Algunas consideraciones para el ejercicio del poder estadunidense
Frania Duarte
En 1984, en una conferencia dictada en Grinnell College, en Iowa, George Kennan señaló: «En la interacción de los pueblos, justo como en las interacciones de los individuos, el poder del ejemplo es mucho mayor que el poder del precepto; y […] el ejemplo ofrecido al mundo en este momento por los Estados Unidos de América está lejos de ser el que podría y debiera ser». A través de ésta y otras aseveraciones, el padre de la doctrina de la contención invitó a reflexionar sobre la política exterior estadunidense hacia la Unión Soviética en el marco de la Guerra Fría. Reconoció algunos errores tácticos y, al igual que lo hiciera Dwight Eisenhower en 1961, hizo señalamientos sobre los efectos nocivos que el complejo militar-industrial acarrea para la política exterior de su país. Llegó a la conclusión de que se debía abandonar la arrogancia estadunidense en política exterior y volverse hacia la humildad, así como reconocer las limitaciones –que no necesariamente las carencias– del poder nacional estadunidense.
Veinte años después, en 2004, diversos analistas y funcionarios públicos dentro y fuera de Estados Unidos elaboraron planteamientos similares a raíz de la crisis de credibilidad estadunidense que la doctrina preemptive (de guerra preventiva) de G. W. Bush provocó. Personajes como Andrew Bacevich, Zbigniew Brzezinski, Suzanne Nossel, Joseph Nye y George Soros, entre otros, estimaron que de no ejercer más poder suave que duro (o incluso la combinación de ambos, es decir, poder inteligente), Estados Unidos pondría en peligro su liderazgo mundial. Estas inferencias no eran algo nuevo, claro está, se trataba de las enseñanzas que la historia de las guerras y las conquistas ha dejado: que países en el afán por conquistar territorios se han visto enfrentados a obstáculos, ya fuera porque no supieron –o no quisieron– reconocer las limitaciones de sus capacidades, ya porque no conocieron bien a sus enemigos, ya porque la conquista se realizara a punta de cañón sin apelar a la persuasión.
El curso de la política exterior bushiana no mejoró hacia el final de dicha administración: Estados Unidos se había sumido en una crisis de liderazgo y legitimidad internacional. Al mismo tiempo, el riesgo para la condición estadunidense de país hegemónico se acrecentó ante la emergencia de nuevos actores con creciente influencia en la definición del orden internacional, lo cual contribuyó a reforzar la idea del fin de la unipolaridad y el inicio de una era multipolar. La política exterior estadunidense exigía un cambio de estrategia que se apegara a lo sugerido por Brzezinski: ejercer liderazgo mundial sin imponer la hegemonía. Nuevamente Estados Unidos no estaba predicando con el ejemplo.
Actuando en concordancia, Obama apostó por la estrategia del poder inteligente, la cual privilegia la diplomacia sobre el uso de la fuerza, parte de un enfoque liberal por el cual se reconoce que Estados Unidos no puede resolver por sí solo los problemas del mundo y manifiesta interés por los intereses globales. El nuevo presidente abordó los temas más urgentes para emprender el camino hacia lo que denominó la «renovación del liderazgo estadunidense». Reevaluó la política de armas nucleares, a través de lo cual pudo colocar en una nueva tesitura la relación con Rusia, así como iniciar un acercamiento diplomático con Irán y Corea del Norte, a quienes conminó al diálogo. También se dedicó al acercamiento con los BRIC (Brasil, Rusia, India y China), con aliados y socios tradicionales (la Unión Europea y América Latina), y también lo intentó con aquellos países cuyas relaciones con Estados Unidos se habían caracterizado por desencuentros (Irán y Corea del Norte). El mundo musulmán mereció una atención aparte por el antiamericanismo que las guerras habían generado. En su discurso de 2004 en El Cairo, Egipto, Obama acentuó la importancia de la relación entre Estados Unidos y los países del mundo musulmán, e incluso tendió su apoyo para lograr los cambios necesarios que les ayudarían a transitar hacia la democracia.
