Babel, Desde la encrucijada

Domingo de ramos en Tula del río

1 Comment 15 mayo 2012

Ximena Toledo Rojas

El destino me condujo a Tula del Río un domingo de ramos cualquiera. Salimos de la autopista y, por un camino de terracería, avanzamos hacia el inmenso valle que cobija al Río Balsas. Camino a la orilla del río, pasamos por un pueblo polvoso casi desierto. Se respiraba el silencio aletargado del calor de medio día. Unos cánticos religiosos nos atrajeron hasta la iglesia. Verde, deslavada, oscura y con olor a incienso. Adentro quince señoras en trance tejían un listón de palma larguísimo. Cantaban una y otra vez la misma estrofa «cinco mil azotes el Señor recibió por nuestra culpa». Las acompañaba una cinta tétrica de voces agudas con acento Nahuatl. La luz de las velas temblaba. Entre sombras móviles, se revelaba la miseria. Dirigieron su rostro hacia nosotros, los intrusos. Nos miraron con recelo, con vergüenza. Estaba claro que no éramos bienvenidos. Tuve que clavar mi espíritu en la tuerta. Su único ojo me observó con tanta ira que se me retorcieron las entrañas y tuve que salir del templo.

Corrí sin detenerme a las afueras del pueblo con el ojo torturando mi calma. En mi mente apareció una iglesia antigua en ruinas. Era un cementerio rústico con cruces de madera. Las tumbas se movían, palpitaban al ritmo de mi propio corazón. Escuchaba el sonido de la tierra filtrándose al inframundo. Olía a muerto. Alguien quería jugar con mi pelo. El sonido de la camioneta me despertó del fatídico ensueño. «Vamos a nadar. Me muero de calor». Nos refrescamos y por un momento lo olvidamos todo: las señoras como sacerdotisas de una religión prohibida, el humo, la oscuridad, el ojo. El día retomó la normalidad. El sol me picó la piel, las nubes se movieron lentamente y nos empapamos de frescura. Tiempo de volver.

Pasamos nuevamente por Tula del Río, pero esta vez una banda obstaculizó nuestro camino. Las señoras de la iglesia levantaban el polvo con sus pasos de baile. Todas traían una botella de cerveza y el mezcal pasaba de mano en mano. En un torbellino de tierra, las beatas subían paulatinamente los peldaños de la intoxicación hasta alcanzar la locura.Las señoras bailaban solas  o con una pareja del mismo sexo. Se turnaban para simular el ente masculino. Reían. Seducían. Hipnotizadas, presas de una alegría morbosa, miraban sin mirar con las pupilas perdidas. Le daban un trago grande a la cerveza. Explotaba en su boca. Escupían espuma. Manchaban su delantal. Convertían el piso en lodo. Seguían bailando. Que la banda no parara era su deseo. «Denle otro cartón a los músicos para que sigan tocando» gritó la anfitriona, la esposa del comisario.

Bajamos de la camioneta como por instinto. Esta vez nos miraron con gusto. Se acercaron con una euforia incomprensible. Pusieron una cerveza en mi mano, la boca de la botella en mi cara, me bañaron con mezcal y me incitaron a bailar con ellas. No tuve opción. En ese momento odié todos los colores en mí. La blancura pulcra de mi vestimenta, el rojo perfectamente colocado en mis uñas y mis malditos ojos verdes. Sentí la aspereza de sus manos, trate de seguir su ritmo, me refugié en el consuelo de sus pechos. Estaban ansiosas de compartirme entre tamborazos.

Nos invitaron a pasar a la mesa. Negarse es inconcebible cuando los que no tienen nada te ofrecen todo. El humo del fogón acogía una «última cena» de señoras indígenas ahogadas en alcohol. Mientras sorbía un caldo aguado con una minúscula pieza de pollo escuché sus historias confundidas. Una integrante se levantó, aventó su plato de comida, emitió un grito desgarrador, vomitó un líquido anaranjado, se acostó sobre sus brazos en la mesa e inició un viaje inconsciente hacia un pasado más feliz. Todas rieron y gritaron «Ya se emborrachó». La madre explicó en su español poco comprensible que el marido de su hija había muerto y lloraba. Por eso, la madre lloraba también. Todos llorábamos.  «Cállate, comadre», le gritó Victoria y se paró de la mesa. Antes del segundo paso se desplomó y la sobrina la tuvo que ayudar a pararse. Todas rieron y gritaron «Ya se emborrachó también».

Las señoras devoraban su plato. La comida se les escapaba de la boca cuando le daban otro trago al mezcal. «Tomen, muchachos, ¿si no cómo se van a pasar los tamales?» Comimos, tomamos, observamos anonadados. Traté de entender en dónde estaba, por qué llegue ahí y, exactamente, qué estaba pasando. Nada hacía sentido más que los sonidos guturales de la glotonería, los cuetes explotando en el cielo y la banda tocando una melodía monótona una y otra vez.  Todo se hacía sin parar.

Después me encontré bailando de nuevo, esta vez con la esposa del comisario. «Aquí va a venir usted el tres de mayo para la fiesta de la Santa Cruz». Parecía más bien una orden que una invitación. «Usted no sabe bailar, tiene que tomar más mezcal». Parecía más bien una atención que una recriminación. Para cuando el sol dejó de calentar, había cinco señoras tiradas en el suelo víctimas del exceso. Tenía que esquivarlas para seguir bailando. Brinqué sus cuerpos cansados, su delantal chorreado y los zapatos fuera de sus pies. Parecían esculturas pesadas colocadas cuidadosamente para embellecer un paisaje grotesco.

Me obligaron a partir. Me costó trabajo desprenderme. Estaba llena de todo y un vacío se manifestaba en forma de escalofrío. El problema no era el poco entendimiento, sino la bofetada de realidad.

_______________

Ximena Toledo Rojas (@_intrusa) nació el 7 de septiembre de 1984. Estudió en el CIDE Ciencia Política y Relaciones Internacionales y después una maestría en Pobreza y Desarrollo del otro lado del mar. Empezó a escribir por instinto.

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1 comment

  1. ma. carmen dice:

    Muy bueno!!!


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