El show debe continuar

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Sonia Itzel Morales*

 

Hasta gritar basta, como en el circo

Oliverio Girondo

 

El Festival Internacional de Poesía de Rosario es el encuentro de poetas más importante de Argentina. Cuenta con talleres, lecturas en bibliotecas y bares, y conciertos. Este año participaron, además de argentinos, poetas jóvenes de Colombia, Chile, Perú, Costa Rica, Brasil, Uruguay, Paraguay, México y España.

La expectativa es grande cuando se trata de un evento de estas características, pero con este festival la poesía como herramienta de resistencia y como ejercicio para reflexionar sobre el mundo y el lenguaje encontró una celebración que le rindió un tibio homenaje en la ciudad que está ganando fama por una serie de crímenes provocados por el narcotráfico, que en su mayoría suceden en sus barrios periféricos. Y el encuentro en torno a la poesía, que podría acercar el arte a espacios en donde es necesario contruir puentes que vinculen a las personas, para tejer redes de cambio social, esta vez apenas alcanzó para acompañar una ronda de cervezas en un bar de Rosario.

La lectura en un bar puede sonar como una propuesta prometedora para quienes aspiren a una definición más democrática del arte y la cultura, a encontrar una forma de desacralizarlas a ambas, y a que la escritura y la poesía partan de las raíces sociales de donde deberían partir. Se abre el micrófono y 53 poetas nacidos en la generación de los 70 son protagonistas de una antología que cobra vida entre las copas.

Retomo la imagen que Cornelius Castoriadis dibuja en su ensayo «Modernidad y posmodernidad», en el que retrata el consumo cultural del pueblo moderno, que puede acceder, al menos, a las migajas de las producciones que caen de las mesas burguesas. Y es esta imagen la que acompaña al Festival Internacional de Poesía de Rosario, aunque ahora son los artistas quienes ni siquiera parecen ser capaces de dar existencia a esas migajas.

Cuando la modernidad entró con un grito en la historia, la transformación de las estructuras sociales fue interpretada como un proceso emancipatorio que llevaría a la humanidad hacia una nueva forma de libertad. Si la vida moderna significó la entrada de la cultura a su estado de adulto maduro, la posmodernidad se manifiesta como su senilidad.

Un aplauso general en la sala, y quien parece ser la estrella de la noche se acerca al micrófono. Washington Cucurto proclama:

 

Sé que mucha gente no simpatiza

ni menos llevan a sus hijos a un McDonald’s.

Yo sí y mi hijo va contento:

(somos al fin de cuentas espíritus de la época).

Mi hijo devora su cucurucho como un tiburón

teniendo entre sus garras una ardilla.

Devora hasta destruirlo todo,

ya no hay tal cucurucho, ni el helado combinado

del McDonald’s de Almagro.

Lo mismo debería suceder con el odio de ustedes.

 

Con la poesía posmoderna, la época alcanzó los límites más altos del absurdo. El arte ya no es ni arte por el arte, ni forma, ni mensaje. De los modernos nos quedó la escritura automática que no admite revisiones ni pulidos y que devuelve a las hordas cacofonías que hablan de cucuruchos, escritas por quien cree expresar una ley profunda con las palabras más fortuitas. Se pretende que la poesía puede nacer de las ocurrencias.

Aunque los estudios culturales anhelen defender con esperanza aquellas pequeñas prácticas culturales que puedan devolver la voz a las experiencias subalternas, la propia episteme escupe el reflejo de las miradas horrorizadas de Horkheimer y Adorno, teóricos de la escuela de Fráncfort que entendieron el mundo de posguerra y el advenimiento de las industrias culturales como el fin de la historia del hombre tal como lo había comprendido la Ilustración. Hoy se suma a este gesto de inclusión ilimitada el ridículo de una época que dejó al pueblo hambriento, sólo con el circo.

Si pensamos que esta burda experiencia estética que describo pudo haber sido fruto de una suerte de informalidad propia del ámbito nocturno, las lecturas en el Gran Salón de la Plataforma Lavardén nos devuelven una sonrisa burlona. Virginia Negri comparte ante un concurrido público compuesto por poetas y lectores jóvenes lo que le dictó la Musa:

 

[…] Ay, no, ami, hay que pagar entradas, seguro! yo quería hacer algo más tranqui, anoche vomité todo el sandwich. Odio a todo el mundo, te voy a dar ejemplos específicos[…].