Quizá el tema de mayor envergadura –o por lo menos el que más atrajo la atención de la opinión pública local e internacional– fue el de las guerras en Irak y Afganistán. Obama se comprometió en campaña a dar por terminada la primera, lo cual ocurrió en diciembre de 2011, aunque no precisamente a instancias de su administración, sino por la existencia de un acuerdo previo, firmado entre Washington y Bagdad durante el mandato de Bush. No obstante, Obama capitalizó este evento y se anotó un punto en política exterior a pesar de que los objetivos de la guerra no se hubieran concretado.
El panorama en Afganistán era menos alentador. El discurso de la lucha contra el terrorismo no se había abandonado, pero había sido matizado, enfocando así los esfuerzos a la derrota de al Qaeda y los talibanes y a generar condiciones para evitar que Afganistán y Pakistán siguieran siendo santuarios de terroristas. Pero para entonces ni una ni otra cosa parecía estar cerca de ocurrir. No obstante, en mayo de 2011 una operación encabezada por la fuerza armada de los SEAL llevó a ultimar a Osama bin Laden, entonces líder de al Qaeda. Esto se anotó como un triunfo para la política exterior de Obama, e incluso logró acelerar la decisión de fijar plazos para el retiro de las tropas de Afganistán. Sin embargo, a excepción de la muerte de bin Laden, el resto de los objetivos de la guerra no han sido alcanzados.
La naturaleza de ambas guerras (sus causas reales, la manera en que fueron justificadas, la forma en que fueron libradas y la inestabilidad local y regional que generaron) hace que hoy cualquier intento de intervención militar estadunidense en cualquier parte del mundo sea vista con repudio; ahora se antoja inviable practicar una política similar, al menos en el marco de la recuperación del liderazgo internacional. Por ello fue que Obama apostó por la política del poder inteligente; sin embargo, como se mencionó, esta política no abandona la eventual idea de utilizar la fuerza cuando la diplomacia haya mostrado no ser efectiva. Obama también se ha manifestado a favor de las guerras de necesidad –como califica a la guerra de Afganistán–, es decir, guerras que han de pelearse en nombre de la seguridad estadunidense porque se tienen pruebas contundentes de la gravedad de la amenaza –aunque desde diversas perspectivas se le observe como un discurso geopolítico.
La Primavera árabe se presentó como una prueba de fuego para Estados Unidos: ¿intervenir o no intervenir? De manera acertada, Obama esperó y observó el curso de los acontecimientos antes de realizar un pronunciamiento que pudiera poner en riesgo su relación con el mundo musulmán. Esto le valió algunas críticas; sin embargo, Estados Unidos terminó por expresar su apoyo a estos sucesos, y cuando en Libia Gadafi se negaba a abandonar su cargo cometiendo crímenes de lesa humanidad contra la población civil libia, optó por la vía multilateral (Consejo de Seguridad de la ONU) para decidir qué se haría ante dicha situación. La actuación de Obama ante este hecho fue calificada por algunos analistas como la puesta en marcha de la doctrina Obama, en tanto se recurrió a la diplomacia multilateral, protegiendo el interés común (en este caso el interés por la democracia) y dejando el uso de la fuerza como último recurso.
Pero queda un dilema aun mayor: Irán. Para algunos funcionarios estadunidenses el peligro que para Estados Unidos representa Irán radica en su apoyo a grupos terroristas y en la posibilidad de que su programa nuclear resulte en la producción de armas nucleares que no solamente pudieran ser utilizadas en contra del aliado estadunidense en la región (Israel), sino que además pudieran generar un efecto dominó entre sus vecinos, posibilitando el surgimiento de una carrera armamentista.
Ante la negativa iraní de abandonar su programa nuclear, las respuestas estadunidense e israelí no se han hecho esperar. Estados Unidos ha exhortado a Irán a abandonar su programa nuclear, invitándolo al diálogo y ejerciendo una política de disuasión a través de sanciones económicas impuestas en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU. Por otro lado, Israel ha criticado la postura estadunidense e insiste en que la diplomacia no es una vía efectiva contra Irán, por lo que la solución estaría en un ataque armado que redujera las capacidades nucleares iraníes.
Para Obama tomar una decisión de esta dimensión no es fácil en un momento en el cual Estados Unidos apenas comienza a allanar el camino hacia la recuperación de su legitimidad y liderazgo en el mundo y pasa, además, por una crisis económica y política interna. Estos factores han orillado precisamente a que Obama opte por la diplomacia multilateral y las sanciones económicas. Obama intenta no repetir los errores de Bush: la ausencia de argumentos sólidos que justifiquen un ataque, la falta de planeación estratégica y táctica producto del poco conocimiento del terreno y del enemigo, así como de la excesiva confianza en la capacidad y poder militar estadunidenses.
Y es que realizar un ataque en estos momentos resulta bastante arriesgado, aunque Estados Unidos no desestime esta opción. En primer lugar, la propia inteligencia estadunidense estima que Irán no ha emprendido la construcción de armas, a pesar del creciente enriquecimiento de uranio. Sin embargo, se deja abierta la posibilidad de que dicho crecimiento se deba a la intención de desarrollar capacidades nucleares y eventualmente utilizar las armas producidas contra algún objetivo. De este modo, llevar a cabo un ataque bajo estos argumentos sería volver a la doctrina de guerra preventiva de Bush.
Ahora bien, suponiendo que el ataque lo realizara Israel, éste no cuenta con la capacidad militar suficiente como para dañar severamente las instalaciones nucleares iraníes porque las plantas de enriquecimiento iraní están distribuidas en distintas partes de su territorio (lo cual requeriría de varios ataques), porque para la destrucción –o por lo menos el daño– de éstas requeriría de equipo aéreo tecnológico del cual carece y porque la invasión terrestre y/o marítima es inviable. Cabe señalar que por ahora Estados Unidos se encuentra preocupado por un ataque israelí a Irán por la inestabilidad regional que pudiera causar (en caso de que se generara una respuesta directa iraní, o en caso de que Irán alentara secretamente a grupos terroristas en la región para infundir caos), así como por su limitada capacidad militar efectiva para un ataque de la magnitud aquí requerida, todo lo cual podría orillar a Estados Unidos a intervenir.
En segundo lugar, algunos funcionarios estadunidenses temen que Irán pudiera realizar un ataque contra Israel. Sin embargo, un ataque iraní a territorio israelí sería absurdo para un Irán que en este momento ha accedido a proseguir con las negociaciones con el grupo 5+1 y que procura evitar conflictos no sólo fuera, sino también dentro de su país para evitar la caída del régimen de los ayatolás. Además, atacando a Israel se estaría asegurando una guerra legítima desde el punto de vista de Estados Unidos y otros países de Occidente, favoreciendo la postura estadunidense frente al mundo y otorgándole margen de maniobra en Medio Oriente.
En tercer lugar hay quienes sostienen que la producción de armas nucleares iraníes provocaría una carrera armamentista entre países de la región, principalmente en Arabia Saudita y Egipto. Sin embargo esto es impensable, al menos en el corto plazo, debido a que ambos carecen de la infraestructura necesaria para desarrollar ese tipo de armamento y ni siquiera han manifestado una urgente y ferviente determinación por ello. En efecto, en algún momento antes de los noventa el entonces régimen egipcio de Hosni Mubarak llevó a cabo movimientos tendientes a iniciar su programa nuclear, pero fueron muy tenues y no se logró ni siquiera tener posibilidades de ser potencia nuclear.
En cuarto lugar, se tiene el temor de las consecuencias económicas de un conflicto bélico con Irán en tanto es el segundo mayor productor de petróleo de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) (con 2.5 mdb por día); de entablar un conflicto bélico con Irán, el precio del crudo podría elevarse hasta $150 dólares por barril y ello podría causar, entre otras cosas, que la economía estadunidense contrajera su crecimiento en 2%, ocurriendo en consecuencia una recesión.[i] Por otro lado, Estados Unidos teme que Irán pudiera cerrar el paso por el Estrecho de Ormuz al transporte marítimo de petróleo, lo que desde luego significaría un riesgo de gran magnitud para la economía global. Sin embargo, es de dudar que Irán efectuara tal movimiento en tanto que su economía, dependiente en 60% de sus exportaciones del energético, también se vería seriamente afectada; además, la OPEP ha registrado que a raíz de las sanciones económicas que desde diciembre pasado se impusieron a Irán la producción del crudo ha disminuido en 12%.
Considerando esta serie de factores, un ataque a Irán resultaría quizá más perjudicial que benéfico. En todo caso, Estados Unidos no descarta esta opción, tal y como lo señaló el embajador estadunidense en Israel, Dan Shapiro, el pasado 17 de mayo: «[La fuerza militar] no sólo está disponible, sino también está lista». Asimismo, Israel está haciendo lo posible por contener y eventualmente disuadir a Irán, ya que, entre otras cosas, ha estado realizando operaciones encubiertas en Irán a través de las cuales recluta terroristas para cometer ataques, particularmente contra científicos iraníes que pudieran tener algún vínculo con la producción nuclear.
Obama tendrá, pues, que pensarse dos veces si ataca o no a Irán. La aplicación de sanciones económicas quizá siga siendo el camino más rentable –al menos por ahora– para la política de poder inteligente de Washington, que hasta ahora le ha brindado más ventajas que desventajas. De atacar a Irán el escenario quizá pudiera semejarse al de las guerras de G. W. Bush: una guerra injustificada pero realizada en nombre de intereses que Estados Unidos guarda en Medio Oriente con el afán de mantener su statu quo. De ser ése el caso, nuevamente Estados Unidos no estaría predicando con el ejemplo y aumentaría de sobremanera el riesgo del declive hegemónico, y es que todavía hoy, a casi cuatro años de que Bush terminara su mandato, Estados Unidos no logra recuperarse de las crisis que esa administración le causó. Este tiempo de Obama en la presidencia ha sido un periodo de transición entre lo que significó el ejercicio del poder duro y el inicio del ejercicio del poder inteligente. Durante estos cuatro años, el presidente estadunidense se ha dedicado a limpiar el caos de la administración de su predecesor sembrando las condiciones para la renovación del liderazgo estadunidense, por lo que aún deben esperarse resultados más concretos durante los próximos años –en caso, claro está, de que durante la siguiente administración la estrategia de política exterior fuera la misma.
El mundo de hoy es muy distinto a aquel de la Guerra Fría donde las relaciones entre los Estados dominaban las relaciones internacionales y en el que la fuerza militar tenía un valor muy especial para el sostenimiento de las potencias en disputa. Hoy por hoy nuevos actores han surgido y las condiciones y consecuencias de la globalización demandan un ejercicio cuidadoso del poder, para el cual la diplomacia pública es uno de los factores fundamentales. Recuérdese que no basta con la posesión de vastos recursos militares, económicos y/o políticos para poder actuar como actor hegemónico, sino que será por la manera en que se utilicen los recursos –y por la finalidad propuesta– por lo que se podrá tener éxito o no. En este sentido, Estados Unidos debe mantenerse alejado de la arrogancia, observar con detenimiento cada situación y actuar de acuerdo con sus recursos y capacidades, así como aprender de errores del pasado, porque, como dijera Kennan en aquella conferencia de 1984: «La contemplación de los fracasos induce a la humildad […] [mientras que] [l]a contemplación de los éxitos conduce fácilmente al orgullo que precede a una caída».
[i] Romesh Ratnesar, “The Economic Fallout From Bombing Iran”, Businessweek, 8 de marzo de 2012. Obtenido de: http://www.businessweek.com/articles/2012-03-08/the-economic-fallout-from-bombing-iran
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Frania Duarte (Ciudad de México, 1989) estudió la licenciatura en Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM y es asistente de investigación en el Centro de Investigaciones sobre América del Norte (CISAN) de la UNAM.










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