen de gran pensadora (vayan sin leer a escucharme y tomar notas).

El seminario formó parte de las actividades del Institute for Critical Social Inquiry (ICSI), de la New School for Social Research. Cada verano tres grandes pensadores (así dice en su página) dictan seminarios sobre otros grandes pensadores (ídem). Esta vez fueron Spivak sobre Marx, Butler sobre Freud y Klein, y Bernstein sobre Hegel. Cada año se abre un proceso de selección, que al final da como resultado que aproximadamente 60 personas sean admitidas para participar en este evento, 20 en cada grupo. Las clases son intensivas (prácticamente de 9 a.m. a 7 p.m.) y, además, intercaladas con éstas hay una serie de eventos muy gringos con el fin de que todos nos conozcamos, intercambiemos mails, etc. Cualquiera que haya trabajado en la academia seguro sabe de lo que hablo.

Yo tuve la suerte de ser admitida en el seminario de Spivak sobre Marx. Suerte para mí, quizás desliz para el comité de selección, quien decidió aceptarme aunque no he hecho el doctorado (uno de los pocos requisitos para postular), ni soy académica de tiempo completo (ahora mismo no soy académica ni de ¼ de tiempo).

El día de la inauguración todo fue miel sobre hojuelas: nos recibieron en la New School con vino, bocadillos, material. Ann Stoler, directora y fundadora del ICSI, dio un mensaje dulce y gringo –con esa tendencia de lo gringo a sentimentalizar las políticas de izquierda, y especialmente las referidas al tercermundo/subdesarrollo/SurGlobal– sobre lo contentos que estaban de recibir a tantas personas del Sur Global este año, sobre lo mucho que significó para su equipo conseguirnos becas, sobre las grandes expectativas que tiene de que este proyecto siga adelante, etcétera. Luego vino gratis, luego cervezas mientras todos tratábamos de interactuar, el típico de dónde eres/qué estudias/cuál es tu tema de investigación. Imagínense: 60 personas, la mayoría menores de 40 años, que nacieron, crecieron e ingresaron a la academia cuando ya el neoliberalismo había entrado con toda su fuerza a las universidades. ¿Qué quiero decir con esto? Que además de una política, esto ha definido las trayectorias y experiencias de la gente de mi edad, así que ahí estaban, jóvenes de muchos lugares del mundo, que a sus 32 tenían ya el doctorado terminado, publicaciones arbitradas, libros, becas, ofertas de trabajo. Nosotros, la generación de académicos para quienes las reglas de la productividad han marcado desde siempre nuestro juego, los que no pensamos con nostalgia (aunque sí quizás con un poco de envidia) en aquellos tiempos en los que un solo libro podía ser el resultado de muchos años de trabajo y reflexión.

Las pláticas informales, por lo tanto, iban en el tenor de contarle al otro tu CV de manera relajada y cool: «hace un año publiqué un libro sobre Edward Said y la subjetividad», «trabajo el tema de la experiencia con mujeres musulmanas que viven en Estados Unidos», «estoy haciendo una estancia posdoctoral en Berkeley», «terminé mi doctorado aquí en la New School». Visto desde fuera, parecería confirmar lo que Stoler había dicho apenas unas horas antes: un grupo de talentosos y jóvenes académicos de todo el mundo, que seguramente se beneficiarían mucho de convivir una semana con tres de los intelectuales que han marcado las discusiones en las ciencias sociales durante las últimas décadas. Visto desde fuera, también, pareceríamos una contundente fotografía del triunfo de las políticas productivistas en el pensamiento: ¡35 años y tanto!

Al siguiente día iniciaron las clases. Spivak fue la única docente que un mes antes había asignado lecturas a cada participante, pidiendo que las expusiéramos junto con un comentario que tratara de responder a la pregunta de por qué leer a Marx hoy. La primera lectura a discutir fueron los Manuscritos económicos y filosóficos. Una vez iniciada la reflexión, la voz del grupo emergió: no faltó quien hablara de un Marx inmaduro en este texto, o quien trajera a colación lo propuesto por otros autores sobre el joven Marx. Parecía como si todo mundo estuviera ansioso por comportarse de acuerdo con el guion que nos había sido asignado: el de brillantes jóvenes académicos que estaban participando en un seminario de primer nivel. Así que de pronto era como si cada que alguien decía una frase tuviera que acompañarla de eruditas notas al pie para el resto de los compañeros.

Esa dinámica se extendió por alrededor de 40 minutos, hasta que Spivak, visiblemente irritada, interrumpió la discusión para hacer algo que, en sus palabras, pensó que no iba a ser necesario, pero que ahora sentía que era su obligación decirnos:

Primero: cuando Marx escribió los Manuscritos no era inmaduro, era un joven brillante tratando de entender un sistema económico que lo enojaba profundamente.

