Inestabilidad y reorganización política en Brasil después del impeachment

Por  |  0 Comentarios

Aleksander Aguilar

 

 

Un impeachment presidencialista no es lo mismo que un «voto de censura» parlamentarista. Un impeachment fortalece la democracia exclusivamente cuando censura un crimen cometido por la presidencia. Habiéndose comprobado por medio de un proceso constitucional que una falta de este tipo fue cometida, la institucionalidad se sirve de la facultad del poder legislativo de controlar el desempeño del ejecutivo, lo que recuerda que el ejecutivo no es impune y forma parte de un orden democrático. Sin embargo, si el impeachment es utilizado como un mecanismo de censura basado en poco más que encuestas de opinión y sin la elaboración de argumentos jurídicos sólidos, puede generar profundos y amplios peligros. En Brasil, con una mirada estrecha, de corto plazo, la actual oposición partidista al PT (varios grupos que hoy son tildados de enemigos y traidores, siendo que hasta hace muy poco tiempo figuraron entre los aliados que el Partido de los Trabajadores tanto se había esforzado en conquistar, principalmente entre las derechas tradicionales del país) abrió una caja de Pandora.

El impeachment-golpe contra la presidenta Dilma Rousseff, llevado a las últimas consecuencias por el grupo empresarial-parlamentario-mediático-judicial que lo promueve y conduce, generará graves y largos efectos sobre toda la región sudamericana en términos geopolíticos y comerciales, en general, y sobre el sentido de lo que es el estado democrático de derecho, en particular. Ningún ejecutivo tendrá seguridad de poder permanecer y llevar a término su periodo en el actual sistema presidencialista de coalición brasileño. El escenario que se ve venir es uno de incertidumbres y de desconfianzas mutuas, una guerra entre instituciones nacionales que ya se comenzó a desatar con la fábula del impeachment.

En 1997, en Ecuador, el presidente Abdalá Bucaram fue destituido por el Congreso bajo la acusación de estar «mentalmente incapacitado». Había protestas masivas en contra de su gobierno. Los años que siguieron ningún presidente que asumió el ejecutivo pudo concluir su gobierno: Jamil Mahuad cayó por un golpe civil-militar y Lucio Gutiérrez, quien había sido líder del golpe, fue destituido por el Congreso en 2005. Sólo con la llegada de Rafael Correa a la presidencia se estabilizó el juego de tronos, que es aquel que quien lo juega vence o muere, y que fácilmente derriba de manera fulminante la credibilidad de un país. Es decir que cuando en el presidencialismo el recurso de impedir a un presidente gobernar se utiliza tan sólo como un acto ideológico y simbólico, y se lleva a cabo por un congreso cuya mayoría es técnicamente ridícula y éticamente podrida (como el actual legislativo brasileño –lo que quedó claro en la votación de la Cámara de Diputados, el 17 de abril), bajo la excusa de estar en consonancia con una opinión pública que declara su rechazo al mandatario en turno –que en Brasil está fatalmente sometida a intensas formas de manipulación en razón de la falta de una regulación que impida la concentración del poder mediático–, entonces lo que se tiene es la apertura de un ciclo de inestabilidades.

El «gobierno del golpe» de Michel Temer no tendrá legitimidad electoral, y lo más probable es que la economía nacional siga en crisis. Los escándalos de corrupción seguirán surgiendo (excepto si, en una forma abiertamente descarada de actuación política perversa, la operación Lava jato es frenada). La opinión pública seguirá en disputa y una parte se indignará con las formas aún más burdas y viles de gobernar que Temer inaugurará. Además, como resultado de lo ocurrido, el PT podría asumir en definitiva una posición de víctima.

Tal vez esto pueda salvar al partido. Tal vez esto pueda ser una oportunidad para la agremiación, tal como lo es hoy, y una oportunidad para hacer ciertos replanteamientos,  es decir, para modificar sus posiciones en lo que respecta a la adopción de agendas neoliberales, las cuales son promovidas de una forma cada vez más intensa. No es descabellado pensarlo, ya que así ha ocurrido al menos durante los últimos quince años, durante los cuales el PT ha sido duramente criticado por varias fuerzas de izquierda, muchas de las cuales apenas se pueden calificar como partidistas.

Luego de 36 años y de victorias tan importantes como las que les han llevado en cuatro elecciones a asumir el gobierno federal brasileño, el Partido de los Trabajadores sólo existe porque Luis Inácio Lula da Silva existe. Recientes encuestas de intención de voto que señalan a Lula como el favorito para la presidencia de la república en 2018 son una prueba más de que el «petismo» es demasiado lulista, sumamente dependiente de este único nombre; pero esto no es obra de las circunstancias, pues el partido así lo quiso: hizo todas sus apuestas y fundamentó su prestigio en esta dependencia. El partido estuvo tan dedicado a construir su famosa «gobernabilidad» a lo largo de todos estos años mediante su permanencia en el poder ejecutivo federal, sin hacer una renovación significativa de cuadros y líderes, que todo su legado en lo referente a un proyecto de nación –que es algo, como mínimo, conceptualmente disputable– se perdió en la falta de autocrítica que enmarcó su actuación desde el gobierno. Un error que cobra ahora un precio letal. En lugar de buscar cambiar la balanza del poder de Brasil, tan decididamente inclinada hacia el lado de las élites, que aseguran la desigualdad e injusticia social en el país –con medidas como la históricamente esperada reforma agraria, la urgente reforma política y electoral, la democratización de los medios de comunicación, por ejemplo–, el PT ha preferido enfocarse en sus batallas por el «trueno», y gobernar sin buscar promover reformas estructurales.

Tal vez aún sea posible para el PT replantear sus fundamentos en un debate abierto y franco con fuerzas reales de la izquierda brasileña que, tal vez también, estén dispuestas a dialogar con los sectores socialmente comprometidos –seguramente no los que ocupan los principales puestos de liderazgo– del Partido de los Trabajadores. Esta fuerza política que deliberadamente se «enmeló en el banquete del poder» por años necesita, ahora más que nunca, hacer uso de su autodeclarado y alabado pragmatismo para llevar a cabo realineamientos absolutamente necesarios, principalmente con las fuerzas orgánicas, vivas y de perfil transformador de la sociedad. El nuevo ciclo es de inestabilidades, de luchas y, necesaria e inevitablemente, de críticas.

 

 

 

 

_________________

Aleksander Aguilar es periodista, lingüista, y doctorando en Ciencias Políticas.  Además de ser analista de temas sociopolíticos brasileños, coordina la red-plataforma de temas centroamericanos O ISTMO (www.oistmo.com).

Revista cultural

Responder

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *