Columnas, Contra el olvido

José Vasconcelos, un poeta desconocido

1 Comment 15 septiembre 2011

Hiram Barrios

 

Hombre inculto, atrevido y sagaz, Vasconcelos es por mucho un excelente ejemplo de nuestro folclor poético: arrabalero, maestro de su jerga y dueño de un ingenio muy cercano al albur –replicante entre payador o MC callejero–, es uno de los mejores humoristas de nuestras letras y merece por ello una pequeña nota contra el olvido. Me refiero, por supuesto, al otro José Vasconcelos: ­«el Negrito Poeta».

Hijo de esclavos africanos traídos del Congo, José Vasconcelos nació en Almolonga, Puebla, posiblemente durante los años del virreinato de don Juan de Acuña y Bejarano. Analfabeta y sin estudios de ningún tipo, el Negrito Poeta logró cautivar a propios y extraños con sus improvisaciones líricas que ya muchos escritores de oficio hubiesen querido componer. Acaso sin parangón en el siglo xviii, sus composiciones gozaron de fama, y en poco tiempo engrosaron las fuentes del dominio público. Asentados en la memoria popular, los poemas de Vasconcelos perduraron de boca en boca y no le faltaron atribuciones erróneas o anacronismos deliberados.

En El Periquillo Sarniento, Fernández de Lizardi describe a Vasconcelos como un hombre vulgar, un tuerto que vive de los obsequios que recibe a cambio de algunos versos. Si no había quien quisiera una copla, optaba entonces por fabricar flores artificiales o cajitas de tejamanil. El Pensador se pregunta, y no sin razón: «Con que si en medio de las tinieblas de tanta ignorancia prorrumpía en semejantes y prontas agudezas en verso, ¿qué no hubiese hecho si hubiera logrado la instrucción de sabio?». El negrito poeta es un personaje picaresco que quiere medrar con su chispa o, por lo menos, obtener con ella el pan de cada día, y por eso le sirve a Lizardi para denunciar los vicios del mundo colonial: su novela se interesa mucho en narrar los errores de las lacras que produce esa sociedad que considera corrupta. Fue una casualidad muy afortunada que el Pensador pudiera saber de este personaje, aun cuando su mirada sea una tanto despectiva.

Entre 1856 y 1872 comienza su rescate a manos de Simón Blanquel, primer redactor de los versos del Negrito. Venegas Arroyo, al finalizar el siglo XIX, imprimió algunos de sus poemas, y hacia 1912 Nicolás de León presenta El negrito poeta mexicano y sus populares versos. Pocos ejemplares de estos se publicaron y es difícil encontrar los títulos en las principales bibliotecas, públicas o privadas, del país. Se deben a Eduardo Luis Feher y a José Luis Martínez recopilaciones más accesibles donde el lector puede consultarlo hoy en día. El primero recupera y comenta algunas piezas del Negrito y el segundo lo incluye en una antología de «poetas humildes». Para José Luis Martínez, Vasconcelos es uno de esos poetas que «apoyados en las pocas reglas que han podido allegarse y practicar, hacen lo que pueden en verso»; y añadiría que lo hacen con mucha perspicacia, soltura y maestría: siempre ha habido improvisadores, cualquiera puede coquetear con las musas (todos lo hemos hecho alguna vez), pero sólo unos cuantos reciben respuesta. A estos concierne una tradición de «poetas y locos», como Maximiliano Salazar «el Poeta del Crucero», enamoradizos como Celestino González, o apócrifos como  Margarito Ledesma, que se inscriben en lo que José Luis Martínez bautizaba como la «zona amorfa del proletariado literario», una región poblada por escritores sin preparación académica o instrucción literaria, pero no carentes de intuición poética.

El renombre del Negrito se debió no solo a esa intuición, sino también a la rapidez que exhibía para responder a la consonante más complicada. Lo suyo era la copla de pie forzado y no había desafío verbal que no pudiera resolver con destreza. Sus fragmentos se derivan de alguna anécdota, necesaria pero no indispensable para comprender el poema, en la que en muchas ocasiones, sin embargo, reside la gracia de la pieza: la efigie de Santo Domingo, en procesión por la calle, es un buen pretexto para retar al poeta, al que se le pide una cuarteta con el pie «Santo Domingo es un perro». Al instante, Vasconcelos responde:

 En esta opinión no hay yerro,

usted habla desengañado,

pues lo que tiene a su lado

Santo Domingo, es un perro.

Era costumbre solicitarle un pie comprometedor, buscando que cometiera una herejía (el Santo Oficio estaba al tanto de las blasfemias de los merolicos); ya en alguna ocasión había pisado galeras por involucrar a los poderosos en sus versos. Sin embargo, eso no espanta al negrito: cierto fraile, sabiendo de su ingenio, lo reta a componer una cuarteta con el pie de «Dios en la punta del cuerno». El negrito responde:

Con su saber sin segundo

y su poder sempiterno,

bien pudo formar el mundo

Dios en la punta de un cuerno.

 

Estos ejemplos muestran las capacidades de este poeta excepcional. El mejor freestyle del momento se quedaría corto, y aun dudo que un buen compositor de bombas yucatecas pueda con semejante prueba. Las respuestas valen tanto por la agudeza como por la celeridad del reflejo poético que da un giro al pie solicitado. Toda antología del negrito poeta debiera contener esas anécdotas, aunque incluso prescindiendo de ellas pervive el sabor de su poesía. Un par de ejemplos:

          Pie: Domine memento mei.

