Columnas, Ecos del tio Sam

Estados Unidos y la revuelta siria

0 Comments 07 julio 2012

Entre el mesianismo y el pragmatismo

 

Frania Duarte

La violencia contra la población siria que desde 2011 se rebeló pacíficamente contra el régimen de su líder autoritario Bashar al Assad, ha ido acrecentándose sin que nada ni nadie sea capaz de detenerla. La propia población siria, así como la comunidad internacional, han estado a la espera de una respuesta contundente, sobretodo de los países de Occidente –entiéndase que con Estados Unidos a la cabeza– contra este genocidio que si bien ha sido condenado a nivel internacional –Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas incluido–, poco se ha hecho para interrumpirlo.

Los discursos que condenan estos actos desde luego están permeados de una retórica que recuerda los postulados del idealismo, entre los cuales la defensa y el respeto de los derechos civiles es crucial entre la sociedad de individuos y naciones. No obstante, el comportamiento de diversos actores que enarbolan tales argumentos se halla en torno a los linderos del realismo político: el interés nacional trasciende los valores, de tal modo que cada quien se defiende –en ocasiones como puede– ante lo que considere potencialmente amenazador. ¡Seguridad a la Hobbes!

La matanza ocurrida el mes pasado en la provincia siria de Homs elevó la atención sobre las naciones de los discursos idealistas: ¿harán algo para evitar la tragedia?, ¿poseen o carecen de la capacidad para actuar? Las miradas han sido puestas, específicamente, sobre la postura estadunidense, justo como ocurrió al inicio de la primavera árabe en Túnez, Egipto y Libia.

En aquel recién iniciado 2011 la comunidad internacional sabía que Estados Unidos históricamente ha enarbolado la bandera de la defensa de los derechos civiles, resumido en aquello que se ha denominado credo americano. No obstante, la historia también ha sido testigo de que esa bandera ondea y se planta en lo alto cuando ese país ha tenido que actuar en nombre de la defensa de sus objetivos e intereses –a pesar de que desde la narrativa se apele a la paz y seguridad mundiales. Así, era difícil saber con precisión si Estados Unidos mostraría empatía con Ben Ali, Hosni Mubarak y Muamar Gadafi, con quienes alguna vez el gobierno estadunidense había entablado una relación de socios, y cuya respuesta ante la primavera árabe fue la descalificación y la represión de la población; o si en nombre del credo americano las simpatías del gobierno estadunidense irían para con la población.

La respuesta estadunidense fue cautelosa, aunque eso le valió algunas críticas que cuestionaron su capacidad de tomar una postura inmediata ante hechos de gran envergadura internacional. Sin embargo, al final Obama optó por apoyar la causa de la primavera árabe en Túnez y Egipto mediante ayuda económica para la reconstrucción inicial de estos países. El caso de Libia fue distinto toda vez Gadafi se rehusaba a dejar el poder y emprendió una brutal masacre contra la población libia, ante lo cual surgieron los cuestionamientos sobre la viabilidad de una intervención extranjera, la cual finalmente ocurrió a manos de las fuerzas de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). No obstante, diversos analistas reconocieron la actuación de Estados Unidos pues, desde su perspectiva, la doctrina Obama se había puesto en marcha a través del ejercicio del multilateralismo, de haber utilizado la fuerza como último recurso y de haber dado importancia al interés común antes que al interés nacional.

Este movimiento fue adecuado en tanto que rompía con la política de acción anticipatoria de Bush y, por ende, contribuía a proyectar una imagen distinta de Estados Unidos al mundo en su intento por superar la crisis de liderazgo y legitimidad internacional. Así, incluso cuando en Libia aún corría sangre por las calles a pesar del establecimiento de la zona de exclusión aérea y de la posterior intervención de las fuerzas de la OTAN, los países de Occidente, con Estados Unidos, Francia e Inglaterra a la cabeza, mostraban no haber evadido el compromiso humanitario para con los libios, evitando que la catástrofe fuera mayor y logrando, después de algún tiempo, la caída de Gadafi.

Sin embargo, este escenario contrasta con la situación en Siria. El derramamiento de sangre a manos del régimen de al Assad ha ido en aumento, al tiempo que las condenas de diversos actores internacionales no se han hecho esperar. Pero a pesar del nivel de violencia, la comunidad internacional no ha hecho llamados a la intervención, como ocurriera en Libia. Todo ha quedado en manos de las sanciones que se le han impuesto en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU, así como en el plan de paz sirio que encabeza Kofi Annan, el enviado especial de esta organización en dicho país.

El pasado 28 de abril, Obama acudió al Museo del Holocausto en Washington con motivo del Día Internacional de Recuerdo del Holocausto, en donde dio un discurso en el cual sostuvo la postura sobre la importancia que para la seguridad nacional y la responsabilidad moral estadunidense tiene la prevención de genocidios. No obstante, aclaró que ello no significaría que Estados Unidos intervendría militarmente en zonas donde sucesos similares ocurriesen, ya que existen otros medios –la diplomacia, por ejemplo– que eventualmente pudieran poner fin a este tipo de infortunios. Señaló también que por primera vez en la historia él creó el Consejo de Prevención de Atrocidades, refrendando con ello el compromiso estadunidense para con la defensa de los derechos civiles de los pueblos del mundo. Finalmente, recordó los diversos casos de genocidio en la historia en los que Estados Unidos intervino, directa o indirectamente, para que la situación dejara de ser sombría. Recordó Sudán, Darfur, Costa de Marfil, Bosnia e incluso la Libia de Gadafi. Pero cuando tocó el turno de hablar sobre Siria, confió en la presión ejercida mediante el establecimiento de nuevas sanciones económicas, así como en el apoyo a la causa de la oposición siria.