Segundo: si alguien de nosotros había pensado que el seminario estaría lleno de halagos por nuestra inteligencia y trayectoria, se había equivocado irremediablemente. Ella no pensaba halagarnos, y no pensaba seguir el juego de la academia global. Quería que fuéramos conscientes de que muchos de nosotros (quizás la mayoría) estábamos cubriendo la cuota del Sur Global, y que no nos haría ningún favor irnos de aquí reafirmando nuestra imagen de pensadores de primer nivel cuando ni siquiera éramos capaces de leer un texto (en este caso, los Manuscritos) sin poner entre la lectura y nosotros lo que supuestamente ya sabíamos, como una muralla de conocimientos que nos servían no para ver más lejos, sino para impedirnos aprender más.

Tercero: tampoco le interesaba que habláramos de nuestra experiencia. No quería la lectura latinoamericana de Marx, ni la china ni la india. Quería que leyéramos sin traer todo el tiempo a la discusión nuestras identidades nacionales. Estaba consciente de que eso implicaba un esfuerzo extra para muchos de nosotros, pero no quería permitirnos ser «el cliché que América espera que sean». Ella, como académica india, lo sabía muy bien.

Por último: esperaba que todos fuéramos conscientes de que no aceptaba discípulos, de que no iba a hablar sobre su propio trabajo, y de que en más de tres décadas de enseñanza había visto ya a suficientes jóvenes queriendo impresionarla. «Lo más que puedo hacer por ustedes es tratar de enseñarles a leer un texto».

A partir de ahí fue claro que muchas actitudes del grupo la molestaban, y fue claro también que no era una profesora fácil de complacer. No titubeó cuando consideró necesario decir a alguien frases como «no nos interesa lo que sabes de la lectura de Derrida sobre Marx, ¿tienes algo más que decir sobre el párrafo específico que acabamos de leer?», o «necesitas leer más antes de que puedas tener una lectura menos totalitaria de Marx», o, de plano, «no puedes sólo venir y decir lo primero que se te ocurre cuando el resto del grupo se tomó por lo menos un par de horas para preparar su exposición». Además de esas intervenciones que atajaban algo molesto para ella, había otras cosas que parecían más bien excentricidades pero que se esforzaba en establecer en la dinámica grupal: no referencias a autores que no hubiéramos leído todos, no estaba permitido tomar notas, no estaba permitido permanecer demasiado tiempo viendo nuestras computadoras personales, etc. Al terminar una clase particularmente tensa, el compañero de al lado y yo intercambiamos sonrisas de alivio, ella nos vio y nos dijo que no entendía qué encontrábamos tan fascinante, ¿que no fuéramos capaces de concentrarnos en la lectura de un texto era divertido para nosotros?

Muy pronto (creo que desde el primer día) la pedagogía de Spivak tuvo efectos variados en el grupo, que después de todo no era tan homogéneo como parecía al inicio. Más bien lo contrario. Las diferencias, que durante la inauguración habían estado ocultas bajo la etiqueta «jóvenes académicos brillantes de todo el mundo», se empezaron a notar en el primer receso, y terminaron con una despedida en dos bares distintos, con gente que se dividía en bandos variables según el criterio de distinción. Primero, y quizás de manera muy obvia, estaban aquellos para quienes el inglés no era ningún problema y quienes teníamos que esforzarnos muchísimo para articular una intervención frente al grupo, por breve que fuera. Segundo, quienes –independientemente de su nacionalidad– estudiaban en universidades estadounidenses, y quienes estudiábamos en universidades del Sur Global y, tercero, quienes no soportaban a Spivak y empezaron a hacer interminables rumores de pasillo sobre lo grosera que era, y quienes, por otro lado, no teníamos problema en que nos dijera que estábamos diciendo una tontería cuando probablemente estábamos diciendo una tontería. Curiosamente (no, no es curioso para nada, pero ya el lector/a se puede imaginar por qué), estos tres ejes de diferencia se alineaban: quienes no estudiábamos en Estados Unidos, y teníamos dificultades con el inglés, éramos también quienes poníamos más atención en las cosas que nos gustaban de Spivak y no en que fuera «demasiado regañona», término que alguien utilizó y del que nos reímos mucho porque… no sé, era gracioso imaginarse a un académico quejándose de que su profesora fuera muy regañona.