 

Los poemas, que se destacan por la vulgaridad elegida en un intento fallido por usar un lenguaje coloquial o urbano, se desarrollan con una falta de estética que obliga a pensar si esa suerte de vergüenza ajena que provocan será en verdad intencionada. En un hipo vanguardista, el poeta español Vicente Monroy no sólo lee sus poemas desde el celular, sino que también utiliza emoticones:

 

[…] :__(

Primero me siento mal, pero luego me siento no tan mal. Tumbado en el banco de hormigón, no he querido besarte porque estaba pensando en cosas demasiado pequeñas y ahora, erguido en el banco de hormigón, no quiero besarte porque estoy pensando en cosas demasiado grandes.

[…]

He tenido una premonición hace dos minutos y cuarenta y tres segundos y ahora hemos viajado en el tiempo en tiempo real. Sé exactamente lo que estás pensando.

«Lo que dicen no me sirve».

«Edítate»

[…]

 

El triste panorama para la poesía actual se agrava con la entrada de la poesía pornográfica en escena. El erotismo está, desde la mirada de Bataille, esencialmente en el terreno de la violencia por ser «el arrancamiento del ser respecto de la discontinuidad». Sin embargo, la emisión de aplausos durante el Festival Internacional de Poesía de Rosario reconoció como arte a un conjunto de lugares comunes que alzan el papel de la sexualidad dichos por la voz histérica de una mujer despechada que no encuentra otra forma de dar lugar a su emoción que torturar al público con imágenes escritas con gracia paupérrima. Hay violencias, y violencias.

Al escenario se sube una mujer joven cuya voz estridente silencia la sala. El público aplaude a la poeta peruana Urpi Orihuela:

 

[…] toda esa sangre de labial es de sharpie, mierda! es de mi corazón de perrito / mi venida roja y blanca: hello es sharpie viene con sus ruidos neones / la sombra de mi cama / hecho de esquinas mugrosas / sus dedos me harán daño hellow!! está sobre todo golpe / las tachas de su pinga no joderán más […]

 

Si la poesía ya no se ocupa del lenguaje, ni de la estética, ni de generar vínculos entre sociedad y cultura, ni de dar luz sobre las voces de quienes no son escuchados; si la poesía hoy se escribe para que la aplaudan los propios poetas a cambio de otros aplausos; si el evento poético es incomprensible no por su complejidad sino por no diferenciarse de los discursos más vulgares de la farándula, ¿para qué la poesía?

Dijo Aldo Pellegrini en «La poesía y los imbéciles» que el arte del lenguaje, por significar libertad y afirmación del hombre auténtico, también «indudablemente tiene cierto prestigio ante los imbéciles. En ese mundo falsificado y artificial que ellos construyen, los imbéciles necesitan artículos de lujo: cortinados, bibelots, joyería, y algo así como la poesía».

El mundo posmoderno significó la reestructuración de la moral burguesa: la puesta en valor de la poesía hoy la ejercen personas que establecen un círculo hermético para resguardarse a sí mismos, que son quienes participan en él, y se hacen presentes por medio de antologías y eventos literarios con un halo de lujo y falso prestigio.

La poesía contemporánea baila, vestida de bufón, sobre las preocupaciones modernas en torno al arte y al lugar del hombre en la Historia. Para quienes disfrutan del espectáculo, agita con fuegos artificiales e invita a lecturas, comidas, circuitos literarios y todo aquello que la transpiración y la inspiración necesiten para seguir en marcha. Al menos esto vale para esta reducida selección de artistas que no se alcanza a comprender bajo qué criterio fue convocada.

La cantidad de verdaderos poetas que participaron en el Festival Internacional de Poesía de Rosario este año se cuenta con una mano (y tal vez sobren dedos). Sin embargo, esos poetas que se ocupan de pensar sobre el lenguaje y que no dejan al azar la reflexión sobre la filosofía, la música, la condición humana; que trabajan para devolver las ideas reelaboradas por su sensibilidad estética y social; que utilizan su limitado reconocimiento para favorecer la calidad artística, y que no se apartan del mundo, sino que le dan forma, rescatan los fondos destinados para el evento de la miseria intelectual absoluta. A ellos, gracias; pobres poetas que escuchan y aplauden con cortesía, como en el circo.

 

 

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Sonia Itzel Morales ha cursado estudios en Comunicación Social y Letras en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es fotógrafa y periodista independiente. Actualmente reside en Buenos Aires, Argentina, y se encuentra trabajando en un libro de crónicas con relatos recuperados luego de un viaje por México, Colombia y Perú.

Revista cultural

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