No obstante, desde el punto de vista de los defensores de los derechos civiles, Estados Unidos y otros países de occidente están tardando en hacer una aparición, temiendo que el genocidio supere muy rápidamente los ocho mil decesos hasta ahora registrados –algunos incluso comparan la situación con la ocurrida en Bosnia en los 90. En contraste, desde el punto de vista de la diplomacia y de la política de poder inteligente de la administración Obama, la actuación de Estados Unidos en el exterior si bien quizá no sea la mejor sí es la correcta.

Basta comparar brevemente las situaciones libia y siria para observar que la preponderancia del interés común por sobre el interés nacional de la narrativa estadunidense es más simbólica que real. En el caso de Libia había mayor cohesión entre la población que luchaba por deponer al régimen de Gadafi, además de que existía el apoyo de la comunidad internacional. Sin embargo, había una preocupación mayor entre esta última, específicamente para algunos países europeos: el petróleo libio. Así, aunque Estados Unidos fue por algunos criticado debido a que no había intereses de seguridad nacional cruciales que resguardar ahí, lo cierto es que como se contaba con el apoyo internacional la intervención sería legítima y Estados Unidos podría desempeñar –y lo hizo– el papel que no desempeñó cuando la invasión iraquí. Estados Unidos sería reconocido por su rompimiento con la era Bush, al tiempo que los países europeos podrían tener estabilidad energética y, en términos generales, el crudo no elevaría su costo. Además, refrendar el apoyo estadunidense a los rebeldes libios significaría reforzar la postura estadunidense histórica de defensa de los derechos civiles, pero más específicamente –en el contexto actual– hacia el mundo musulmán y su primavera.

La situación en Siria es, en cambio, mucho más compleja. El reconocimiento del genocidio no está a debate, pero sí la viabilidad de la intervención porque la caída de al Assad tiene ventajas y desventajas no sólo para Siria, sino para el resto de la región, lo cual afecta la seguridad de diversos actores, entre ellos Estados Unidos. Si se lograra derrocar el actual régimen sirio, Estados Unidos se habría quitado de encima a un actor regional incómodo por su alianza con Irán y su apoyo a grupos insurgentes en Irak contra Estados Unidos. Pero por otro lado, la caída del régimen generaría una crisis política, económica y social de gran envergadura que haría de Siria un sitio de crisis humanitaria, así como de Estado fallido que fácilmente se convertiría en un refugio ideal para células terroristas. Esta crisis sería producto de la falta de cohesión entre las divisiones sectarias, principalmente entre suníes y chiíes –siendo éstos últimos los que ahora se encuentran ampliamente representados en el poder, aun cuando en términos demográficos representan una minoría.

Aunado a esto, hay ausencia de consenso internacional sobre una intervención armada. De hecho, hasta ahora se vislumbra poco probable que ello ocurra toda vez que el organismo encargado de tal efecto, el Consejo de Seguridad de la ONU, enfrentaría la oposición de dos de sus miembros permanentes, Rusia y China. Difícil es también que algún actor se aventure en esta empresa vía el unilateralismo militar. Por otro lado, algunos países han planteado la posibilidad del apoyo a los rebeldes mediante equipamiento militar, pero algunos, entre ellos Estados Unidos, se han opuesto a ello. No obstante, éste último no ha claudicado en cuanto a dicho apoyo ya que, de acuerdo con información filtrada por oficiales estadunidenses, la administración Obama está apoyando a los rebeldes con tecnología y capacitación para su uso.

Es claro que el gobierno estadunidense desea fuera al gobierno de al Assad. De hecho es una situación que ha venido sucediendo desde el gobierno de G. W. Bush, ya que en sus memorias Richard Cheney, quien entonces se desempeñara como vicepresidente de Estados Unidos, menciona que posterior a la invasión iraquí planeaba proponer la invasión de Siria (recuérdese, además, que esa administración congeló las relaciones con Siria durante algún tiempo). Sin embargo, ante el panorama descrito actualmente sería riesgoso e incluso imposible (debido al posible veto ruso y chino) llevar a cabo una intervención extranjera, aun cuando la masacre siga aumentando. De hecho, no sería la primera vez que la comunidad internacional dejara que situaciones tan graves se suscitaran –Ruanda, por ejemplo.

Este escenario muestra el pragmatismo omnipresente en la política exterior estadunidense. Independientemente de atender a su supuesta condición mesiánica y a su calidad de país hegemónico, Estados Unidos actúa de acuerdo con intereses y objetivos particulares que atienden al mantenimiento de su seguridad en el mundo, es decir en el mantenimiento de un orden que le siga otorgando la calidad de país supremo. Si bien Washington quisiera un régimen sirio más amigable con el cual estrechar relaciones, por ahora desea evitar generar inestabilidad en esta región geopolíticamente compleja, así como poner en riesgo lo que la doctrina Obama se ha propuesto hacer (recuperar el liderazgo estadunidense en el mundo).

De este modo, aun cuando dicha doctrina ha llamado a priorizar el interés común, está diseñada para solucionar los problemas estadunidenses en el mundo, no precisamente para resolver los problemas de la política internacional. Así, la doctrina de poder inteligente de Obama se aplica de manera pragmática –dando aspecto paradójico– en el marco de un mismo fenómeno, la primavera árabe, con Libia, Egipto y Túnez, por un lado, y Siria por el otro. Se observa el mesianismo estadunidense –la nación elegida por la divinidad para llevar a los países del mundo hacia la felicidad y lo que ello implica– vis a vis el pragmatismo estadunidense –bajo el cual se actúa ante lo que se cree más conveniente para los fines de la política.

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Frania Duarte (Ciudad de México, 1989) estudió Relaciones internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), y es asistente de investigación en el Centro de Investigaciones Sobre América del Norte (CISAN) de la UNAM.

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