Réplica: Digo cuando estoy bebiendo,

                 a mis tripas encomiendo

                 este licor de mamey.

          Pie: Al picado, ¿qué le queda?

Réplica: Tú bien sabes la respuesta;

                 repetirla poco cuesta:

                 desquitarse como pueda.

Cuando se tiene oído la rima se encuentra hasta en el latín. Al poeta le son necesarios los retos, y sólo en la presteza se demuestra la maestría. El «picado» que trate de desquitarse, el negrito ya ha sancionado con un tono decisivo.

Se trata también de un humorista cuya estrategia de ataque radica en la sátira, de la que fueron víctimas, entre otros, los virreyes Casafuerte o el conde de Revillagigedo, Juan Francisco de Güemes y Horcasitas. En más de un poema, la censura y el acento admonitorio no le fueron ajenos al criticar abiertamente a los poderosos. El humorista, voluntario o no, busca desenmascarar, y los versos del negrito lo consiguen, pues fueron incentivo para que los señalados mudasen de conducta. Cuentan que Casafuerte regaló un lujoso transporte personal tras escuchar que:

[…] sobre ejes de oro gira,

es el carro de la muerte

que te conduce a la pira.

José Vasconcelos murió hacia 1770. Fue más que un juglar nato; en los fragmentos que se conservan se advierte un poeta completo, incluso en las carencias que podrían señalarse en sus versos o en su rima. Es un poeta en toda la extensión de la palabra, uno del anonimato, como muchos seguramente han existido, que estructura su creación en el instante, sin mediación entre el acto poético y su fijación, sea escrita o por otro medio. La tradición oral alimenta su quehacer, y en ésta encuentra su distintivo.

La lectura de este singular vate recuerda que hay buena cantidad de manifestaciones poéticas que sobrepasan las limitantes de la hoja de papel. La poesía, decía Lautréamont, debe ser hecha por todos, y habría que seguir el consejo aunque los resultados no sean afortunados (sin un mínimo de «literariedad»), pues el ejercicio creativo es una aventura que siempre será gratificante, ya que, al fin y al cabo —y aquí le pido ayuda al Negrito—, De músico, poeta y loco…

  El Negrito Poeta: Acaba el verso, animal;

                                       di, para que sea cabal,

                                       todos tenemos un poco.

 

 

Antología mínima de José Vasconcelos, «el Negrito Poeta»

 

Por un peso, el Negrito poeta componía unos versos con el pie que le solicitaran. Los retos estaban a la orden del día: «un verso que acabe en impo», le demandan, y Vasconcelos responde:

Ya que me das consonante,

te contestó en el instante

que Dios mora en el Olimpo.

 Cuentan que, al escuchar a una madre regañar a su hijo con la frase «el que no llora mama», un amigo del Negrito ofreció un peso por la réplica:

Y que no me vale por eso;

 sin embargo, cayó un peso:

 quien da fruta es buena rama.

Su condición de pobreza y el color de su piel fueron motivos de distintas vejaciones. Nunca faltó quien quisiera insultarlo, y de esas afrentas se derivan algunas de sus composiciones más sagaces. Algún extraño dice al verlo: «El que nació para burro…», y recibe su respuesta:

No es otra cosa por cierto;

yo, dormido más discurro

que vos estando despierto.

Con la misma intención, responde a «el que nació para huaje…»

hasta acocote no para:

te ha costado, amigo, cara

la sandez de tu lenguaje.

Una sexoservidora, cuenta otra anécdota, quiso burlarse con la siguiente frase, que le sirve de pie final: «Adiós negrito de tafetán, taralán, tan, tan, taralán, tan, tan». El Negrito Poeta le regresa la burla:

Cuando nuestro padre Adán

se comió la primera fruta,

ya te tenían por puta

y moza del capitán,

Taralán, tan tan,

Taralán, tan tan.

Dependiendo del sapo es la pedrada. Cuando un fraile pregunta: «¿Cuál es el mejor sustento?», el negrito contesta:

El mejor, opino yo,

es el que Dios nos dejó

en el santo Sacramento.

El negrito, ejemplo de sabiduría popular, no contrajo nupcias, y lo explica en sus poemas:

Los enemigos del mundo

que el hombre suele tener

son, en la verdad me fundo,

suegra cuñado y mujer.

 

 

Algunas referencias:

 

Feher, Eduardo Luis, Humor blanco de un poeta negro, México, Pesa, 1976.

León, Nicolás, El negrito poeta mexicano y sus populares versos. Contribución para el folk-lore nacional, México, Imprenta del Museo Nacional, 1912.

Martínez, José Luis, De poeta y loco…, México, Los Presentes, 1956.

 ___________________

Hiram Barrios (1983) es escritor y traductor. Es licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Publica cuentos, ensayos y traducciones en distintas revistas y medios electrónicos. Ejerce la docencia a nivel medio superior.   

One comment on “José Vasconcelos, un poeta desconocido

  1. Diego Armando Arellano on said:

    Ya me había interesado José gracias a la entrevista que aparece en 19 protagonistas de la literatura, de Fernando del Paso. Una lástima que esté tan olvidado. Felicidades, buen texto.

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