Las cosas que para mí eran más importantes que «los regaños de Spivak» eran varias:

Primero, la lectura tan cuidadosa y cultivada que tiene de Marx. Se puede estar de acuerdo con ella o no, pero no se puede negar que ha dedicado años, décadas, a pensar en eso. Un día, por accidente, pude ver su copia del tomo I de El capital, y no pude sino conmoverme muchísimo al ver una cuartilla al azar llena de anotaciones con diferentes tintas, letras y fechas; huellas de que ha vuelto a ella una y otra vez. Después, me gustaba que fuera congruente dentro de clase, que no aceptara discípulos pero que recordara cada una de las cosas que habías dicho en las discusiones (y volteara a verte cuando hacía referencia a ellas), y que se tomara demasiado en serio lo que cada uno/a decía: podía pasar 30 minutos explicándole cuidadosamente a alguien por qué no estaba de acuerdo con lo que acababa de decir, argumentándolo como si de verdad esperara que la otra persona diera un contraargumento a la altura. Si era demasiado ruda, si podía haber sido más amable, si el último día pudo despedirse mejor que simplemente diciendo «sufrimos juntos, qué más puedo decir»… bueno, supongo que eso era menos importante que lo que estaba intentando transmitirnos.

Por mi parte me sentí incómoda y abrumada toda la semana. Los lugares desde los que tratábamos de acercarnos al texto en realidad no servían mucho para aprender, sino sólo para sedimentar un supuesto conocimiento adquirido previamente. Más que de incompetencia, fue un problema de actitud: no se pueden aprender cosas nuevas sin reconocer que no sabemos. Parece una verdad digna de niños de kínder, y por eso es sorprendente lo difícil que es encontrar a un grupo de académicos conservando esta noción básica sobre el aprendizaje.

Eso me hizo darme cuenta, también, de que no me gustan las reglas con las que he estado jugando en la academia. Pensar requiere tiempo, y paciencia, y más tiempo. Reflexionar es un trabajo más cercano al de un jardinero que al de un hombre de negocios, y a nosotros nos han enseñado a pensar más en términos de la productividad que de la siembra. Mi experiencia en el ambiente académico mexicano me ha hecho ver una serie de cosas que, en el seminario de Spivak, recordé con disgusto renovado: frases llenas de autocomplacencia y soberbia, académicas/os que se esfuerzan más por reafirmar su jerarquía antes que por, bueno, leer y pensar. En un mundo mediado por el consumo es fácil mimetizar las reglas de la productividad con las de la apariencia, especialmente si la mercancía es una conferencia o una publicación que después se intercambia por un mayor salario.

Me gustó que Spivak fuera honesta en su necesidad de aprender, y que nos transmitiera esa misma urgencia por desmarcarnos de nuestras aprendidas arrogancias, pues nada es más estorboso para el pensamiento que creer que la reflexión tiene un punto de llegada, y que de antemano sabemos cuál es. Su proyecto pedagógico, como se encargó de repetirnos varias veces, era entrenarnos para el performance epistemológico, y esto no puede conseguirse sino a través del slow cooking of the soul, frase que repitió en varias ocasiones.

En el vuelo de regreso me prometí mil veces que voy a ser más disciplinada, que voy a leer más y de una manera más profunda. Recordé que la primera vez que me acerqué a la investigación fue con ganas de entender el mundo, más que de jugar a pensar y luego cambiar mis puntos por dinero en una institución académica. Es cierto, quizás volver a leer El capital con seriedad, y tomar notas, y hacerlo por aprender sin pensar en cómo lo voy a usar para publicar no me traiga ningún beneficio salarial en ningún momento. Al principio eso me dio mucha angustia: no puedo darme el lujo de regresar a leer cuando ni siquiera soy una académica de base en ninguna universidad. Pero después de la semana, y de ver tan de cerca cómo todo parece un escenario en el que lo menos importante es la reflexión, recordé que se trata, sobre todo, de cómo queremos estar en el mundo, y que construirnos herramientas valiosas para esto requiere un compromiso en primer lugar personal. Quizás lo jodido del neoliberalismo sea que también ha configurado subjetividades que, por muy académicas/reflexivas/pensantes/lamamada, siguen las reglas del juego más allá de lo institucional, hasta terminar expulsando todo aquello que  no encaja con la imagen del académico productivo, ergo exitoso: aquí no cabe detenerse demasiado en una sola cosa, no cabe decir «no sé», no cabe respetar los procesos propios de la reflexión y el aprendizaje. Pienso que tal vez vivimos un momento histórico en el que la honestidad intelectual tiene que estar dispuesta a amistarse con el fracaso. Por supuesto, no se me escapa lo irónico de haber pensado esto justamente en un curso de marxismo dictado en Nueva York.

 

 

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Natalia Flores Garrido (@hildegarda_). Economista, socióloga, feminista, y muy metiche. Reparto mis días entre Saltillo, la Ciudad de México, y Pretoria (sí, en Sudáfrica). Veo todo, pienso muchas tonterías, escribo lo que puedo. 

Revista cultural

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