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Una lectura del Código Konami de Eduardo de Gortari

 

 

Gablot

 

Cualquier juego sirve como simulacro de la vida. Como le diría V a Eve, de la película V for Vendetta: el juego es una mentira que permite encontrar una verdad. Así, los videojuegos no quedan exentos de aportar enseñanzas, por muy básicas que éstas sean –más allá de ayudar a aprender otro idioma, como en ocasiones lo hacen, también permiten resolver preguntas existenciales.

La primera de sus enseñanzas consiste en que para alcanzar un objetivo, se necesita superar un obstáculo; para eso existen los tutoriales (el nivel 1 de cada juego, el primer calabozo). La segunda lección enseña que invariablemente se requerirá un código secreto en algún punto de la vida.

El código Konami, como se explica dentro del libro, consiste en una secuencia que se debe introducir en las pantallas de inicio de algunos juegos desarrollados por la compañía Konami para acceder a niveles secretos o a diversos elementos escondidos dentro de los juegos. Este código es emblemático y recurrente. Así, por ejemplo, en la película Wrecking Ralph, aparece un huevo de Pascua cuando el rey ingresa al archivo fuente de Candy Rush, lo que pone de manifiesto el segundo saber aprendido de las videoconsolas: si se dicen las palabras adecuadas, pasan cosas mágicas.

Después de los videojuegos y las tecnologías digitales, la vida no volvió a ser la misma. La concepción del universo, así como la manera de interactuar entre personas, cambiaron de manera sustancial con su aparición y desarrollo. La década de los noventa, cuando ocurrió uno de los booms de la globalización, modificó al planeta entero: el acceso a tecnologías como el internet facilitó la producción y distribución de información en una infinidad de formatos. Por eso no es gratuito encontrar en Código Konami, un poemario publicado por Eduardo de Gortari, constantes referencias a series de televisión, títulos emblemáticos del Super Nintendo o el N64, de canciones de rock; y tampoco es injustificado que la poesía haya sido el medio elegido para hablar de este universo que colisiona contra sí mismo a cada segundo (y en cada byte amenaza con implosionar o con no terminar de descargarse adecuadamente).

Como mencioné arriba: en algún punto de cualquier juego se utilizará un código particular. Algunas veces hay que echar mano de los passwords para sortear complicaciones; otras pueden quedar atrás gracias a un glitch –aunque si existe éste, quizá haya un bug escondido, y viceversa. Así, el lenguaje, ya en el código, ya en la ejecución de acciones por parte de un personaje, ya en el ingreso de una secuencia mediante el control, influye. En otras palabras, replica uno de los inicios de la cosmogonía: en el principio era el verbo y de él proviene absolutamente todo en el mundo, real o virtual.

Hay un poema que sirve de columna vertebral al libro: «Asteroides». Consiste en una intervención directa al código del famoso Asteroids en la que el autor incluye frases disfrazadas de pedazos de código que anticipan al lector en qué consistirá la siguiente parte, el siguiente escenario. Cada jugador que he conocido tiene un título con el que relaciona directamente su vida (amén de los memes en 9GAG), y en este caso, el clásico de Atari intervenido aparece no sólo como espina dorsal al libro sino como un intento de explicar y dominar los pedazos de vida que aparecen en el texto.

Los poemas de Código Konami utilizan elementos de la cultura digital para ayudar a entender ciertos episodios comunes de la vida de cualquier gamer cuando despega los ojos de los gráficos (el primer beso retratado por los Simpsons y reduplicado hasta la adorable náusea en tantas otras películas y animaciones, un accidente automovilístico, la nostalgia después de una separación, etcétera). La existencia se entiende mucho mejor después del «on» a la pantalla y de pulsar «start», pues ocurre la confirmación de que está plagada de bichos, esos datos basura que pueden tumbar toda la jornada; por lo tanto también existe la posibilidad de un glitch –una canción, una película, un verso– que haga más ameno el mal paso y dé certeza de que existe una contraseña para eso que tanto se precisa resolver. De ahí aparece el deseo de que el celular, al igual que la ocarina, trascienda el tiempo y el espacio para hablar con Saria (que nunca es ella). Pero también puede pasarnos lo que a Ryu, que, al igual que las piezas de ajedrez de Borges, no sabe quién o qué lo impulsa a pelear.

El último poema, que resume y cierra el texto, retoma directamente el intro del sitcom The Big Bang Theory: la crónica del universo se puede resumir en una canción; no se necesitan libros de historia para comprender por qué alguien quiebra el espejo lateral de un auto que no se mueve, tampoco para comprender de dónde diablos (nos) viene la mala suerte; además la explicación de que Dios no juega a los dados sencillamente ya no basta.

En dos versos, de Gortari resume que los «antiguos jugaban cosmogonías de 8 bits»; los (pos)modernos necesitamos de 32 en adelante –aunque ni de broma despreciamos las de 16. Las cosmogonías actuales pertenecen al ámbito personal, ya no tanto al colectivo. Actualmente se ha cambiado el cielo por la pantalla, pero se siguen empleando pixeles para explicar(nos) el mundo.

 

 

 

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Gilberto Antonio Nava Rosales, «Gablot» (Ciudad de México, 1990). Estudió Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha colaborado en Decires, Klika y Cuadrivio. Mantiene el sitio Gablot’s on deviantArt (http://gablot.deviantart.com), el blog El Conde del Infernáculo(http://elcondegiv.blogspot.com) y la cuenta de twitter: @Gablot_ier_Van.

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